Comunidad Artística
La administración cultural anacrónica de Guayaquil
Anamaría Garzón Mantilla

Anamaría Garzón Mantilla

Profesora de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ). Estudió Periodismo e Historia del Arte en la USFQ y en la Universidad Autónoma de Barcelona. Tiene un máster en Arte Contemporáneo, de Sotheby’s Institute of Art, Nueva York. Es editora general de post(s), serie monográfica del Colegio de Comunicación y Artes Contemporáneas de la USFQ. Es también curadora de la galería Khôra.

Actualizada:

31 May - 19:17

El tiempo del trabajo cultural y los tiempos de la burocracia cultural no son los mismos. Los actores culturales van a la velocidad de la luz, conversando con la contemporaneidad y lidiando con las preocupaciones de esta época. Las autoridades –todas ellas, nunca importa el periodo– están atoradas en una prehistoria recurrente y desconcertante.

Guayaquil cambió de alcalde luego de 18 años y la decisión de Cynthia Viteri fue ratificar a Melvin Hoyos. Hoyos no está a la altura del trabajo cultural que se realiza en Guayaquil. Nunca lo ha estado y nunca se ha dejado de decirlo.

Si Guayaquil es una potencia en el trabajo artístico no es gracias al respaldo de las instituciones municipales llamadas a crear políticas y soportes para el desarrollo profesional del campo cultural. Es gracias a los propios artistas y gestores, que desde los espacios independientes y la academia construyen otros escenarios posibles.

El impulso del ITAE fue vital para generar un movimiento de artistas y discursos atados a la contemporaneidad. La galería DPM, que este año cumple 30 años de operaciones, también merece un reconocimiento inmenso, pues el empeño de David Pérez, no ha servido solo para la internacionalización de varios artistas, sino para apostar por artistas emergentes.     

Ahora, el crecimiento de la UArtes y la inauguración de la fabulosa biblioteca, dan cuenta de un sector que trabaja de forma consistente en la educación de artistas y logra crear un entorno saludable y rico para el crecimiento de iniciativas como Violenta, galería administrada por cuatro artistas que cumple dos años en julio y este año empezó a participar en ferias internacionales.

Como el colectivo feminista La Gallina Malcriada, que visibiliza la labor de artistas mujeres de la escena local; el trabajo interdisciplinar de Maricas Unidas, una colectiva de acción transfeminista, que ocupa las calles y los espacios de escritura para reclamar igualdad para los cuerpos diversos; la residencia artística TrueQué, gestionada por Stephano Espinoza.

Mientras las autoridades de Guayaquil están estancadas en el tiempo, a años luz de distancia, hay una generación que forma una escena potente y contemporánea.  

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