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Un huevo frito roto
Rafael Lugo

Rafael Lugo

Abogado y escritor. Ha publicado varios libros, entre ellos Abraza la Oscuridad, la novela corta Veinte (Alfaguara), AL DENTE, una selección de artículos. La novela 7, además de la selección de artículos Las 50 sombras del Buey y la novela 207.

Actualizada:

21 Mar - 19:00

Lo primero es asegurarte de tener huevos en la canasta. Compruebas el contenido, y mientras vas pensando en el refrán de no tener todos los huevos en una canasta, vas en pos de la sartén.

Abres la puerta del armario de utensillos de cocina. Te agachas desocupando de aire los pulmones, -eres un muñeco desinflable a fin de cuentas-, lo encuentras, te incorporas sosteniendo la sartén por el mango. Sabes que será la única vez que en un largo tiempo tendrás la sartén por el mango, pero te consuelas cuando te das cuenta de que la espalda no te dolió en el peligroso retorno de estar en cuclillas a estar de pie.  

¿Usas el aceite de oliva, o el normalito nomás? El comensal será uno de tus hijos. Que sea el de oliva. De lo bueno, lo mejor, para mi Chavita, recuerdas a Cantinflas comprando una pelota para su ahijado. Lo buscas en el anaquel. No está. Seguramente se lo llevó alguno de ellos, para comer en su dormitorio. Yo no comía en mi habitación cuando era el hijo en la casa de mis padres, hoy lo hago siempre. Se han perdido los valores. 

El aceite no se distribuye como quisiera en la superficie de la sartén. Se acumula en los filos de la circunferencia. Hay un error de diseño me parece. Encender la cocina de inducción es, a veces, un drama, no se prende, no se calientan las hornillas, suena raro, como un golpeteo de válvulas descalibradas. Es todo un ejercicio de paciencia dejarle en 6 de potencia. En 3 es muy frío, en 9 se calcina todo. Tu huella digital se queda en los botones.      

¿Había que esperar que esté caliente el aceite o había que lanzar el huevo en el líquido todavía frío? ¿Había que lanzar el huevo o deslizarlo con amor? Piensas en deslizar con amor el huevo. Mueves la sartén para distribuir el aceite. La cocina empieza a apagarse. Ya no piensas en deslizar con amor nada. 

Serán dos. Golpeas el primer huevo contra el filo de la sartén. Metes los pulgares en la falla de San Andrés que le has ocasionado al cascarón. Metes los dedos en la llaga. Te acuerdas del amigo que botaba la bola del futbolín como si fuera un huevo en la sartén. Reíamos. Creo que fue en Atacames. Por 1996.

Separas los hemisferios del huevo. Ni Moisés se atrevió a tanto. Caen la yema envuelta en la clara. Un círculo amarillo perfecto, como un sol rodeado en una nube que se va haciendo cada vez más blanca. Un huevo que está más lindo que el niño Gerber.

La yema sin explotar, sin abrirse por un costado como una represa en terremoto es el sueño de todo artista. Es la novela total. Es el Decreto sin falla. Es la Cadena Nacional que no necesita a Champollion para descifrarla.

En la sartén hay espacio para otro. Repites la operación con el otro cascarón. Se te va la mano, rompes la yema con la punta del pulgar. Qué pendejo, qué motricidad fina de mierda. Qué yema tan delicada. Qué pulgar tan recio. Piensas en tu abuelo llamándole “mata piojito” a tu dedo pulgar. La mancha es un derrame de petróleo amarillo que empieza a burbujear.  

Debí hacer los huevos de forma individual. El espacio para las maniobras con la paleta es reducido, es como el parqueadero subterráneo del centro comercial El Caracol. Una pesadilla. Para acercarte a la sartén y actuar con gesto de cirujano separas las piernas y así separas los huevos. Con los huevos independientes la cosa es más fácil. Divide y vencerás.

El huevo que se reventó es más fácil de maniobrar. No se ve lindo, no tiene un sol en la mitad, pero es más como uno, que ya está roto, todo mezclado. Manualito para un montón de cosas. Hermoso en su sencillez de huevo frito roto. Darle vuelta para que termine de cocinarse no es una gestión que resulte estresante.

Es un huevo que importa un huevo.

Con el huevo que no está roto es diferente. Hay que darle la vuelta sin romperlo por debajo. Dan ganas de no hacerlo, de dejarlo así, pero está crudo arriba. Es necesario conseguir la joya, aunque no seas un orfebre. Te agitas, sostienes la paleta con la izquierda y el mango de la sartén con la derecha y te atreves y te arriesgas a que te salpique una mínima gota de aceite hirviendo en la cara. 

Es un huevo que te rompe los huevos.  

De pronto ves por debajo de la clara, blanca y tostada, un pequeño río amarillo, y luego dos más tocar el fondo de teflón y burbujear como las entrañas del Monte del Destino. La última esperanza de ese huevo frito perfecto se convierte en una especie de tortilla, una bandera hecha de plastilina. Tu amor se vuelve despecho, te invade la desidia, los filos se tuestan demasiado, y te pones a cantar ‘Todo se derrumbó’ de Emmanuel.

“Todo se derrumbó dentro de mí, dentro de mí.
De humo fue tu amor y de papel, y de papel.
Mira mis sueños cómo se queman.
Mira mis lágrimas como no cesan por ti.”

Y una voz por ahí te dice entre risas:

Ya se te rompieron los huevos fritos otra vez, ¿no?

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