Comunidad Artística
Fauna Precolombina
Anamaría Garzón Mantilla

Anamaría Garzón Mantilla

Profesora de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ). Estudió Periodismo e Historia del Arte en la USFQ y en la Universidad Autónoma de Barcelona. Tiene un máster en Arte Contemporáneo, de Sotheby’s Institute of Art, Nueva York. Es editora general de post(s), serie monográfica del Colegio de Comunicación y Artes Contemporáneas de la USFQ. Es también curadora de la galería Khôra.

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15 Jul - 12:39

A veces, cuando no puedo dormir, pienso en animales. Tengo en mi memoria un archivo de varios animales representados en pinturas y esculturas. Guardo especial afición por los de las cavernas de Lascaux y Altamira, que solo he visto en documentales. 

Esa es una confesión sobre los refugios que esta insomne encuentra para evitar caer en los pensamientos terroríficos de las noches en vela. Me gusta pensar que esos animales están ahí siempre y desde siempre. Dibujados sin importar si sabemos de ellos o no, sin importar si los recordamos o no. Trato de imaginar cómo eran los humanos que los dibujaron, cómo era su relación con los animales e inmediatamente pienso en mis perros. Los que tuve, la que tengo. Pienso con temor en los animales que desaparecen por culpa de los humanos, que nunca entendimos que el planeta es compartido con otras especies.  

Tras la confesión, les cuento que el origen de esta columna está en el Museo de Arte Precolombino Casa del Alabado. El 6 de julio se inauguró la exhibición Animales y el mundo precolombino y apenas un día después estuve ahí, en busca de nuevos animales para mi archivo nocturno y en homenaje a un hipopótamo al que visito cada vez que tengo oportunidad. 

La exposición, curada por María Patricia Ordoñez, y realizada en colaboración con Rafael E. Cárdenas, de la Universidad Católica, y el WWF, es bellísima. Los animales seleccionados corresponden a especies que aún existen en el presente, estableciendo una conexión entre el tiempo en que las piezas fueron realizadas y nuestro tiempo. Esto abre preguntas sobre las relaciones que hemos construido con esas especies a lo largo de siglos de convivencia y crea una alerta sobre la urgencia de transformar nuestras relaciones con aquello que llamamos naturaleza y comprender su agencia.   

El montaje está dividido en dos espacios, que separan a los animales del día y los de la noche. La instalación de las obras es impecable, sobre todo en la sala del día. Cada sala tiene fotos actuales de las especies, que en modo alguno se convierten en simples ilustraciones que acompañan a las piezas, pues aparecen de forma muy discreta, mirándonos con distancia, obligándonos a acercarnos mucho para mirarlos. 

En sus últimas exhibiciones, el equipo del Alabado ha mostrado una potente capacidad de crear conversaciones entre distintos temas y las piezas de la colección, mostrando que las historias precolombinas no son estáticas y que siempre hay nuevas formas de dar vida a las instalaciones permanentes, acompañándolas con lecturas paralelas que enriquecen las visitas. 

Desde la exhibición Pigmentos y brillos en la costa del Ecuador precolombino, realizada el año pasado, con curaduría de Alejandra Sánchez Polo, me resulta imposible ver las obras de la instalación permanente sin intentar encontrar pistas sobre los pigmentos. 

Salí de la exhibición con un murciélago, unas aves, unos caimanes, unos canes y unos monos en la mente, también contenta de haber visto que sacaron al tiburón/ballena (otro de mis animales preferidos) de su vitrina y lo pusieron a conversar con otras especies. 

La exhibición estará abierta hasta octubre. Y para que se animen a verla, les dejo una serie de fotografías cortesía del Alabado. Son fotos de piezas y fotos de animales, apenas un pequeño abrebocas de la exhibición. 

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