Una Habitación Propia
Consuelo de idiotas
Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

25 Mar 2021 - 19:00

Hace unos días, un domingo precioso, saqué a Dolly, la perra de nuestra familia, a dar un paseo. Dolly es raza caniche y tiene con nosotros muchos años, casi doce. Era la consentida de mi papá. 

Yo la quiero mucho por lo que es, el animalito de mi hogar, pero también por lo que representa: la mascota de mi padre, que ya no está con nosotros.

Nada más cruzar el umbral, un perro enorme e increíblemente violento vino hacia ella. En su cara, en sus colmillos, estaba impresa la sed de sangre. Le iba al cuello, a la cara, iba a destrozarla. 

No sé muy bien cómo, los recuerdos de los hechos violentos están como masticados en la memoria, la levanté, alejé su garganta del perro agresor, pero sus ancas quedaron descubiertas y ahí mordió, mordió con saña. 

Si una trabajadora del edificio en el que vivo no venía con una pala, el perro hubiese conseguido lo que quería: arrebatarme a Dolly de los brazos para, en el suelo, destrozarla a placer. 

¿Dónde estaba el dueño de esa criatura tan peligrosa?

El hombre miraba la escena desde lejos como si estuviera viendo una película. No lo escuché llamar a su bestia a gritos, no lo escuché gritar, no vino corriendo, no nada. 

Nada. 

Cuando vio la pala se acercó, más temeroso de que golpearan a su perro de que él matara a nuestra mascota. 

La vida de mi animalito no le importaba un carajo.

Cuando le grité que por qué su animal, claramente violento y peligroso, no tenía una puta correa (seguro, en el calor del terror, dije algún insulto más) me respondió, muy agraviado él, “no me insultes”. 

Lo que siguió fue rápido y pesadillesco: temblando, yo también herida, subí a mi perra como pude a un taxi y empecé a peregrinar en busca de veterinarias de guardia.  

En Playas, parece, los veterinarios apagan el teléfono los domingos y dejan a los dueños de perros enfermos o heridos a la buena de dios.

El viaje a Guayaquil con mi perrita llorando, yo llorando, ambas sangrando y aterradas, no lo olvidaré en la vida. Se me hizo larguísimo, duró vidas enteras, mientras la sangre de mi perra me mojaba el vestido.

El viaje a Guayaquil con mi perrita llorando, yo llorando, ambas sangrando, no lo olvidaré en la vida.

La atendieron (¡gracias doctora Pamela!) y, a pesar de que la herida era horrible, no era ni tan profunda ni tan grave. Zafamos esta vez, Dolly. 

Esa misma noche escribí al dueño del perro. 

“Buenas noches, mi nombre es tal, su perro atacó a mi perra esta tarde en la playa”. 

Seguí haciéndolo a diario por varios días. Escribí y llamé, dejé mensajes. Nunca tuve una respuesta. Nada. Ninguna.

Todas las personas que me quieren me han pedido que deje de llamarlo, de intentar hablar, de pensar en esto. 

Buscando su perfil en las redes sociales saltan filiaciones y fanatismos por esa gente que se ha ganado a pulso el título de odiadores. 

Su camioneta, propagandista, lleva impreso el nombre y la cara de un candidato. 

Mi familia y mis amigos me han rogado que no haga público el nombre del dueño del perro, que no diga nada, que me calle. Tienen miedo de que él, sí, él, el dueño del perro sin correa que sin motivo alguno atacó e hirió a mi perra anciana, me haga algo más grave a mí. 

Que me hiera a mí. 

Y así, silenciada y enardecida a la vez, escribo desde el lado de aquellos ciudadanos que están muertos de miedo de denunciar las injusticias, las corruptelas, los abusos de poder, las salvajadas por miedo a lo que les pueda pasar a ellos o a los que aman. 

Mal de muchos, consuelo de tontos, dice el dicho. 

Y, efectivamente, me siento una tonta por no poder poner una denuncia en la Fiscalía ni gritar a los cuatro vientos el nombre de ese hombre cuyo perro pudo haber matado a la mía y que este fin de semana, seguro, estará otra vez en tomando el sol junto a su perro asesino. 

Escribo desde el lado de aquellos ciudadanos que están muertos de miedo.

En una playa nuestra, en una provincia nuestra, en un país nuestro que cada día es menos eso para ser otra cosa: de ellos, o sea, ajeno.

Y peligroso. Muy peligroso. 

No permitamos, amigos, amigas, que nuestro país se convierta en esa enorme playa donde miles de perros furiosos ataquen a los indefensos y nadie pueda decir ni una sola palabra.   

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores pero no la posición del medio.

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