Columnista Invitado
La Guerra del Cenepa: un paso atrás
Sebastián Hurtado

Sebastián Hurtado

Economista de la Universidad Católica del Ecuador, tiene una maestría en Administración Política de Harvard y un MBA de la Universidad de Texas. Ha publicado análisis en el Washington Post, el Nuevo Herald y El Tiempo de Colombia.

Actualizada:

3 Feb - 10:14

A propósito del 25 aniversario de la Guerra del Cenepa, recordé que el 28 de enero de 1995 conduje a mi padre a una reunión en el palacio de Gobierno, a la que el entonces presidente Sixto Duran-Ballén había convocado a todos los expresidentes ecuatorianos.

En los días previos se habían producido escaramuzas entre fuerzas ecuatorianas y peruanas en la zona de frontera conocida como el Alto Cenepa. La situación amenazaba con desencadenar una guerra abierta entre ambos países, lo que llevó al presidente Durán-Ballén a buscar apoyo político y consejo de los expresidentes.

Camino a la reunión, discutimos la posibilidad de que las fuerzas ecuatorianas hubieran incursionado en territorio peruano y provocado la reacción de ese país.

Algo que, aparentemente, ya había ocurrido en 1981 pues, a pesar de que la frontera geográfica estaba definida en el Protocolo de Río de Janeiro, de mediados del siglo XX, no estaban colocados los correspondientes hitos fronterizos, pues la geografía del Cenepa no coincidía exactamente con lo planteado en el Protocolo.

Establecer desde cuándo las tropas ecuatorianas se encontraban en la zona de enfrentamientos era clave para entender la situación en la frontera y sería la primera inquietud que mi padre le plantearía al Presidente.

Una vez en el palacio de Gobierno, los invitados se reunieron en el despacho presidencial mientras que los acompañantes esperamos en la antesala. No pasaron más de 30 minutos cuando el Presidente salió del despacho para tomar una llamada que había pedido a su secretaria. Al teléfono, Durán-Ballén preguntó a la persona al otro lado de la línea: “¿General. Desde cuándo están nuestras fuerzas militares en esa zona?

No escuché la respuesta, pero la sóla pregunta me produjo muchas inquietudes. ¿Estábamos a punto de ir a una guerra con Perú sin que el Presidente de la República tuviera claridad sobre la ubicación de los destacamentos militares en la zona del conflicto? ¿La fuerzas militares ecuatorianas habían incursionado -nuevamente- en territorio peruano? ¿Accidentalmente? ¿Intencionalmente? ¿La posición ecuatoriana empezaba a lucir endeble a mi juicio.

Hoy, al revisar un mapa, es fácil darse cuenta de que los lugares en donde se dieron los principales enfrentamientos del año 1995 se encuentran del lado peruano de la frontera.

Una frontera establecida en el Protocolo de Río, ratificada por ambos países cuando firmaron la paz definitiva en 1998, y sobre la que se colocaron los hitos fronterizos a partir de entonces.

Es más, en una reciente entrevista el excomandante del ejército Luis Aguas revela que “el 14 de diciembre de 1994 me llegó la disposición de ingresar al Cóndor Mirador, en el Valle del Cenepa. Por una orden del comandante Luis Hernández entré con mi unidad militar a ese territorio 30 días antes de que se inicie el conflicto bélico”. Una disposición que, sin duda, refleja mucha capacidad de clarividencia.

Pero a finales de enero de 1995 era demasiado tarde para aceptar un “error” y retirarse de la zona
de conflicto. Los líderes políticos y militares ecuatorianos ya se habían comprometido a defender las
posiciones en que se encontraban, bajo la airada proclama de “Ni un paso atrás”.

Lo inaccesible del terreno favoreció a las fuerzas ecuatorianas, que lograron repeler los ataques y causar significativas pérdidas a las fuerzas peruanas.

Pero el costo para Ecuador fue finalmente mucho mayor. La aparentemente innecesaria Guerra
del Cenepa se saldó con decenas de muertes y un costo directo de casi USD 300 millones, a lo que hay que sumar otros indirectos, como el desplazamiento de miles de familias en la zona de frontera, la pérdida de producción, el incremento del riesgo país, la devaluación de la moneda y otros tantos etcéteras.

Como ha ocurrido tantas veces, en 1995 Ecuador se embarcó en una arriesgada aventura política sobre la base de información y criterios inadecuados. Aventura que benefició a unos pocos que, a ambos lados de la frontera, apalancaron el fervor nacionalista para impulsar intereses políticos y militares personales, en perjuicio del resto de ciudadanos que, ese año, dimos un paso atrás.

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