Una Habitación Propia

La imposible silueta de Marilyn

Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

5 May 2022 - 19:03

No hay semana en la que no haya alguna polémica. 

La mayor parte de las veces me parecen ridículas y las dejo pasar: opinar sobre ellas sería dignificarlas. Además, muchas son ‘clickbaits’, esos contenidos que lo único que buscan es confundir a los cibernautas con titulares atractivos para llevarlos a un vertedero informativo o directamente a publicidad.  

He dudado sobre escribir acerca de la de esta semana: en la Gala Met, un evento benéfico para el Instituto de la Moda del Museo Metropolitano de Nueva York, la influencer Kim Kardashian usó el híper famoso vestido con el que Marilyn Monroe cantó el ‘Happy Birthday’ al presidente Kennedy.

Por la mítica alfombra roja de la Gala se pasearon famosos músicos, actores y actrices vestidos con imposible extravagancia, pero de lo que más se ha hablado ha sido del vestido de Marilyn en el cuerpo de Kim. 

Se ha debatido todo: que si Kardashian debió usar su influencia para usar un vestido que es una pieza de museo y que tiene un precio histórico incalculable, que si le quedaba bien o no, que por qué no se peinó y maquilló como Marilyn, que si esto, que si lo otro. 

Me quedo con un tema de peso: Kardashian, famosísima por sus curvas, aseguró a la prensa que perdió dieciséis libras en tres semanas para poder entrar en el traje, que no solamente fue hecho a medida para Monroe, sino que fue cosido directamente en su cuerpo. 

Obviamente, una mujer puede hacer lo que quiera con su figura. Tú puedes engordar, adelgazar, tonificarte, aflojarte, en fin, lo que te dé la gana, pero lo que sí creo es que gente como Kim Kardashian, seguida por millones de adolescentes, debería tener un poco de cuidado con promover una dieta insana para entrar en un vestido que no es de su talla, que no fue pensado para la forma de su cuerpo. 

El capricho de una ‘influencer’ puede, nunca mejor dicho, influenciar negativamente a quienes toman su vida como modelo a seguir. 

Llevo tiempo pensando en la suerte que tuve al crecer sin Instagram (había famosas de figuras imposibles, claro, pero no estaban en mi teléfono, frente a mi cara, las veinticuatro horas al día). 

Imagino la presión que debe ejercer en las mujeres jóvenes ver todo el tiempo cuerpos de ensueño que, photoshop o no, son muy difíciles de conseguir.  

Y en este momento estamos hablando del peso, pero no puedo dejar de pensar, por ejemplo, en el increíble racismo que esconden los filtros: casi todos te aterciopelan la piel, te blanquean y te ponen ojos claros. 

Las niñas se ven así, pasadas por filtros, y se convencen de que sin ellos son horribles. 

Pero hablábamos del emperramiento de Kardashian: se necesitó una dieta salvaje, horas malsanas de ejercicio, tres personas y una faja de tortura medieval para lograr meterla con las justas en el vestido. 

Esa cantidad de esfuerzo se podía usar, qué se yo, para promover la autoestima de las seguidoras de la ‘influencer’ o para enseñar a todas a amar su cuerpo. 

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, digo alguien con gran sabiduría, y el de estas mujeres cuyas vidas transcurren frente a millones de espectadoras, es inmenso. 

Me caía bien Kim. Irrumpió en un mundo de figuras andróginas y delgadísimas con unas caderas y unas nalgas vertiginosas: era la mujer griega y la mujer latina, la Venus hollywoodiense emergiendo de la piscina de la mansión Kardashian. 

Me parece que empeñarse en entrar en el vestido de Marilyn nos hizo retroceder varios años de poder curvilíneo. Ojalá lo recuperemos muy pronto.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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