Firmas
Desnudos innecesarios
Rafael Lugo

Rafael Lugo

Abogado y escritor. Ha publicado varios libros, entre ellos Abraza la Oscuridad, la novela corta Veinte (Alfaguara), AL DENTE, una selección de artículos. La novela 7, además de la selección de artículos Las 50 sombras del Buey y la novela 207.

Actualizada:

12 Sep 2020 - 19:00

La muerte del dictador español Francisco Franco trajo algunos profundos alivios a la Madre Patria. Entre ellos, el fin de la perversa censura que sometía con un control total al cine que se hacía o que se presentaba en España.

La finalidad de esta censura era “preservar la moral” y, de paso, cuidar la ideología de la dictadura.

Y, como cuando una represa se revienta dejando suelto un caudal incontrolable de agua que irá destruyendo y anegando todo lo que se le cruce río abajo, el cine español se llenó de lluchas y de escenas de sexo gratuito (no de lluchos porque la civilización nunca llega equitativamente).

Carne innecesaria, pero que estaba en las pantallas pues simplemente ya se podía.

Con el pasar de los años, esta ola de desnudos y sexo, que realmente no aportaba a la historia que se quería contar (o acaso era lo único de llamativo en alguna producción de baja calidad), fue muriendo en la playa de la sensatez.

Apareció justamente el displicente concepto del “desnudo gratuito”, y las escenas de esta índole empezaron a considerarse muestras de poco trabajo o de reducido talento del cineasta de turno. Hoy, incluir una escena con desnudos en una película, necesita más fundamentación que una sentencia de la actual Corte Constitucional.

El destape español cayó en el archivo de la memoria a los pocos años. Las grandes estrellas de ese cine pasaron a un pronto olvido y algunas al desprecio. El cine fue encontrando su equilibrio –si se podría llamar así- y creo que desde hace un par de décadas las obras han trascendido con una dimensión mucho más profunda y justificada.

Algo muy parecido nos ha tocado presenciar con el fin de la censura del gobierno correísta a la prensa. Por ahí he leído unos desesperados intentos por negarla, pero es cuestión de meterse a Google y encontrar la larguísima lista de medios y periodistas silenciados con distintos esquemas totalitarios usados por aquel gobierno.

Decía que algo muy parecido pues ahora estamos presenciando una actividad periodística que ha caído en ciertas acciones “porque ya se puede”, y no necesariamente porque sirva para el trabajo de información y análisis que el público espera y necesita.

Es maravilloso que la prensa no tenga realmente miedo del gobernante de turno, pero esto no significa que puede llenarnos de “lluchas y lluchos” en sus productos informativos, solo porque ya no existe la Supercom.

Escribo para los periodistas de bien. Varios, mis amigos. Gente de la que espero cosas tan difíciles como el aceptar los errores, o el mejorar cada día, asunto que es la obligación de cualquier ciudadano.

Escribo este texto para los que ejercen su profesión con buena fe, no para quienes prefieren su ideología a la ética más básica o el sueldito del amo de turno. De estos últimos agradezco que no tengan el valor de salir a asaltar gente en las calles, nada más.

La ola desbocada del destape periodístico debe morir pronto en la orilla del equilibrio, de la experiencia y de la responsabilidad. A Ecuador le urge evitar que las sabatinas se privaticen, en lugar de que desaparezcan.

Todavía nos queda un tiempo para superar los traumas totalitarios y para encontrar el punto medio. Quienes obran de buena fe y tienen talento podrán lograrlo, estoy seguro.

El reto de las próximas elecciones está en curso, y el público merece, al menos, el esfuerzo.

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