Una Habitación Propia
Los falsos discapacitados
Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

4 Jul 2020 - 19:00

En la universidad tuve una profesora que había tenido polio en su infancia y no podía usar sus piernas. En esos tiempos en los que absolutamente nadie pensaba en facilitar la vida de las personas con discapacidad, ella subía y bajaba por esas escaleras infames de la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica usando la fuerza de sus brazos y unas muletas. 

Es muy probable que en esa época yo haya sido más estúpida de lo que soy ahora y quizás por eso nunca le dije lo mucho que la admiraba. Si alguna vez he dado una buena clase y he enseñado a alguien algo que no sabía es gracias a ella.

Recuerdo un día: me estaba quedando dormida en clase y cuando me llamó la atención estallé. Sorbiéndome las lágrimas de rabia le dije que estaba agotada porque daba clases por la mañana en un colegio, por la tarde tenía prácticas docentes y por la noche iba a la universidad.

–No puedo más, mi vida es muy difícil. 

Me avergüenzo de haber sido tan idiota. 

Ella pudo haber dicho muchas cosas, pero no las dijo. Su respuesta la recuerdo hasta hoy: 

–Relájese, salga a caminar. 

Hasta hoy no había entendido la elegancia de su respuesta. Esa invitación a que saliera a caminar y dejara de quejarme por tonterías.  

Ella tenía que moverse el día entero en un mundo en el que nada era amigable. Tenía que subir escaleras tras escaleras, entrar por puertas diminutas, sentarse en sillitas escolares. No había absolutamente nada en su entorno que le dijera: he pensado en ti. 

Salvo por su carro. 

Mi profesora tenía un carrito de apariencia sencillo, pero con un maravilloso twist: estaba adaptado para que lo pudiera conducir con las manos. 

No quiero ni pensar lo que hubiera sido para ella tener que subir las escaleras del paso de peatones de la Carlos Julio Arosemena y caminar cuesta arriba hasta nuestra facultad. 

Tal vez sin ese carrito ella hubiese tirado la toalla y cientos de educadoras –y nuestros miles de estudiantes– nos hubiéramos perdido sus brillantes enseñanzas. El carrito, estoy segura, le permitió soñar la vida que finalmente tuvo: una vida sin restricciones. 

Para usted y para mí un carro es un medio de transporte, para las personas con alguna discapacidad motriz puede significar la diferencia entre el encierro y la libertad, entre la realización y la amargura, entre vivir o nada más ver pasar los días en un calendario. 

O sea, no es un carro, es una llave y, a veces, un milagro. 

Cuento esto, ya lo saben, porque estoy espantada con la más reciente –nunca la última– canallada de nuestros compatriotas. En un país en el que hemos visto de todo, sin ir más lejos robos de mascarillas, pruebas y respiradores, parecería que nada nos puede ya estremecer. 

Y sin embargo. 

Lo de los más de dos mil carnés de discapacidad falsos me ha llenado de una repugnancia tan profunda, tan visceral, que casi no puedo escribir estas palabras. Siento que nada de lo que diga puede transmitir la furia que me carcome como si hubiera tragado ácido.

Dos mil doscientas personas sanas pagaron a traficantes para beneficiarse de los descuentos de las personas con discapacidad. 

Tengo ganas de llorar de asco.  

Pienso y repienso los adjetivos para definir a esos ladrones –los que vendieron y los que compraron– y todos se quedan cortos. 

Ni miserables, ni cabrones, ni monstruos, ni animales, ni malditos. 

Ninguna palabra, por muy obscena o violenta que sea, se acerca a definir lo que son.

Paradoja infame: en un país en el que el presidente tiene una discapacidad no es posible que ese tema, justo ese tema, se haya convertido en una burla, en una sapada, en un robo. 

De verdad los invito a pensarlo: en nuestro país hay casi quinientas mil personas con discapacidad. Muchísimas de ellas no han podido acceder a su derecho de tener un carnet que lo acredite mientras otros, más sanos que un toro, con dinero y en puestos de poder, usaron esos beneficios para no pagar aranceles y burlarse, una vez más, de la ley.

No se me ocurre nada más miserable.

O tal vez sí: que seamos un país que elige como representante a alguien capaz de robar a una persona en silla de ruedas. 

Noticias relacionadas