Cambio de Rueda
La culpa de todo (no) la tiene Don Bosco
Santiago Roldós

Santiago Roldós

Actor, escritor, director y profesor, cofundador del grupo Muégano Teatro y de su Laboratorio y Espacio de Teatro Independiente, actualmente ubicado en el corazón de la Zona Rosa de Guayaquil. A los cinco años pensaba que su ciudad era la mejor del mundo, pero entonces también creía en Dios y en Barcelona Sporting Club. 

Actualizada:

20 Sep 2019 - 13:59

Cuenta el capítulo 19 del libro de los Jueces de la Biblia la historia del levita que, en busca de recuperar a su concubina, es recibido con algarabía por el padre de ella, al parecer temeroso de su venganza. Recuperada su propiedad, es decir su mujer, el levita emprende el viaje de vuelta.

Tras recordar a su criado que “no vamos a ir a ninguna ciudad que no sea israelita”, llegan de noche a Guibeá, hogar de la tribu de Benjamín, donde tras muchas decepciones consiguen posada en casa de un anciano de las afueras.

En lo más alegre de la velada, toca a la puerta “un grupo de pervertidos”, exigiendo al anciano sacar al hombre para poder acostarse con él. Escandalizado, el anciano ofrece a cambio a su propia hija y a la concubina del levita, para que hagan en ellas lo que quieran, con tal de salvar de tal “perversidad” a su huésped.

Palabra de Dios, cuento favorito de Jean Jaques Rousseau (Padre de los en su génesis Derechos no Humanos, sino del Hombre), y relato fundante para el Negro Falconí del cuerpo de la mujer y del marica como territorios punibles y de tortura por excelencia en la cultura Occidental judeocristiana, el cuento termina con el levita subiendo el cadáver sanguinolento de su concubina a un asno, para en su hogar descuartizarlo en doce pedazos, enviados a cada una de las doce casas de Israel, en toda regla un sacrificio vertebrador de la Nación como lugar del patriarca, esto es: la Patria.

Darío Sztanjszrajber, el divulgador y filósofo argentino (casi) innombrable, lee la Biblia con la libertad que le confiere la mejor y libérrima tradición heterodoxa judía de la que proviene; como un texto.

Un texto enorme, maravilloso, tremendo, pornográfico, fascinante, aplastante, más violento que todo Freddy Krueger y Tarantino juntos, parteaguas de nuestra civilización, al que hay que regresar una y otra vez, pero, a la vez, nada más y nada menos que un texto, tan sagrado, abierto y ficcional como cualquier otro, incluyendo nuestro código penal, que no deja de ser un libro donde la realidad cabe de manera bastante sinuosa y perversa.

Miren si no lo que han hecho ¡Pachakutik! o CREO: mandar al diablo a las niñas y a la pobreza en nombre de Dios. Independientemente de militar en Shoenstatt o de hacer la primera comunión en una parroquia suburbana, las mujeres adultas, jóvenes y las niñas del Ecuador seguirán abortando, la diferencia estribará en las condiciones de dignidad en clandestinidad que su capacidad económica les permita.

La única explicación para que el brazo político de las naciones indígenas, sojuzgadas durante siglos por la Colonia, sea cómplice de este crimen de Estado, es que sus propios cuerpos están colonizados por el imperio de las Iglesias, y creen su deber reiterar el mito de la Virgen María, ya en su tiempo una actualización soft porno de las violaciones que los dioses griegos, al otro lado del Mediterráneo, cometían contra las mortales.

La diferencia de ese texto es que Jehová envió a un emisario y luego a una paloma, Él mismo travestido en su propio Espíritu Santo, para anunciar a la joven menor de edad que la iban a llenar de gracia/violar entre tres.

Una Santísima Trinidad engendradora de un Hijo que no era otro que el mismo Padre vuelto Hombre, todo muy edípico y a la vez muy Dallas y Dinastía. El sueño ideal de Harvey Weinstein y del ecuatoriano promedio: que las víctimas consientan ser violadas y erigir a su producto como Salvación de la Humanidad. Amén.  

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