Lucía Moscoso: lo directamente proporcional entre música y poesía

Cultura

Autor:

Eduardo Varas

Actualizada:

10 Ene 2021 - 0:05

Dos poemarios en un solo libro, que incluye un disco con canciones inspiradas en estos versos. - Foto: PRIMICIAS

Lucía Moscoso: lo directamente proporcional entre música y poesía

Autor:

Eduardo Varas

Actualizada:

10 Ene 2021 - 10:33

Con ‘Uzalá & El ruido rojo de las flores’, Lucía Moscoso Rivera entrega dos volúmenes de poemas en los que el arte es punto de partida y de llegada. Icazas Trío ha musicalizado varios de los versos, con un resultado encantador.

Son dos poemarios en un solo libro. En uno de ellos, la palabra se convierte en construcción del mundo, de relaciones entre la historia humana y la historia personal. Es una forma de aceptar que la creación artística es un mecanismo de resistencia y de contacto.

Con el otro poemario, la escritura es herramienta para llenar espacios vacíos. Para armar algo que ayude, que dé forma, que permita un enfrentamiento con el mundo. La escritura es curación.

Lucía Moscoso Rivera consigue en Uzalá & El ruido rojo de las flores (Kikuyo Editorial, 2020) armar una especie de diálogo poético. De la comprensión sobre el arte como manera de enfrentarse al exterior -incluso con los recuerdos y lo que películas y libros pueden generar- Moscoso pasa al ejercicio del arte como mecanismo de afectación a ese mismo mundo.

Es como si ella dejara en claro que la experiencia artística es principio y final. Y que es parte fundamental de toda vivencia humana. 

De la vida, de la muerte, del contacto, de la presencia de otros, de los puntos de vista.

Y a esto habría que asumir un elemento igual de importante en la experiencia de este libro y ese es la música. Porque tanto Igor, Jofiel y Zak Icaza -con su proyecto Icazas Trío- han musicalizado algunos de los poemas. En un disco de nueve temas, que acompañan a la publicación del libro y que se pueden descargar gratuitamente una vez que se adquiere un ejemplar. 

Hay una circularidad en esto: la poesía llega a la música, que respeta el verso y lo usa como base. Un sentido de misterio de por medio, para darle un valor adicional a la obra de Moscoso. Con este elemento, hay otro brillo.

Poemario uno: el arte es puente y detonante

Uzalá envía detalles en muchas direcciones. Es un poemario sobre cómo el arte es puesta en escena y ejercicio de pertenencia.

Películas, libros, canciones están referidos en cada poema. Todas en perpetuo diálogo con una voz que va edificando su castillo personal, esos vasos comunicantes que le permiten hablar de lo que piensa, lo que siente, recuperar memorias, personas y asociar experiencias como consumidora de arte a la propia existencia.

Es como si, a través de las referencias que la voz deja en evidencia, se pudieran conectar historias personales, que tocan incluso a quien lee estos poemas. El arte como emulsión o como vestigio. Los poemas como certeza de que las obras artísticas se cruzan con la vida de poetas, para generar más obra.

Progresión geométrica, que es la poesía.

Uzalá podría tener como metáfora central el Dersu Uzala, de Akira Kurosawa, de 1975. En esa especie de puente entre seres de distinta procedencia y entre dicotomías importantes que se exploran en el poemario: naturaleza-ciudad, animales-personas, artista-consumidor. Porque en este diálogo que Lucía Moscoso Rivera genera en sus poemas descansa la fuerza, el sentido de resistencia que parece aplicar. 

Todo lo que se consume, lo que se ha experimentado, es lo que ayuda a que la vida se vuelva verso. 

Poemario dos: construir un mundo a través de la escritura

El ruido rojo de las flores es un poemario más corto y va al grano. La relación no es con el arte, sino con el mundo. Y la escritura se convierte en esa fuerza ejecutante que crea lo que no existe. 

“La escritura es una prótesis”, dice la voz.

Y lo es porque es una extensión, es algo que completa el cuerpo, que acaba con lo fantasmal de la materia. Por eso, cuando se trata de hablar del pasado y de la memoria, como reconstrucción, el mundo se amplía.

De eso se trata este poemario, de cómo permanecen los muertos, las flores, el amor, las piedras, las miradas y los pájaros. El ruido rojo de las flores es una edificación en la que el dolor y el duelo han conjugado algo.

Y eso que resulta es la certeza de que la escritura también combate el miedo.

Estos son dos poemarios que se intersecan y que ofrecen una experiencia total. Porque, al final, ¿qué sería de la vida sin la posibilidad de asumir al arte como mecanismo de percepción, tanto para creadores y creadoras y/u observadores y observadoras?

Aburrida, por lo bajo.

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