Una Habitación Propia
¿Cómo hablar de Guayaquil sin dar un grito?
Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

1 May 2020 - 19:00

En estos tiempos tan violentos la gente espera que los escritores y escritoras tengamos algo sensato que decir y la verdad es que una de las primeras consecuencias de lo terrible, de lo de verdad monstruoso, es que no hay manera de describirlo. 

La mudez y el miedo van de la mano. 

Es por eso, pienso, que se inventó el término inenarrable: para las situaciones en las que cualquier voz, cualquier palabra, sobra y queda estúpida. 

Los escritores y escritoras estamos intentando decir algo, pero, ya saben, son palabras ridículas para enfrentar lo indecible. Esto es, que somos diminutos, hormiguitas que cierran sus puñitos miserables, frente a lo que (nos) está pasando. 

Hace poco leí en el suplemento Babelia de El País un artículo de la escritora francesa Hélene Gestern titulado Mejor callarse, solo un poco en el que explica que cuando se empezó a saber de los alcances de la pandemia los medios empezaron a llamarla y a escribirle para pedirle su opinión o sus experiencias en relación al confinamiento. 

“¿Cómo vive una escritora estos tiempos de incertidumbre?”

Otros, sus amigos, sus familiares, estaban seguros de que ella aprovecharía el tiempo largo y silencioso de los días de coronavirus para escribir una obra maestra o, al menos, algún texto nuevo. 

Gestern confiesa en su columna que aunque tuviera cosas que decir, no está muy convencida de que su palabra sirva de algo. 

La autora se asume como un ser humano y nada más.  

Les copio un fragmento porque vale muchísimo la pena: 

“En mi caso, la receta milagrosa no funcionó. La escritora resultó ser una mujer corriente, preocupada por su familia, por sus parientes frágiles, por sus amigos enfermos de coronavirus. Descubrió, como todos los demás, durante su primera salida, con una estupefacción llena de tristeza, que la ciudad estaba desierta, que en algunos estantes de los supermercados, donde nos cruzamos con sospecha y enmascarados como gánsteres, durante las dos primeras semanas faltaban los productos de primera necesidad. La escritora, y seguramente no fue la única, intentó calcular la tasa exacta de mortalidad por neumonía, se preguntó si las personas a las que quería o conocía morirían, si ella misma enfermaría, en una ciudad con los hospitales saturados”.  

A mí me preguntan mucho sobre Guayaquil, obviamente. 

Mi ciudad es el símbolo mundial del horror, un tajo asesino que atraviesa de lado a lado, un obituario que no tiene fin. 

Me pronuncio poco y siempre mal. 

¿Cómo contar, por ejemplo, que cuando cierro el teléfono con mi mamá tengo un escalofrío porque se atraviesa el maldito pensamiento de que puede que sea la última vez que escuche su voz? 

¿Cómo decirle a la gente que no es de allí que sé que de esto no nos levantaremos del todo y que la herida de la ciudad estará tan infectada, tan purulenta, que perderemos brazos y piernas y salud mental? 

¿Cómo hablar de los muertos queridos, de las amigas de naipes de mi mamá que ya no están entre nosotras, de Lucho, nuestro Lucho, de todos y todas las abuelas y abuelos de los niños que quiero que ya no los verán crecer? 

¿Cómo, dios mío, cómo se explica el miedo cuando alguien querido, tu mejor amiga, te dice que se siente mal, que su marido está contagiado y que probablemente ella también lo esté?

Siempre que me quedo sin palabras recurro a César Vallejo que pudo explicar por medio de la poesía el insufrible dolor de estar vivo en un mundo como este. 

Vallejo clama sobre la impostura de decir cosas frente a lo inenarrable en su poema Un hombre pasa con un pan al hombro

Todo lo que yo intente decir, él ya lo dijo mejor. 

Un hombre pasa con un pan al hombro 
Un hombre pasa con un pan al hombro 
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble? 

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo 
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis? 

Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano 
¿Hablar luego de Sócrates al médico? 

Un cojo pasa dando el brazo a un niño 
¿Voy, después, a leer a André Bretón? 

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre 
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo? 

Otro busca en el fango huesos, cáscaras 
¿Cómo escribir, después del infinito? 

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza 
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora? 

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente 
¿Hablar, después, de cuarta dimensión? 

Un banquero falsea su balance 
¿Con qué cara llorar en el teatro? 

Un paria duerme con el pie a la espalda 
¿Hablar, después, a nadie de Picasso? 

Alguien va en un entierro sollozando 
¿Cómo luego ingresar a la Academia? 

Alguien limpia un fusil en su cocina 
¿Con qué valor hablar del más allá? 

Alguien pasa contando con sus dedos 
¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

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