Tragaluz
La guerra en Quito despierta el bicho federalista en Guayaquil
Felipe Burbano de Lara

Felipe Burbano de Lara

Sociólogo, doctor en Ciencia Política de la Universidad de Salamanca. Durante 12 años adquirió destrezas en el periodismo. Empezó como redactor económico en el Diario Hoy, donde llegó a ocupar el cargo de Director General. Tras cursar estudios de postgrado en la Universidad de Ohio, se desempeña como profesor investigador de Flacso (Ecuador).

Actualizada:

21 Oct 2019 - 10:06

Algunos sectores guayaquileños han levantado el bicho del federalismo como reacción a las violentas protestas de los últimos días en Quito y en la Sierra.

El “otro país’, ese desconocido, enclavado en las alturas, andino, de viejos rezagos coloniales, vuelve a levantar las fracturas territoriales para plantear el sueño de una Confederación Suiza, literal. 

En ese horizonte, en ese imaginario federalista, cada cantón podrá definir su proyecto. Cantones mercantilistas unos, socialistas del siglo XXI otros, donde los ciudadanos, en libertad, podrán escoger el modelo donde quieran radicarse. 

El federalismo propone mayores competencias para las unidades territoriales que configurarían el nuevo Estado: educación, salud, régimen laboral, seguridad social, puertos, aeropuertos, en fin… Y mayor autonomía política.

Para ciertos grupos guayaquileños, Quito y la Sierra aparecen como “el otro indescifrable”. No logran entender la guerra -también literal- vivida en los últimos días.

Distancias simbólicas y culturales, políticas e ideológicas, sociales, clasistas, todas ellas ancladas territorialmente, llevan hoy a la consigna federalista.

Aunque en Guayaquil no ha existido una tradición federalista fuerte, el planteamiento se ancla en las tesis autonomistas que florecieron en la transición al siglo XXI. Ahora el salto va hacia el federalismo.

Las reivindicaciones autonomistas y federalistas muestran una crispación de ciertos sectores guayaquileños frente a las dinámicas de conflicto social y político en la Sierra. No las entienden bien, las interpretan como una ausencia de autoridad y orden, que frena los ideales de una sociedad liberal y emprendedora. 

A Guayaquil le toca sufrir, desde esa óptica, la pesada carga de una región que sacude el país de tiempo en tiempo con sus conflictos, y lo lanza a escenarios de anarquía e incertidumbre.

Lo ocurrido en los primeros días de la última protesta se pone como ejemplo: una poderosa movilización convocada por la elite política local paró las manifestaciones y puso orden en la ciudad, mientras en Quito y en la Sierra se vivían conmociones sociales y étnicas crecientes.

El gobierno trasladó a Guayaquil la sede porque la ciudad ofrecía un espacio político desde donde operar. Guayaquil actuó como el centro del Estado cuando el centro se encontraba sitiado, en desobediencia popular. El gobierno se sostuvo porque Guayaquil le dio un sustento político.

Mientras en Guayaquil hay un proyecto hegemónico claro desde hace 30 años, sostenido en un pacto de las élites, las clases medias y organizaciones populares con cierto liderazgo político, Quito ha caído en un vacío profundo. Ese vacío explica la enorme revuelta popular que se produjo en la ciudad con brotes de insurgencia y rebelión, vandalismo y violencia, toques de queda inéditos. 

El federalismo vuelve a poner sobre el debate la distancia histórica de los grupos guayaquileños frente al centro, las dinámicas centralizadoras, los estatismos, la burocratización del poder político que acompaña la formación del Estado. Ven al Estado como un ogro filantrópico, en la conocida expresión de Octavio Paz, ajeno y distante. 

Hay cierta miopía en esa lectura histórica del Estado desde el autonomismo y/o el federalismo, sin duda. Pero las diferencias enormes entre Quito y Guayaquil, que vienen de tiempo atrás, mostraron en esta crisis nuevas dimensiones territoriales.

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