Al aire libre
José ‘Pepino’ Espinosa: los caballos y los milagros en pandemia
Lourdes Hernández Vásconez

Lourdes Hernández Vásconez

Comunicadora, escritora y periodista. Corredora de maratón y ultramaratón. Autora del libro La Cinta Invisible, 5 Hábitos para Romperla.

Actualizada:

14 May 2021 - 19:00

Nunca te encerraste en la pandemia, le pregunto a José ‘Pepino’ Espinosa, la persona más relacionada con caballos que conozco.

“Nos encerraron el 16 de marzo y yo venía tres veces por semana porque alguien tenía que dar de comer a los caballos” –cuenta.

“Un helicóptero pasaba con un altavoz que decía: métase a la casa, el virus está afuera, se va a morir. Querían meternos miedo”, añade.

Bueno, -digo yo- muchos aún no entienden.

“Si estás cachete con cachete, estás fregado”, responde ‘Pepino’.

Y señala: “aquí en el aire libre, donde sopla el viento, no hay contagios”.

Estamos sentados bajo unos árboles, mirando a una chica montando a caballo.

“Primero preparas físicamente al caballo. Si está listo, empiezas a saltar. Es como el humano, que puedes hacerlo más alto, o más largo” -me va explicando José.

Oigo unos relinchos. Es Melaza, una yegua que se salió de su corral. Se oyen los bufidos de otros caballos, el olor, todo me hace sentir en una hacienda. Pero estamos a dos cuadras de la Avenida Interocéanica.

La chica que vemos es Ana Cris, hija de José, una jinete que dirige al caballo para saltar una valla.

-La única vez que salté fue porque el caballo se fue solito –digo entre dientes.

-Mi hija trabaja aquí conmigo y me ayuda en todo lo que yo no funciono, que es… en todo –dice José con su gran sonrisa. Lleva las redes sociales, la página web.

Reviso en Facebook El Establo Club Ecuestre, la página está llena de fotos de torneos, de niños cabalgando, acariciando a su caballo, y leo los beneficios de practicar equitación: sube la autoestima, da seguridad, te conecta con otro ser vivo, te relaja, te vuelve decidido, da concentración, liderazgo, trabajo en equipo.  

-¿Qué necesita un caballo?

-Comida. Comen 365 días al año, dos veces al día.

Vivo entre caballos desde que tengo uso de razón. Iba con mi papá los sábados y domingos al Garrochal, la hacienda de mi tío. Yo montaba un poni y mi viejo iba a caballo. Luego llevábamos los caballos para montar en el Quito Tenis antiguo. Empezaron los concursos, las clases.

José alternaba –y aún lo hace- entre los caballos y la bicicleta. Se graduó del colegio y fue a Washington D.C. a aprender inglés y luego a estudiar administración, pero en el estado de Washington.

-¿Por qué andabas de un extremo a otro del país?

-Porque estaba con amigos ecuatorianos y no aprendía inglés. Un amigo salvadoreño me mandó a Seattle, al oeste de Estados Unidos.

Se interrumpe porque hay un caballo nuevo en la manada. Le caen a mordiscos y a patadas, me cuenta. “Ahí está, los ponis ya lo acorralaron”.

Fuimos a solucionar el problema. Yo iba atrás de él un poco asustada.

Continúa su relato:

“En Seattle aprendí inglés. Luego fui a la universidad en Cheney, un pueblo pequeño. Al rato ya estaba involucrado con caballos, con los Bass, una familia de cowboys. Me quedé nueve años”.

Y detala “mi papá me había dicho: no puedes regresar sin un título. Saqué mi diploma y se lo mandé. Desde entonces lo tenía colgado en su oficina”.

Mientras daba clases de equitación en la universidad, cuenta, estudió dos maestrías y sacó un título de profesor de aerobic dancing, para estar rodeado de mujeres y, diciendo esto, pega una carcajada.

“En invierno les enseñaba a montar a mis alumnos gringos. Se caían en la nieve, se morían de la risa y volvían por más. A la gente le gusta el caballo, la naturaleza, tener ese contacto. Los que nunca tuvieron un caballo vienen con miedo y cuando pueden montar, se quedan enganchados”.

En 40 años de dar clases ha visto alumnos con problemas emocionales que encuentran una forma de escapar de lo que viven. “Guaguas, viejos. Como es una disciplina, les enseñas a creer en ellos, a vencer temores”.

-¿Qué te transmiten los caballos?

-Paz, confianza.

Mi vida es con Dios. Aquí la presencia del Señor se ha manifestado montones.

“Por ejemplo, tuvimos un invierno bien difícil y no había pacas por la lluvia. Un martes de diciembre no había comida para el día siguiente. Dije: Señor tú eres el jefe en este lugar, tú eres el que traerá la provisión. Trajeron una encomienda para un alumno. Viene a retirarla y el rato de irse pregunta: ¿por si acaso no quiere pacas? Me vendió como 400 a un precio espectacular”.

Y agrega “llega un momento en que la muerte ya no te da temor. Sé que voy a ir a la presencia de Dios. Va a ser maravilloso”.

Vamos terminando.

-Qué te dicen los caballos.

-No me dicen nada. Relinchan.

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