Una Habitación Propia

La bendita mascarilla, el bendito QR

Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

9 Dic 2021 - 19:00

Ómicron, como el Niño Jesús, ha llegado en diciembre, pero no exactamente con bendiciones para la humanidad. Los reyes de Oriente seguro tienen prohibición de salir de sus países y en Tierra Santa ya han cerrado las fronteras.

¿Quién va a adorar al niño este año? Ciertamente en Europa nadie que no tenga el ‘pasaporte Covid’, un certificado con QR que te permite entrar a establecimientos públicos.

Qué lindas fiestas, carajo: pa’ vivir hay que hacer bip en una máquina.

Al nacimiento de este año en vez de estrella le han puesto esa bola con ventosas que es el virus maldito. Por segunda vez este fin de año quemaremos su año viejo pateándolo y llenándolo de camaretas hasta que se desintegre en el aire.

No servirá de nada.

En mi rango de edad y para arriba ya ni hay ansiedad de salir. La desesperación, la locura, el dolor del encierro y la tristeza de las navidades por Zoom se quedaron el año pasado.

Ahora nada más hay una melancolía vaga, un levantarse de hombros, un bueno pues qué se le va a hacer. Se llame Ómicron o se llame Gama o se llame Stigma. Da igual: ya no horneamos pan de guineo ni hacemos yoga en casa. Ya decimos qué chiuchia.  

A la vrg los pastores se acabó la Navidad.

Una amiga, vacunada, se enfermó por estar en contacto con un profesor infantil. Otro amigo también se enfermó y no sabe bien por qué, estuvo en eventos con varias personas. Ambos fueron dejando un reguero de contagiados hasta que supieron que tenían el famoso bicho.

Somos plagas. El mundo es plaga. Afuera está la amenaza, pero también adentro.

Con esta perspectiva, con la necesidad de tener el código QR para entrar a cualquier sitio y con la paranoia de que puede que la vacuna que yo me puse no sea segura, prefiero quedarme en casa.

Me compré una vela navideña que prometía oler a árbol de navidad y no huele a nada. Nada huele a nada. En verdad no es Navidad.

Más bien esto es lo que hay: un nacimiento con la Virgen y San José con mascarilla.

El otro día una bebé quiso agarrarme el dedo índice y se lo alejé. Nos hemos convertido en la peor versión de nosotras mismas: aquellas que no tocan ni se dejan tocar.

Tal vez necesitemos un QR para darnos un abrazo, para que un bebé nos agarre con su manita regordeta el dedo, para celebrar que el Niño Dios vino al mundo.

Pobre, lo que se va a encontrar.

Yo, como ustedes, he asumido la mascarilla como una segunda piel, pero lo del Ómicron me tiene agobiada: ¿cuántos más vendrán detrás? ¿Alcanzará el alfabeto griego para las nuevas cepas? ¿Y si esto no se acaba nunca?

Qué difícil desear feliz navidad en este contexto.

Mejor sería decir feliz salud, feliz no covid, feliz familia sana.

No tengo el QR y menos mal que no lo piden para escribir porque ahí sí que estaría fregada.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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