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Ideas para rescatar al mundo
Rafael Lugo Naranjo

Rafael Lugo Naranjo

Abogado y escritor. Ha publicado varios libros, entre ellos Abraza la Oscuridad, la novela corta Veinte (Alfaguara), AL DENTE, una selección de artículos. La novela 7, además de la selección de artículos Las 50 sombras del Buey y la novela 207.

Actualizada:

18 Abr 2020 - 19:00

En la novela SEDA de Baricco, obra espléndida que me acompaña desde hace casi dos décadas, el personaje principal, junto a su jefe traen riqueza a un pueblo llamado Lavilledieu.

Para tal propósito usan gusanos de seda que Hervé Joncourt trae desde Japón en varias peripecias que son la carne de esta historia. 

Luego de un largo tiempo de alegría y trabajo, una peste arrasa con los gusanos de seda y el pueblo cae en desesperación.

“En las granjas, en Lavilledieu, la gente miraba las moreras, cargadas de flores, y veía su propia ruina. Baldabiou había encontrado algunas partidas de huevos, pero las larvas morían apenas salían a la luz. La tosca seda que se consiguió extraer de las pocas supervivientes apenas llegaba para dar trabajo a dos de las siete hilanderías del pueblo. 

—¿Tienes alguna idea? —preguntó Baldabiou. 

—Una —respondió Hervé Joncour. 

Al día siguiente comunicó que haría construir, durante aquellos meses de verano, el parque de su villa. Contrató a hombres y mujeres del pueblo a decenas. Desboscaron la colina y redondearon su perfil, haciendo más suave la pendiente que conducía al valle.

Con árboles y setos diseñaron en la tierra laberintos leves y transparentes. Con flores de todas clases construyeron jardines que se abrían como claros, por sorpresa, en el corazón de pequeños bosques de abedules. (…) Trabajaron durante cuatro meses. A finales de septiembre el parque estaba listo. Nadie en Lavilledieu había visto nunca nada semejante.

Se decía que Hervé Joncour se había gastado todo su capital. Se decía también que había vuelto distinto, enfermo quizá, del Japón. Se decía que había vendido los huevos a los italianos y ahora poseía un patrimonio en oro que le estaba aguardando en los bancos de París. Se decía que si no hubiera sido por el parque habrían muerto de hambre aquel año. Se decía que era un estafador. Se decía que era un santo…” 

Esto es poesía, pero también es una buena idea.

Incluso es posible. 

El mundo, en la ficción y en la realidad está dirigido –para bien o para mal- por pocos. Es destruido por unos, y reconstruido por otros. 

La mayoría solo esta dispuesta a acatar, seguir, reclamar, y aplaudir. Los que esperan ser salvados, los que nunca estarán conformes con lo que otros les dan. 

El mundo tiene a los que entienden las situaciones, las emergencias, los sacrificios y los que abren el hocico para tragar como pájaros recién salidos del huevo o para hablar desde el pedestal construido sobre la base de no hacer nada. 

Pero en definitiva, hoy escribo para esos pocos que quieren ser como Jervé Honcourt, para esos que quieren hacer y volver a hacer.  

Para unos pocos. Muy pocos, pero siempre suficientes para llevar a la manada de ñus que es la humanidad al otro lado del río. 

Aquí una idea. 

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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