Al aire libre
Y llegó la terrible frase lapidaria: “su cédula está caducada”
Lourdes Hernández Vásconez

Lourdes Hernández Vásconez

Comunicadora, escritora y periodista. Corredora de maratón y ultramaratón. Autora del libro La Cinta Invisible, 5 Hábitos para Romperla.

Actualizada:

3 Sep 2021 - 19:00

Comenté con mis amigas lo que me había pasado esta semana y una de ellas me dijo que a su mamá le pasó algo parecido y que, además, con la edad se le borró la huella digital. Que decía en el banco: aquí estoy yo, con mis ojos y mi nariz y mi cabeza. Tuvo que acudir a una ‘palanca’ para poder sacar su propio dinero.

En la mañana yo había ido al BIESS a pedir el desglose de un crédito y después de dos horas de espera en una sala inmensa con unas 40 personas, me dicen que no es ahí el trámite sino en la ventanilla única.

Conste que averigüe por qué no podía ser online, y el señor que va con su libretita puesto por puesto, me dijo: espere a que le llamen, aquí mismo es.

Si no era por el celular, me volvía loca y hubiera empezado a gritar “sáquenme de aquí”.

Más tarde fui al banco con mi papá. Era su primera ida pospandemia. Fuimos en Uber para no tener que buscar parqueo y el señor Ricardo, lo más comedido, dijo que nos esperaba si añadía un viaje más a la App para regresarnos a la casa. Le abrió la puerta a mi papá y todo.

Entramos, pregunte dónde sacar un cheque certificado y nos mandaron al balcón de servicios. No había preferencia de adulto mayor. Esperamos unos diez minutos, nos tocó el turno, pero el cliente de nuestro módulo no se movía, nos sentamos de nuevo y cuando ya se levantó, vinieron tres personas y ocuparon nuestro turno.

En resumen, ellos estaban de apuro y nosotros no. Fuimos pacientes.

Al fin nos tocó y mi papá con su supermemoria le dio el número de cuenta a la señorita. Ella tomó su cédula y dijo:

Está caducada.

Nos desinflamos.

-¿Está caducada? ¿Desde cuándo?

-Desde octubre de 2020.

-¿Y ahora, qué hacemos?

-No le puedo atender.

-Pero ya estamos aquí, no podemos venir a cada rato, debe haber una solución.

-No le puedo atender.

-Nos tiene que ayudar.

-Puede hacer una transferencia, dijo ella mirando su pantalla.

-Sí, pero necesitamos el cheque certificado.

-Puede esperar a que venga el supervisor.

-Ok. Esperamos

-Pero no aquí.

Chusa, se me peló el cable. Mi papá como siempre, estaba calmado. Me regresó a ver y me dijo: vamos al Registro Civil a sacar la cédula.

Sentí el dolor de cabeza.

-Papá, para ir al Registro Civil hay que armar todo un operativo. Otro día vamos. Hoy no nos movemos de aquí.

Esperamos.

Le llamé a mi cuñado a pedir asesoría y me dijo, ándate no más. Qué descomedidos con un señor de 97 años. Transfiere a tu cuenta y ahí sacas el cheque.

Nos fuimos.

Ricardo le abrió de nuevo la puerta a mi papá y su buena onda fue lo mejor de la jornada.

Pensé en mi amiga dueña de un gimnasio que un día faltó una profesora y hubo cierta inconformidad en el grupo de alumnas. Entonces ella se dispuso a reemplazarla, pero se encontró con la intransigencia de una cliente. Fue tan agresiva que, en palabras de mi amiga, “me mandó al hospital con un ataque de estrés”.

Yo creía que la pandemia nos iba a volver más humanos y comprensivos. Jaaa.

Todavía podemos mejorar, hacer que las cosas fluyan, que tengamos buen trato unos con otros, y si no puede resolverse un trámite, que salgamos contentos porque al menos nos mandaron con sonrisas y disculpas.

Fui el sábado al Cotopaxi a entrenar.

Empecé a caminar entre los árboles recordando el mal rato. Los pensamientos venían y caían en el sendero. El aire frío y el canto de los pájaros me fueron relajando.

Había flores blancas de trébol en el filo del camino y las hojas tenían unas gotitas de agua, y entonces vi un diente de león, le rocé ¡y me curé!

Estaba en medio de la película ‘Mujeres (y hombres) al borde de un ataque de nervios’ y de repente, todo el estrés y la contrariedad se esfumaron.

La naturaleza, el remedio contra el estrés:

  1. Caminar lento por un bosque o entre árboles.
  2. Mirar a detalle las flores y las nervaduras de las hojas.
  3. Si hay rocío o ha llovido, ver con detenimiento las gotitas de agua.
  4. Respirar profundamente, inspirar y exhalar varias veces contando hasta 20.
  5. Sentir la pisada sobre la tierra, un paso, otro, otro.
  6. Cerrar los ojos y escuchar.
  7. Hacer presencia: soy yo, estoy aquí, en neutro.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores pero no la posición del medio.

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