George Harrison: el beatle que nunca fue quieto, ni callado

Cultura

Autor:

Eduardo Varas

Actualizada:

25 Feb 2021 - 0:05

George Harrison, el mítico músico de The Bealtles con una carrera que trascendió el pop, la fama y la fortuna. - Foto: PRIMICIAS

George Harrison: el beatle que nunca fue quieto, ni callado

Autor:

Eduardo Varas

Actualizada:

25 Feb 2021 - 8:25

Nació un 25 de febrero de 1943, en Liverpool. Hoy cumpliría 78 años y esa es razón suficiente para celebrar la vida y la música de George Harrison, el beatle que no vivió a la sombra de nada.

Cuando los paramédicos se lo llevaban en la camilla a la ambulancia, ya estabilizado luego de recibir varias puñaladas en el pecho, George Harrison notó en la puerta a dos jóvenes que habían empezado a trabajar días atrás para él como jardineros.

Porque si algo amaba Harrison era el interminable jardín que tenía en su mansión en Friar Park, en Inglaterra. Pidió que se detuvieran. Levantó la cabeza y miró a los empleados.

“Y bueno, ¿cómo ven al trabajo hasta ahora?”.

Harrison no podía dejar de lado el sentido del humor. Ni siquiera cuando en diciembre de 1999, una persona irrumpió en su casa con la intención de matarlo.

De acuerdo a su hijo, Dhani Harrison, de las numerosas heridas que recibió su padre esa noche -muchas menores-, no quedó una sola cicatriz. Fue Olivia, su esposa -con quien se casó en 1978- la que noqueó al atacante luego de varios golpes con una lámpara.

“Tienes suerte de haberte casado con una mexicana”, le dijo Tom Petty. Harrison rio a carcajadas.

En el comunicado de prensa que lanzó Harrison, luego del ataque, se leía: “No era un ladrón y, ciertamente, no estaba haciendo una audición para los Travelling Wilburys“.

Ese sentido el humor era tan característico en él. Era esa parte que sus amigos conocían y que el mundo no llegó a ver del todo. Porque se suponía que él, el más joven de The Beatles, era el tercero en línea de sucesión -luego de Saint John y Saint Paul-. Porque le decían el “Quiet Beatle” (El beatle callado), pero era todo lo contrario.

Dentro de la banda fue una fuerza motora importante. Sabía qué aportar en las canciones que llegaban, sabía más acordes que los demás, tenía un conocimiento natural de armonía y tiempos. Lo que se le ocurría cambiaba para siempre el sonido.

Y si se ponía terco, las cosas no se hacían en The Beatles. Por ejemplo, a mediados de los 90, el proyecto The Beatles Anthology se iba a llamar Get Back -título de una clásica canción del grupo, compuesta por Paul-. George dijo “no”. Punto.

Musicalmente también fue determinante.

Sin él, ese sitar en Norwegian Wood no haría de esa canción, en el disco Rubber Soul (1965), la maravilla que es.

Y con el tiempo, cuando sus composiciones empezaron a aparecer y a ser poderosas, el “hermano menor” despegó y con furia.

No, no era el beatle callado. Nunca lo fue. Él siempre renegaba de esa definición. Pero, sí llegó a decir que tanto él como Ringo Starr fueron los “beatles de clase económica“.

El chico de la guitarra que se volvió algo más

La música fue su pasión desde niño. Su madre, Louise, consentía al menor de sus hijos y era una melómana que no se cansó de escuchar de todo. El pequeño de la familia Harrison se crió con todos los sonidos posibles.

A los nueve se pasaba dibujando guitarras en sus cuadernos de la escuela. Elvis ya había llegado a liberar a la juventud.

Tenía 15 años cuando Lennon le dijo que era parte de su banda. Tenía 19 años cuando The Beatles llegaron a ser número uno en Inglaterra. Para los 21, ya había conquistado al resto del mundo, con sus compañeros de grupo.

¿Qué le hace eso a la cabeza de alguien tan joven? En el caso de Harrison es probable que lo que se produjera haya sido, justamente, esa búsqueda constante de sosiego. Algo que se reflejó en sus decisiones religiosas -se enamoró del Hinduismo desde mediados de los 60 y hasta el final de sus días fue un fiel devoto– y en la profundidad que aparecía en sus canciones.

George Harrison compuso Something a los 25 años; en ella canta: “Me preguntas si mi amor por ti va a crecer / No lo sé / No lo sé”.

A esa edad ya había grabado en Bombay, con músicos de la India, la base de su tema The Inner Light, en el que dice: “Mientras más lejos uno viaja / menos sabe uno / realmente menos sabe uno“.

Esa profundidad estaba gestando un cambio importante en un tipo de menos de 30 años, que ya estaba cansado de estar en el grupo más importante del mundo. Sus canciones se volvían a prueba de fuego. Cualquiera puede decir cuáles son los temas de The Beatles que más le aburren: ninguno es de George Harrison, que disparó a matar cuando se trataba de componer.

Fue el segundo beatle en decir: “Me largo”, en 1969. Meses antes lo había dicho Ringo Starr, pero le dijeron que volviera y listo. Para que Harrison se quedara en el grupo debieron acceder a varios de sus pedidos -entre ellos, cambiar de entorno de grabación-. Tiempo después sería John Lennon quien diría, internamente, que The Beatles ya no existían y que él se abría.

Pero, fue Paul McCartney quien lo hizo público en 1970.

En The Beatles ya había demostrado que la música de la India podía ser importante para occidente. Que las ragas son tan necesarias como los riffs de guitarra en una canción. También había dejado en claro que él podía hacer composiciones extrañas, experimentales y únicas, como Blue Jay Way.

Y que podía burlarse de todo lo que significaba ser un beatle.

En el fondo, era claro que él ya no podía encajar en el formato. Era el más joven y empezó a hacer canciones mucho más tarde que el resto. Para fines de la década de los 60, tenía tantas que no había más remedio

All things must pass, su disco de 1970, es una explosión de canciones, que en su momento fueron editadas en un disco triple. Sí, canciones hasta para regalar.

Quizás la carrera solista de George Harrison sea la que menos se ha tomado en cuenta. Aquí, en PRIMICIAS, un recuento de las 10 mejores canciones de ese tipo impresionante que, antes de morir de cáncer de pulmón, el 29 de noviembre de 2001, dijo como últimas palabras: “Love one another“.

Simplemente George.

  • “All things must pass”

    Un tema que venía dando vueltas desde los últimos años de The Beatles y que ellos nunca grabaron. Una joya absoluta en la que, de acuerdo a sus creencias, George Harrison solo quiere decirle a la humanidad que todo lo bueno y lo malo que sucede va a pasar

    Porque de eso se trata. Nada dura para siempre, ni el amanecer, el atardecer o el anochecer. Que de la claridad vendrá la oscuridad y de nuevo la luz. 

    Harrison trata a su oyente como si fuera una especie de gurú, de alguien capaz de mostrar afecto, de aleccionar con ternura.

    La canción le da título al primer disco que Harrison lanzó, como solista, luego de la disolución de The Beatles. Ringo Starr toca la batería y Eric Clapton le da una mano. 

    All things must pass brilla porque está hecha sobre una estructura de acordes mayores, optimistas todos. Para luego, en el coro, regalar un si menor que equilibra la balanza en un momento formidable.

  • “Beware of Darkness”

    Otra especie de sermón. 

    George Harrison tenía 27 años en la época en que canciones como estas salieron al público y en este caso, en una estructura armónica de varios acordes, que rompen cierta normalidad para quien escucha y que sorprende, él aconseja.

    Se trata de no dejarse llevar por las ilusiones, por un mundo material en el que cualquiera se puede perder. “Cuídate de maya”, dice antes del solo de guitarra, como recomendación de no envolverse por algo que no es, por eso que aleja del sentido real de la vida.

    Un sentido que incluso se puede ver afectado por los líderes políticos o de opinión, a los que define como “codiciosos”. Harrison advierte: “Te llevarán hacia donde no debes ir“. Quizás hay que prestarle más atención.

  • “Give me Love (Give me Peace on Earth)”

    Una plegaria que abre el disco Living in the Material World, de 1973.

    La religiosidad de George Harrison no pudo ser mejor expuesta que en esta canción con una estructura clara. Y con una letra que se repite constantemente.

    Es como si él dejara a su fanático ser testigo privilegiado de sus conversaciones con un ser superior. 

    Hay un resultado espectacular, gracias también a cómo la parte rítmica de la canción -entre Jim Keltner en la batería y Klaus Voorman en el bajo- la va haciendo crecer de a poco.

    Es probable que incluso quien no crea en Dios se sienta removido por esta canción. Eso es lo que George conseguía, sin duda. 

    Una religiosidad laica.

  • “Sue me, sue you blues”

    Una canción que surge en medio de la batalla legal que supuso poner un punto final a The Beatles como “empresa”, más que como banda.

    Este “blues” del “demándame” y “te demando” es una clara respuesta a lo que estaba pasando, por un lado entre Paul McCartney enfrentado en un juzgado a Ringo, John y George. Pero, por otro, a lo que Harrison sentía en el momento: los amigos estaban perdidos.

    Hay un “nosotros” en la canción y no es muy difícil hacerse a la idea de que George hablaba de los cuatro. No es una canción en contra de McCartney -no al menos en el tono de las que hizo Lennon-, sino en contra de la situación.

    George fue muy inteligente cuando se trataba de estas cosas.

  • “So Sad”

    La espiritualidad no es suficiente cuando hay dolor. 

    George graba esta hermosa canción, absolutamente triste, para su disco de 1974, Dark Horse. En ella habla sobre el final de su matrimonio con Patty Boyd, quien luego se casaría con Eric Clapton, uno de los mejores amigos de Harrison. 

    Y no, no hubo mala sangre entre ellos. Para nada.

    Aunque esta canción -que juega con los compases y que tiene un coro memorable- pareciera decir lo contrario.

    George canta: “Toma el amanecer y regálaselo a alguien que pueda llenar el rol, del sueño que alguna vez tuvimos”. Ouch.

  • “Dark Horse”

    La canción que le da el título a este disco de Harrison es impresionante por la libertad que proyecta. Tanto en el beat, como en la aproximación de naturaleza casi jazzera que tiene, gracias al uso de flautas.

    Hay un personaje que canta aquí. George habla de un caballo oscuro que está corriendo en una pista oscura. Y que es un idiota cool y luna triste, desde que salió del útero. 

    Para muchos, esa fue la manera que encontró Harrison para lidiar con los críticos que no asumían con claridad el carácter religioso de sus discos. 

    Pero más allá de esto, Dark Horse es pura genialidad. A pesar de que ya se evidencia aquí que la voz de George no está en un buen momento y que la faringitis que afectó su gira norteamericana de 1974 estaba a punto de atacar.

  • “This song”

    En 1976 apareció su disco Thirty Three & 1/3 y como canción número cuatro, Harrison soltó una de esas locuras que no se pueden creer.

    Con This song, George se burla del juicio que debió enfrentar por plagio de My Sweet Lord, y que perdió ante los dueños de los derechos de la canción He’s so fine, de The Chiffons. La historia dice que Harrison debió comprar esos derechos para evitarse más dramas legales.

    El asunto es que con This song, George se mofa del proceso -de probar que él se inventó o no unos acordes- y de todo lo que pasa en un juzgado en Estados Unidos. Y lo hace con maestría.

    Aquí cambia contantemente de tonalidad, sin perder el tono festivo y sin dejar de lanzar cuchilladas al tema de expertos, de dueños de derechos y de analistas musicales. Una pasada absoluta, que tiene entre varios invitados a Eric Idle, de Monty Python, haciendo un anuncio en medio de la canción.

    Se hizo un video musical que se emitió por Saturday Night Live. Hasta un Ron Wood travestido aparece por ahí.

  • “Blow away”

    Para 1979, cuando salió su disco George Harrison, su vida era otra. Estaba ya casado con Olivia Harrison y había nacido su hijo Dhani. Él estaba feliz.

    Así que, de golpe, un arrebato de frustración se apareció en forma de un aguacero que cayó por donde vivía, con fuerza, y que se filtraba por el techo de la casa. Al darse cuenta de la sensación, se repitió que no podía dejarse llevar por eso, que estaba feliz. 

    Que esa sensación debería ser soplada, para enviarla lejos.

    Una de sus canciones más pop y que revelan a un George que, desde lo simple, es inmenso: “Todo lo que tengo que hacer es amarte / Todo lo que tengo que ser es ser feliz /
    Todo lo que se necesita es algo de calor para conseguirlo”.

    Listo.

  • “All those years ago”

    En diciembre de 1980, John Lennon es asesinado en Nueva York. Un mes antes, en Inglaterra, George había grabado las bases de una canción que había hecho para Ringo. 

    Decidió rendirle tributo a su amigo y excompañero beatle utilizando la grabación con Ringo. Quitó la voz del baterista, pero dejó su batería. Hizo una nueva letra e invitó a Paul y a Linda McCartney a cantar en los coros de la canción.

    No hay lamento aquí. No es la pena de no tener a Lennon. Es la alegría de todo lo que vivieron cuando fueron jóvenes, es un tributo que funciona como festejo al arte, a la sabiduría y lo importante que fue Lennon para él.

    Más allá de eso, que sea una canción que tenga a los tres Beatles en su alineación la convierte en un triunfo.

  • “The Devil and the Deep Blue Sea”

    Brainwashed fue el último disco de George Harrison y apareció en 2002, de forma póstuma. Fue terminado por su hijo Dhani y su amigo y productor Jeff Lynne, de ELO.

    Y entre las joyas que hay en este disco resalta una versión de este estándar del jazz, de Harold Arlen y Ted Koehler, que ha sido tocado por 10 mil artistas.

    Algo pasaba cuando George hacía esto. Se apropiaba de las canciones y las dotaba de otra vida -tal como lo hizo como Got my mind set on you, en 1987-. Y vaya que la magia nunca se fue de él.

    Harrison y el ukelele haciendo justicia en el mundo.

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