Cambio de Rueda

Feliz y maldita Navidad

Santiago Roldós

Santiago Roldós

Actor, escritor, director y profesor, cofundador del grupo Muégano Teatro y de su Laboratorio y Espacio de Teatro Independiente, actualmente ubicado en el corazón de la Zona Rosa de Guayaquil. A los cinco años pensaba que su ciudad era la mejor del mundo, pero entonces también creía en Dios y en Barcelona Sporting Club. 

Actualizada:

20 Dic 2019 - 19:00

Mi pequeña fobia a la navidad (el 24 comeré pavo y sonreiré) no nace en amargura alguna contra el género humano, sino en una profunda solidaridad, una virtud laica expropiada por el patriarcado en una de sus evoluciones Pokémon más arcaicas: la cristiandad.

Sentimiento y estrategia biológica a la vez, la solidaridad existió antes que la culpa, un subterfugio del poder y la sumisión para que te arrepientas por tentar e intentar la diferencia. No es casual que la tentación aluda al más táctil de los sentidos.  

Antes del imperio y la celebración de la culpa (nos emocionamos en estas fechas por el nacimiento de un dios niño, cuyo sacrificio por nuestros pecados celebraremos dentro de tres meses, y vuelta a empezar el ciclo), la solidaridad ya había sido clave en el salto realmente cualitativo de la evolución.

En el relato hegemónico, proto capitalista y cristiano de derecha, la supervivencia siempre será la del ‘individuo’ más fuerte, pero en una lectura pausada de los hechos, la fortaleza sólo fue posible cuando los organismos unicelulares devinieron en multicelulares. Todo lo contrario a cómo organizamos nuestra hermandad y progreso.

Así, la Navidad sólo sería la peor época del año en la medida de exacerbar la mezquindad travestida de generosidad, la violencia disfrazada de urbanismo y la naturalización de la desigualdad que nos vertebran los otros 364 días del año.

Mi padre, católico de izquierda, teólogo de la liberación para más señas, solía celebrar estas fiestas leyendo un libro mientras bebía una copa de coñac, una imagen inquietante y puritana.

En ello, como en tantas otras cosas, me le asemejo y diferencio: mis creencias son menos importantes que mi necesidad de aprovechar cualquier excusa para celebrar u homenajear a quienes amo o aprecio.

En eso creo que soy muy mexicano, que es mi forma vergonzante de no aceptar todo lo guayaquileño y andino que soy. A fin de cuentas, demonios, un personaje de Enchufe TV.

Somos extranjerxs de nosotrxs mismxs. Como el coyote del correcaminos, gastamos nuestra vida y carrera en fraguar trampas marcas ACME que terminan golpeándonos y arrojándonos a diario al acantilado de nuestra impotencia. Entonces abrimos paragüitas desvencijados, y escribimos auxilio, eso sí: en la forma más hierática posible, pobres pero honrados.

En nuestra colonizada idea de plenitud, por lo visto, debe haber nieve, y si no la hay, para sustituirla, invertimos toneladas de plástico y ruido, mucho ruido.

En Mulholland Drive, de David Lynch, una de las mejores películas de la Historia, Naomi Watts se aferra en sus sueños a los clichés de la felicidad hollywoodense, sólo para despertar a la pesadilla de la realidad y volarse la tapa de los sesos, tras sucumbir a la competencia salvaje.

La La Land, toda la saga de Star Wars, nuestros noticieros en prime time, Ricardo Patiño y Jaime Durán, nuestras universidades más y menos prestigiosas, y todos los demás artilugios del marketing político-religioso que nos tritura, son la antítesis de Mulholland Drive.

En estas navidades les regalo la recomendación de verla, ya sea por primera vez o de nuevo. Con sincero afecto y gratitud, Merry Christmas.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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