Una Habitación Propia

Dos mujeres, dos hombres

Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

2 Dic 2021 - 19:39

Ya estoy harta.

Nuestro país es uno de los más rancios y casposos del mundo y la rabia frente a las discriminaciones de nuestros compatriotas me tienen francamente agotada.

Siento que no puedo más.

A veces pienso en no decir nada, tragar la bilis, escribir sobre pajaritos.

Pero, claro, no puedo. Si saben cómo me pongo para que me invitan.

Las últimas perlas de la inquisición ecuatoriana no sorprenden, pero indignan. La primera fue que no dejaran tomarse unas fotos a unas turistas fuera de la Basílica del Voto Nacional en Quito porque, dijeron, no estaban vestidas adecuadamente.

Las turistas eran unas mujeres trans.

Nos conocemos, Ecuador: la persecución no tenía nada que ver con la vestimenta.

Nuestro país no considera delito a la homosexualidad desde hace más de veinte años y en la Constitución se defiende a todas las personas, sea como sean, crean en lo que crean, amen a quien amen, pero del dicho al hecho hay un trecho.

En el caso de nuestro país el trecho es de millones de kilómetros.

Ecuador es un país de odios.

A esas chicas las avergonzaron y las echaron de un sitio público y turístico porque no las consideraban dignas de estar frente a una iglesia.

Una iglesia, que yo sepa, es el lugar que dijo Jesús que existiera para recordarlo. Que yo sepa, también, Jesús dijo que se aceptaran a todos y a todas y a todes.

Son los y las curuchupas quienes enarbolan la Biblia para justificar sus ascos, sus discriminaciones, sus incomprensiones.  

La segunda perla vino de un padre que se quejó de que en una película se viera a dos hombres besándose. Este es el tuit:

“Fui al cine con mis hijos a ver Eternals. Tienen 8 y 7 años. En una escena dos hombres se dieron un beso en la boca. Enseguida me preguntaron. Me quedé callado. No supe cómo responder. No insistieron. La próxima vez haré caso a la edad. Decía 12 años”.

Yo no tengo hijos, pero si los tuviera ante esa pregunta respondería con toda naturalidad que esos hombres se quieren.

Los niños entienden mucho mejor las cosas, nacen desprejuiciados. Si se les explica sin titubeos -o sin odio- que hay hombres que se enamoran de hombres y mujeres que se enamoran de mujeres no se van a impresionar.

El intolerante era el padre, no los niños.

Los niños preguntaron como preguntarían cualquier otra cosa.

Pero el padre, estoy segura, odia a los homosexuales y por eso no pudo decirles que es natural que la gente del mismo sexo pueda enamorarse.

Luego nos preguntamos de dónde sale el odio en nuestro país.

Luego nos preguntamos por la cantidad de asesinatos y palizas a las personas LGTBI en nuestro país.

Esos niños serán criados en un oscurantismo que los llevará, quién sabe, a un rechazo perverso a personas que no responden al canon heterosexual en el que cree la mayor parte de la sociedad ecuatoriana.

Convivimos con esa gente, con esa gente que no deja que unas mujeres trans se tomen una foto como cualquier turista. Con esa gente que no sabe qué decirles a sus hijos ante una muestra de amor entre dos personas.

El peligro es que esa gente con la que convivimos va sedimentando un odio que quién sabe por dónde va a manifestarse.

Y eso da miedo. Mucho miedo.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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