Una Habitación Propia
Espejo del machismo ecuatoriano
Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

30 Jul 2020 - 19:00

 “Si dos mujeres seguidas, digamos, reciben algunos de los grandes premios literarios anuales, las voces masculinas empiezan a hablar de confabulaciones feministas, de corrección política y de la decadencia de la imparcialidad de los jurados”. 

Ursula K. Le Guin

De las poquitas cosas que este país hace bien en relación a quienes nos dedicamos a la cultura está el premio Eugenio Espejo. Verán, recibir el Espejo, además del inmenso honor –con el que, ya sabemos, no se come– significa que hasta el día de tu muerte recibirás un sueldo mensual.

Para alguien que ha vivido toda su vida peleándola para dedicarse al arte, sin aportar al Seguro Social, sin poder pagar un seguro de jubilación privado, sin propiedades, pensar en pasar los últimos años de su vida con cero preocupación económica es algo así como un espejismo. 

El Espejo es el espejismo. 

El Espejo permite a los artistas de nuestro país dormir tranquilos en su vejez. 

Sé, por ejemplo, que quienes han recibido el premio han podido sobrellevar enfermedades catastróficas gracias a ese fondo vitalicio. De otro modo hubiesen muerto como a veces pienso que voy a morir yo: en algún asilo, pobre, con las manos arrugaditas sobre el regazo. 

Lo dicho: el premio Eugenio Espejo salva vidas y honra de la mejor manera posible, o sea con un sustento, a quienes estuvieron tan desquiciados como para dedicar todo su tiempo a la creación artística en un país como este. 

Pero, claro, hay un pero. 

Como en todo, el machismo sideral ecuatoriano ha metido su zarpa cochina en la decisión de quién es digno de recibir el premio y quién no. Y, sorpresa, sorpresa, el resultado es que, por ejemplo, el Espejo a la creación literaria, que se entrega desde 1986, lo han recibido veintiún hombres (21) y una (1) mujer. 

El que solo Alicia Yánez Cossío haya recibido el único premio al conjunto de la obra literaria que entrega el Ecuador es no sólo decepcionante, sino que, para mí, nos devuelve la imagen del país que somos: un país que considera a las mujeres como inferiores. 

El Espejo es nuestro espejo. 

Y la imagen que refleja es nauseabunda. Piénsenlo: veintiuno (21) a una (1). 

Este año, afortunadamente, tenemos la oportunidad de reivindicar el aporte de dos ecuatorianas a la literatura universal. Lupe Rumazo, la brillante académica, ensayista y narradora quiteña, y Sonia Manzano, guayaquileña, y una de las voces más potentes de la poesía latinoamericana, son finalistas del Espejo. 

Por la implacable injusticia del machismo ecuatoriano, atrás se quedaron tantas escritoras importantísimas que merecían el honor. Ojalá este año los jueces no sigan la corriente estúpida que prioriza la creación de hombres sobre la de las mujeres porque eso, además de vergonzoso, nos hunde como sociedad. 

El 9 de agosto lo sabremos.   

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