Al aire libre
Carmela Carcelén: “usted me ayuda, yo ayudo”
Lourdes Hernández Vásconez

Lourdes Hernández Vásconez

Comunicadora, escritora y periodista. Corredora de maratón y ultramaratón. Autora del libro La Cinta Invisible, 5 Hábitos para Romperla.

Actualizada:

27 Ago 2021 - 19:00

Carmela es famosa al norte de Ecuador porque recibe gratis en su casa a inmigrantes venezolanos. Hasta el 2019 se habían albergado 8.500 personas bajo su techo.

Cuando fui a su casa en El Juncal, cerca de El Chota, pregunté en una gasolinera por ella. Me dijeron, la casa de Carmela es arriba, en el segundo ‘chapa echado’.

Me recibió uno de sus hijos, un chico alto de lentes.

Así comenzó la conversación con Carmela, una mujer afroecuatoriana, muy guapa, de 50 años.

-Tengo ocho hijos, seis son míos y dos hijos que quedaron huérfanos de mis hermanas y yo les crié.

Esta misión de dar cobijo al peregrino nació cuando Carmela tenía diez años. En su familia había una relación difícil.

-Vivíamos en un pleito constante, y un día mi papá me mandó de la casa.

Su voz suena ronca al repetir una historia que todavía le duele.

-Me fui, me acuerdo con mi ropita en la buseta de Monteolivo, un pueblo del Chota, hasta Ibarra. Ahí caminé, caminé, porque me acordaba de que mi hermano vivía en un parque. Pero a las 11 de la noche me perdí y tuve que quedarme a dormir en el parque que está frente al municipio. Ahí había una mata de ceibo y en esa mata me subí y dormí.

Encontró a su hermano mayor y se quedó a vivir con su familia durante nueve años.

Carmela trabaja con su esposo Carlos García en la frontera con Colombia desde hace 33 años. Viaja a Ipiales todos los días para vender en el mercado.

-En tiempo de sucres –dice Carmela- los productos nos daban buena ganancia; hoy no se gana tanto.

Hace cuatro años, volviendo de Tulcán, vio a unos venezolanos de rodillas, agotados de tanto caminar. Los subió a la camioneta y les llevó a su casa. 

-Actualmente sigue viniendo mucha gente, dice Carmela. Nos pasan cosas como no tener qué darles de comer, a veces ni siquiera el pan y tener que inventarme comidas rápidas para poder alimentar a estas personas. Es dramático lo que vivimos a veces. Mis hijos tienen que atenderles cuando yo estoy en el trabajo.

Eso sí, las reglas son que todos deben ayudar y lavar. Se pueden quedar dos días y siguen su camino.

-¿Qué debemos hacer los ecuatorianos?- le pregunto.

-No solo como ecuatorianos sino como seres humanos: meditar de verdad qué estamos haciendo por los demás, por mí misma, porque en el momento que me pongo al servicio de los demás estoy ayudándome yo.

Hace cuatro años, volviendo de Tulcán, vio a unos venezolanos de rodillas, agotados de tanto caminar.

Y agrega “si encuentran personas en la calle y pueden darles una mano, regalarles un pan, darles una dirección, un consejo, ya están ayudando mucho”. Están ayudando a doña Carmela Carcelén.

En el momento que no repudian, ese momento ya es ayudar.

-¿Quién le ayuda a mantener su obra?

-Yo siempre he pensado que hay personas invisibles que desde el silencio ayudan. Esa es la forma. Pero activémonos más porque sí podemos, sobre todo por esos niños que no saben hacia donde caminan.

Le cuento a Carmela que lo mío es el aire libre, pero ¿qué sentimiento puede tener alguien que vive en la calle, que tiene que dormir en la calle?

Ella me explica:

-La persona cuando está en la calle sufre frío, hambre, tiene muchas dolencias en su cuerpo. Al llegar a una casa, donde la dueña se preocupa de que tenga qué comer, que debe pegarse un baño, debe descansar y si está lastimada, hay que curarla. Entonces sí hay una gran diferencia.

Los inmigrantes están siempre vigilantes, nerviosos, preocupados de lo que pueda pasarles a ellos o a sus hijos. Sufren mucho. Cuando duermen bajo un techo, donde hay cobijo, donde hay una persona que les pueda proteger, se relajan. Ellos necesitan eso, un abrazo, un apoyo.

Leí que muchos de sus huéspedes la quieren llevar a conocer Venezuela. Y usted les dice que la lleven en avión. ¿Qué otras anécdotas me puede contar?

-Una amiguita venezolana que está en Perú me envió recién una fotografía en que estamos ella, mi nieto y yo. A pesar de estar tan lejos, siempre me escribe para saludarme, darme apoyo. Es muy bonito saber que hace cuatro años ayudé a alguien que sigue por ahí y me hace feliz enviándome esta fotografía del día que estuvo en mi casa.

“Muchos niños se han quedado en mi casa. Tengo muchos nietos de Venezuela”, dice y se ríe.

 -Daniela, hija de Daniel y Andreina, nació aquí. Vivieron en mi casa como cuatro meses y luego se fueron a vivir a un cuartito. En el tiempo de pandemia, yo cuidé a 27 personas incluidos trece niños en la iglesia por dos meses.

“Para que este mundo sea diferente, que este mundo sea libre, que sea bonito, hay que ayudar”, agrega Carmela.

Que el mundo entero sepa lo que está pasando en Venezuela.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores pero no la posición del medio.

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