Una Habitación Propia
Astutas, avivatas y sospechosas de ser bipolares
Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

15 Jul 2021 - 19:00

“¿Se dan cuenta de que solo mujeres con trastornos emocionales, psicológicos, astutas, avivatas y sospechosas de ser bipolares son las que se quejan de ‘acoso digital’? De lo peor de la sociedad”.

Esto que cito es un tuit escrito por alguien a quien es mejor no mencionar porque las menciones dan ínfulas y hacen que existan los troles y los odiadores. El odiador sin escenario ni público es un pobrecito loco que grita a las nubes, un pobre ser que miras de reojo, con miedo y lástima, e intentas no hacer contacto visual.

Lo cierto es que me he quedado pensando en ese tuit no por su autor, sino por su contenido. Esta persona y muchas otras que comulgan con esa idea creen que las feministas somos mujeres trastornadas, con problemas mentales que, al no estar en nuestros cabales, lanzamos espumarajos por la boca ante cualquier sinsentido.

Piensan, digo, que estamos locas.

Eso por un lado.

Por otro lado, sugieren que tenemos algún fin subrepticio, un auspiciante poderoso, una multinacional que financia nuestras luchas, vende fetos a la industria cosmética y compra kilómetros y kilómetros de tela verde para los pañuelos.

Piensan que recibimos bonos anuales a la mejor feminista, a la que más consignas se supo, a la que más paredes pintó, a la que más tiempo se plantó afuera de Carondelet, a la más activa en redes sociales, a la que golpeó más fuerte el tambor de la batucada. 

Como un Oscar feminista.

Oportunistas o desquiciadas. Una de dos.

Sin meternos en uno de esos dos axiomas es imposible para ciertos hombres entender el movimiento feminista y qué es lo que hacemos las y los que militamos en él.

El acoso digital al que se refiere el tuit no solo es una realidad, sino que ha llevado a la inmovilidad, pánico, desaparición de las redes sociales y depresión de muchas mujeres perseguidas por los odiadores anónimos: esos que no tienen foto en la cuenta y cuyo nick tiene muchos números. 

Esta gente está decidida a destruir y destruye. Si la mujer a la que deciden atacar no está rodeada y contenida por amigos y familiares es posible que logren derribarla.

Yo conozco a varias de ellas. Conozco su trabajo y, de hecho, a algunas nos llaman peyorativamente con sus nombres, creyendo que nos ofende lo que en realidad nos llena de orgullo.

Sé que ellas la pasan mal. Sé que el acoso virtual es una forma rastrera y miserable de meterse en tu vida y dinamitar tus ideas difundiendo mentiras, medias verdades, intimidades y eligiendo palabras que alguna vez dijiste para reflotarlas sin contexto y con ganas de dañarte y perjudicarte.

Los que te acosan en las redes sociales suelen ser tipejos o tipejas que transitan por las cloacas de la Internet y que, a pesar de no ser nadie ni nada, causan el daño de los roedores: muchos, un mordisquito a la vez.

Dicen que somos corruptas, que somos feas, que somos gordas, que somos ineptas, que somos exageradas, que somos avivatas, que estamos trastornadas, que somos problemáticas, que con nosotras no se puede dialogar, que estamos obsesionadas con el mismo tema, que nos hace falta miembro viril, que tenemos miembro viril, que somos hombrunas, que somos malas, que somos locas, que somos violentas, que queremos destruir a la familia, que odiamos a los bebés, que somos asesinas, que somos extranjeras que nos queremos meter en los asuntos de un país ajeno, que tenemos problemas mentales, que queremos llamar la atención, que nos inventamos cosas que no existen, que acusamos sin razón (“hombres necios”), que somos narcisistas, financiadas desde multinacionales millonarias, locas, putas, lesbianas, tramposas, astutas, cochinas.

Todos esos insultos, como la gota de la famosa tortura china que va cayendo y cayendo, una tras otra, sobre la cabeza inmóvil del torturado hasta que de tanto caer en el mismo sitio horada y llega al cerebro, van quedándose en nosotras, aunque en grupo nos digamos las unas a las otras que no hagamos caso, que son tonterías, que justamente lo que quieren es silenciarnos, entristecernos, derribarnos.

La gota cae una y otra vez en el mismo sitio hasta que el dolor es insoportable.

Me parece que lo único que nos mantiene en pie son las otras, la sororidad. Siento que, si no saliéramos a defendernos con uñas, dientes, documentos y argumentos unas a otras, desmayaríamos.

Hay un límite de odio que puede aceptar una persona sin empezar a pensarse merecedora de él.

Tal vez no les digo lo suficiente, compañeras feministas, lo muy orgullosa que estoy de ustedes y lo mucho que creo en la importancia de sus voces, de cada una de ellas.

Tal vez no he hecho el duelo que merecía cada una que se fue de las redes sociales porque no soportaba más mierda sobre su tejado.

Tal vez no he puesto sobre la mesa oportunamente el tema de nuestra salud mental. Aguantar el descrédito y las maldiciones todos los días a toda hora cansa, pesa, enferma.

Las abrazo, hermanas.

Ellos no tienen y no tendrán nunca lo que tenemos nosotras: una amiga que te diga “no le pares bola a ese infeliz que no es nadie, lo siguen diez personas y que lo único que busca es likes”.

Gracias, también, por eso.

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