Al aire libre
Chimbacalle en patineta, la historia es un deporte extremo
Lourdes Hernández Vásconez

Lourdes Hernández Vásconez

Comunicadora, escritora y periodista. Corredora de maratón y ultramaratón. Autora del libro La Cinta Invisible, 5 Hábitos para Romperla.

Actualizada:

26 Mar 2021 - 19:00

Me invitaron a pasear en scooter eléctrico, o patineta, por Chimbacalle. Acepté de una, pero después me acordé que no me había subido en eso desde guagua.

Y me vino a la memoria cuando me estrellé contra la puerta del Borja 2 con la ciclo-moto de mi amiga Caridad. Pero como ya estaba jugada, llené mi botella de agua, guardé una chompa para lluvia en la mochila y esperé a que me recogieran dos amigas a las 10 de la mañana.

En el camino supe con alivio que ellas tampoco se habían subido a una patineta en años. 

El Waze nos llevó al punto de encuentro: Museo Interactivo de Ciencias o MIC, ex fábrica La Textil. Nos esperaban los guías de The Urban Rides y moradores del barrio de Chimbacalle, para enseñarnos cosas que no teníamos idea, aunque vivimos en la misma ciudad. 

Nos dieron una radio y audífonos para estar comunicados; casco, chaleco fosforescente y a practicar en el súper parqueadero del MIC.

Nos fuimos entusiasmando conforme lográbamos el equilibrio y la habilidad de oprimir el acelerador y el freno, y pasar del cascabeleo a la sensación de velocidad. 

A conocer el Museo, ññeeen, en el scooter. 

Patricio, el guía barrial, nos explicó que, en 1920, recién comenzaban las mujeres a trabajar y por su delicadeza y buen gusto, las prefirieron.

Cumplían tres jornadas y no las llamaban por su nombre sino por el número que todavía está grabado en cada telar.

Por ejemplo, Irene era la 225, les pagaban según los metros que producían. Si la máquina se dañaba no había paga.

Vimos otras antigüedades, como las máquinas de escribir. El guía cuenta que los jóvenes ven las teclas marcando letras sobre el papel y dicen: ve, tiene la impresora incorporada.

En una sala de la antigua fábrica ensayan los músicos de la Banda Sinfónica de Quito. Fue impresionante, no había sentido ese ‘desconecte’ desde hace tiempo. Era como estar en otro mundo, con la soprano, la música clásica, el silbato del tren. 

Al fin salimos a las calles. Seguir las leyes de tránsito, fue la consigna. No había autos, pero sí unas bajadas en curva, miedosas.  

El guía decía, hay alguien que grita y era yo. Tuve que reconocer ¡soy yo! Con un poco de vergüenza. 

Seguimos hasta el Molino Royal, parqueamos en la llamada Plazoleta del Molino a los pies de dos enormes silos y con la estación de Chimbacalle al frente.

El famoso balcón de Velasco Ibarra está allí, desde donde pronunció el inolvidable: “dadme un balcón y seré Presidente”.

En el molino aprendimos cómo se cernía la harina de un tamiz gigante al otro. ¿Cómo se hacía la máchica traposa? Se ponía en la sartén mapahuira o manteca de chancho, luego panela, tratando de no hacer melcocha, de ahí queso y, poco a poco, la máchica hasta tener el punto.

¡El tren! Qué lindas locomotoras. Las máquinas bien mantenidas y calibradas, pitando con vapor y todo… pero parqueadas. Salvemos el ferrocarril, es el pedido general. 

Para ir de Guayaquil a Quito tardaban quince días en carreta con caballo. El tren cambió la vida de las dos ciudades que, de repente, se conectaban a dos días de viaje. Llegan productos de la Costa, los habitantes se funden socialmente.

Mi abuela se casó con guayaco –explica el guía Eduardo- y en Quito era como si fuera un marciano. Hasta ahora son, se oye en el micrófono una voz anónima de mujer.

Disfrutando de nuestro amigable transporte, pasamos por una casa rosada donde hacen sombreros de copa de fieltro, como el que usaba Winston Churchill. Los exportan a Reino Unido donde les encanta el proceso de confección del siglo pasado.

Al Teatro México a ver el montaje de una obra para Semana Santa. 

En la oscuridad, frente a los actores con capas de cucuruchos, hay un momento de calma de este tour agitado y hermoso.

De pronto vuelvo a la realidad y me acuerdo de que justo hoy le vacunan a mi papá de 97 años. La fecha, hora y lugar del pinchazo llegó vía SMS, cumpliendo lo ofrecido en el formulario de vacunación.

Me emociona cómo él siempre le apuesta a la vida. 

Para terminar, al mercado, donde nos espera un café con empanadas en el local de Amparito y Rocío Romero. Foto en el parque central de Chimbacalle y despedida. 

El alcalde Pepe Botellas ofreció agua a los moradores del barrio en 1951. Llegan los municipales y pegan rótulos en las esquinas: calle Chambo, Daule, Paute y otros ríos. “Querían agua, tomen agua” les manda a decir el Alcalde. 

Esta y otras anécdotas, mientras circulas en patineta por Chicago Chico, Chimbacalle.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores pero no la posición del medio.

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