Firmas
Escapando del congelador social
Yasmín Salazar Méndez

Yasmín Salazar Méndez

Profesora e Investigadora del Departamento de Economía Cuantitativa de la Escuela Politécnica Nacional EPN. Doctora en Economía. Investiga sobre temas relacionados con pobreza y desigualdad.

Actualizada:

14 Oct 2021 - 19:03

Es común escuchar a los padres decir que desean lo mejor para sus hijos, así como que esperan ser superados por sus vástagos.

Esta superación, que puede significar en diversos ámbitos una mayor educación o mejores ingresos, pero no siempre es posible y, en algunas ocasiones, se produce un retroceso.

Los cambios en las escalas económica y social de padres e hijos se conocen como movilidad social intergeneracional. 

En Ecuador, según la encuesta Latinobarómetro, publicada hace pocos días, al parecer, no hay mucho optimismo con respecto a las posibilidades de movilidad social.

Ante las perspectivas de movilidad pasada (la del encuestado con respecto a sus padres), el 65% manifiesta que tiene una situación económica similar a la de sus padres y solo el 17% cree que mejoró.

Frente a la perspectiva de movilidad futura (los hijos respecto al encuestado) las cifras no son muy diferentes, pues el 71% de los encuestados cree que sus hijos tendrán una situación económica similar.

Apenas el 19% espera ser superado económicamente por sus hijos.

Los números no preocuparían tanto si los encuestados hubiesen respondido que consideran que su situación es buena, y se entendería que aspiran a al menos algo similar para sus hijos, pero el 36 % respondió que considera que se encuentra entre los más pobres del país.

Ante este pronóstico pesimista debemos volver la atención a uno de los principales impulsores de la movilidad social: la educación.

Para examinar el efecto de la educación en la movilidad consideraremos dos ejemplos opuestos.

Primero, podemos mencionar a padres y madre que cursaron la universidad y que, como resultado de sus estudios, consiguieron un empleo con una remuneración por encima del promedio nacional, que les permitió a sus hijos un nivel educativo más alto que el de sus padres y superarlos en ingresos.

Este escenario corresponde a un proceso de movilidad intergeneracional ascendente, producido por la educación.

Ahora, para mostrar la movilidad intergeneracional descendente se puede citar el caso de padre y madre que apenas culminaron la escuela, lo que no les abre muchas opciones en el mercado laboral y los destina, casi inexorablemente, a la informalidad, con sus largas jornadas de trabajo e ingresos bajos y variables.

En este caso, el sueño de que los hijos tengan un mejor nivel de educación que el de los padres compite en desventaja con las necesidades urgentes del día a día.

Y, ante la desesperación a la que puede empujar la pobreza, los hijos, incluso siendo niños y adolescentes, tienen que abandonar los estudios para trabajar. 

Si queremos romantizar este último escenario, podemos destacar el espíritu de lucha de los miembros de esta familia, todos trabajan y aportan económicamente al hogar.

Sin embargo, la movilidad social no sabe de romances y, si los niños y adolescentes no estudian, la probabilidad de que superen económicamente a sus padres es muy baja.

Así, la movilidad intergeneracional entra en un congelador del que es muy difícil salir y no solo eso, es probable que los hijos de los hijos repitan el ciclo, produciéndose el contagio intergeneracional de la pobreza.

Claro está que algunas personas con bajo nivel de escolaridad y pocos ingresos cambian positivamente su historia y son presentadas a la sociedad como ejemplo de lucha y superación.

Pero estos casos no son la generalidad, pues la mayoría se queda atrapada en el círculo vicioso de la pobreza y no puede mejorar sus ingresos ni su situación general. 

Las ayudas temporales y tibias no cuentan para promover un verdadero proceso de movilidad social intergeneracional ascendente.

Para revertir el pesimismo manifestado por los ecuatorianos en la encuesta Latinobarómetro, que infelizmente no es solo una percepción, es imprescindible implementar políticas serias que apunten a la eliminación de las brechas en el acceso a la educación de calidad y que brinden condiciones para que las personas más vulnerables puedan culminar sus estudios. 

No perdamos de vista lo importante. La educación pública de calidad es un mecanismo efectivo para escapar del congelador. 

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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