Una Habitación Propia

Lo evitable e inevitable, qué pasó en el deslave de La Gasca

Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

4 Feb 2022 - 7:05

En la Costa de Ecuador los desastres del invierno se repiten, vuelven a pasar una y otra vez en un déja vu, ese recuerdo recurrente de pesadilla.

Sabemos lo que va a pasar, pero nadie hace nada al respecto.

Es como si te dijeran que todos los febreros te van a atropellar y siguieras caminando por la misma calle todo el mes.

No es tan simple, lo sé, tiene que haber una planificación urbanística, un control de las aguas y una participación ciudadana que, realmente, no existen.

La lluvia cae, los ríos se desbordan, los montes y montañas ceden ante los diluvios y se van, con el lodo, con las personas, las casas, los carros y todo lo que hallan a su paso.

La naturaleza no negocia. 

¿Lo que ha pasado en Quito se podía evitar? Hay quienes dicen que sí, totalmente. No soy urbanista, pero leo que era desaconsejable construir en esa parte de la ciudad, que los árboles que prevenían los deslaves (bosques protectores) fueron reemplazados por asfalto y que los que quedaron son eucaliptos, inútiles para crear barreras contra la ola de tierra mojada.

Leo también que la falta de planificación del crecimiento de la ciudad, los permisos de construcción cedidos desde hace siglos, la necesidad de urbanizar lo que se tenía que dejar intacto han sido los culpables del horror que estamos viviendo en este instante.

¿A cuántos ascienden los muertos, los desaparecidos? Las cifras van subiendo. ¿La desgracia que cayó sobre esas familias y sobre los que lo han perdido todos es responsabilidad de alguien? Quisiera saberlo.

La marejada en plenos Andes se llevó, hambrienta, calles enteras donde hacían sus vidas las gentes de los barrios de La Comuna y de La Gasca. Ahora lloramos en todo el país, como cuando el aletazo brutal de la tierra destruyó a Portoviejo.

Entonces, también, se habló de que se podía evitar: de que los materiales de casas y edificios eran una porquería, absolutamente nada era antisísmico, qué digo antisísmico, sólido. Como un imperiecillo de arena, Portoviejo y otras ciudades de Manabí cayeron con la sacudida.

Se aprendió a la brava que lo barato sale caro. Se aprendió con lágrimas que los constructores habían hecho su agosto haciendo viviendas casi de cartón.

La naturaleza es impredecible, sí, pero la avaricia del ser humano es absolutamente predecible.

¿Habrá alguien que no pueda dormir por los muertos y desaparecidos de La Gasca? ¿Habrá alguien que diga no debí dar ese contrato, no debimos talar todos los árboles y plantas, no debimos llenar de asfalto la tierra que debía absorber el agua?

Lo dudo.

En la Costa sabemos que cada invierno traerá tragedia. Mientras tanto los alcaldes, los encargados de dar permisos para el uso de tierras de los municipios, los dueños de las empresas constructoras, seguirán durmiendo a sus anchas en las partes altas de las ciudades.

En la Costa sabemos que cada invierno traerá tragedia.

Las olas de tierra se seguirán tragando a los hombres, a las mujeres, a los niños como si las tragedias evitables fueran inevitables.

Todo mi amor a las familias de La Comuna y de La Gasca, ojalá alguien les pida perdón.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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