Damaris Saavedra: “Tuve que destruirme para renacer”

En Exclusiva

Autor:

Juan Manuel Yépez

Actualizada:

27 Jun 2021 - 0:05

Damaris Saavedra reconstruyó su vida después de ser detenida por robo junto a su hermano y una amiga en 2009, en Guayaquil. - Foto: Juan Manuel Yépez

Damaris Saavedra: “Tuve que destruirme para renacer”

Autor:

Juan Manuel Yépez

Actualizada:

28 Jun 2021 - 13:14

Damaris Saavedra integró la que fue conocida como ‘banda de los pelucones’ en Guayaquil y estuvo seis meses en la cárcel por robo a domicilios en exclusivas urbanizaciones. Ahora es una emprendedora que busca reinventarse.

Damaris Saavedra, de 31 años, sería una joven empresaria más que busca abrirse camino a punta de trabajo duro, si no fuera por un capítulo de su vida que quedó grabado en la memoria nacional.

El 8 enero de 2009, Damaris, su hermano José Luis y su amiga, Jael, fueron sorprendidos robando una casa en Ceibos, una urbanización en el norte Guayaquil.

¿Por qué una joven de la alta sociedad guayaquileña decide robar casas? “Por malcriadez”, responde Damaris, quien vive un momento crucial, refugiada en su finca, donde ahora se dedica a la venta de leche embotellada.

Su estatus económico les valió el calificativo de “la banda de los pelucones”, que durante un año asaltaron casas como una manera de vivir al límite.

Damaris planifica su jornada sentada en una silla de mimbre en el porche de su casa de campo, en la Vía a la Costa, en Guayaquil.

Es lunes y contempla el paisaje adornado por samanes, acacias, ceibos, jacarandás, árboles de mango y ciruelas, con un café y un cigarrillo de sabores en sus manos.

A simple vista, es una mujer espigada, de 1,70 de estatura, informal, de rasgos delicados y cabello corto.

No pasa inadvertida, más aún por las serpientes dibujadas en sus brazos o la frase Live Fast (vive rápido) que luce en los nudillos de sus manos.

Hace un mes creó la marca Oveja Negra para la leche embotellada, en base a su experiencia de vida. “Soy la oveja negra de la familia”, dice y suelta una carcajada.

Todo comenzó en 2008, en Puerto Azul, cuando Damaris tenía 18 años y Jael, 19. Ellas caminaban por esa urbanización para matar el tiempo.

Pero Damaris decidió entrar a una casa para usar el baño, no sin antes comprobar que sus dueños no estaban. Fue tan fácil ingresar, así que lo hizo de nuevo en otra vivienda.

Ese fue el origen de una etapa que marcó su vida y que ahora quiere dejar atrás. Su aspecto “pelucón” les abría las puertas a los barrios exclusivos de la ciudad, donde llegaron a robar joyas, dinero y otros artículos.

El producto de aquella rebeldía -valorada en aproximadamente USD 2.000.000- iba a la habitación de Damaris “como trofeo”, ya que nunca tuvo necesidades económicas. El único día que José Luis las acompañó, la Policía los detuvo.

Eran momentos críticos para su familia, ya que sus padres se habían divorciado por segunda vez, luego de constantes separaciones, mientras ella y su hermano mayor se refugiaban en el alcohol. La inestabilidad familiar, dice, ha sido un factor indiscutible para justificar sus errores.

“Lo de mi hermano fue una falla. Yo lo arrastré a eso. A él le robaron la computadora y le dije ya pues, acompáñame y lo hizo. Mi nivel de convencimiento era tan sutil. Era la primera vez que me acompañaba”, recuerda.

Al verse rodeados, los tres corrieron por su lado, mientras los guardias de la urbanización intentaban capturarlos. Damaris estuvo a punto de escapar, pero se dio cuenta de que Jael no estaba y regresó.

“Vi que un guardia la agarraba del pelo (a Jael) y quise defenderla. Nos pegaron, la gente estaba endiablada”.

Damaris Saavedra

Su vida en la cárcel de mujeres

Fueron seis meses en prisión. En la Cárcel de Mujeres, Damaris estuvo en una celda, conocida como La Ratonera, donde presenció dos suicidios y evitó otro cuando logró sostener en el aire el cuerpo de una joven desesperada antes de que la soga terminara por asfixiarla.

Conoció a muchas mujeres inteligentes, pero también marcadas por la violencia, como ‘La machuca’ o ‘La bruja’, de quienes guarda buenos recuerdos.

Se acopló rápido a la vida en prisión, donde pasaba el tiempo jugando al fútbol o conversando con las internas.

En la cárcel, su relación con Jael, quien ahora se dedica al diseño de interiores y tiene una empresa propia, terminó por presiones familiares. Solo vio nuevamente a su amiga hace unos meses en una fiesta y volvieron a ser cercanas.

Además, la familia Saavedra devolvió a las autoridades todo lo que Damaris había robado, para resarcir los daños causados.

Pero con la libertad llegó el rechazo social. Quiso entrar a la universidad para estudiar programación audiovisual, pero no la aceptaron en una institución. Su tenacidad la impulsó a estudiar arte en el ITAE.

Tras la pesadilla, el único trabajo que encontró fue en un estudio de tatuajes, donde desarrolló sus habilidades en el dibujo y el diseño.

Luego viajó a Argentina, donde en un año se graduó de coach ontológico. Su ambición por cambiar su destino no se detenía.

A los 21 años se graduó con honores como piloto comercial con 150 horas de vuelo. Ama los aviones tanto como las motos, pero su costumbre de romper las reglas la boicoteó de nuevo. Hace nueve meses estuvo en coma luego de accidentarse en su Yamaha 310.

En pleno toque de queda por la pandemia, Damaris decidió visitar a una amiga en el sector de la Kennedy.

A las 02:00, cuando se dirigía al centro de la ciudad, su moto chocó contra una vereda a 120 kilómetros por hora y quedó inconsciente en la avenida Pedro Menéndez Gilbert. Unos bomberos que pasaban por el sitio la rescataron de la muerte.

Despertó 10 días después en la Clínica Guayaquil, con la pierna derecha destrozada, la mandíbula fracturada y seis dientes menos. Fue la última vez que se dejó llevar por el impulso.

Ahora asiste a terapias para fortalecer su pierna, que estuvo a punto de perder por la gravedad de las heridas. Además quiere participar en los negocios de la familia, junto a su hermano, porque siente que ya es hora de sentar cabeza.

El amor de su padre, los libros y su negocio

Damaris tenía 16 años cuando su hogar se destruyó. Ella decidió quedarse con su papá, que ahora tiene 74 años. Fue él quien con paciencia y amor logró convencerla de que buscara ayuda para superar sus problemas.

Y lo hizo. Ahora trabaja con un grupo con el que comparte sus angustias, pero también la leche que produce, gracias al apoyo familiar.

En las 300 hectáreas de tierra que poseen en Vía a la Costa, Damaris trabaja con los vaqueros que le venden el galón de leche a USD 2,50.

En un mes vendió 200 botellas y logró una vasta cartera de clientes. “Invertí USD 500 y es una locura, quería que sea la finca de la Vía a la Costa, pero esto se extendió”, cuenta orgullosa.

Por la tarde va al gimnasio y practica box. Sus libros preferidos son El Túnel (Ernesto Sábato), El hombre que calculaba (Malba Tahan) -que le regaló su papá- y Pregúntale a Alicia, diario íntimo de una joven drogadicta (anónimo).

La última obra que compró fue El río de la conciencia (Oliver Sacks) con el que intenta encontrar respuestas a los dilemas existenciales que aún la persiguen.

Recuerda su infancia con nostalgia. Era una niña solitaria con alma de empresaria, porque jugaba a que vendía terrenos y alquilaba su cuadrón, en el que solía aventurarse por el bosque, perseguida por una jauría de perros. Le encantaba jugar con lagartijas, ranas, pájaros y caballos.

A los siete años, Damaris vivió en Miami, donde aprendió a leer y a escribir en inglés, idioma que domina a la perfección.

Es en nombre de esa niñez feliz, llena de privilegios, que Damaris construye su futuro a diario.

“Me cansé de boicotearme, de huir. Me arrepentí, pedí disculpas. Estoy en constante derrota para volver a construirme”.

Quiere que la recuerden como una persona que no se dejó vencer por sus errores y que salió de la oscuridad con aplomo, porque la búsqueda de la redención no tiene nada que ver con el estatus económico.

Errar, aceptarlo, ponerle cara a la adversidad y comenzar de nuevo, a pesar de las críticas, es una cuestión de valentía y Damaris la tiene de sobra.

“Es duro, es interesante, pero tengo ganas. He vivido de todo y ya quiero cultivar mi futuro“, repite mientras recolecta sus botellas de vidrio donde envasará más leche para sus clientes.

¿Volverá a equivocarse? Seguro, nadie es ajeno al infortunio.

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