Una Habitación Propia
La languidez, el hijo ignorado de la salud mental
Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

10 Jun 2021 - 19:00

No tengo que decírselos, en los últimos meses me he estado sintiendo mal, ajena a mí misma, sin fuerzas.

Me he pasado semanas comiendo cosas que sé que me dañan, puro sodio y colorantes, harinas, azúcares a toneladas, saltándome comidas y a media tarde un trozo de torta de chocolate.

Es decir, una alimentación de niña malcriada y no de una mujer de cuarenta y cinco años.

He vuelto a ver ‘Breaking Bad’ con desesperada entrega nada más porque conozco perfectamente la trama y lo único importante era volver a ver a Walter, Jesse, Hank, Skyler, Marie y a Saul, que mereció serie aparte, hacer lo que ya sabía que iban a hacer.

He releído cosas porque no puedo leer nada nuevo, no entiendo los flashbacks, me confundo como un niño de tres años. Una amiga dice que tendrían que poner la pantalla en blanco y negro para que yo no me pierda cuando cuentan algo del pasado.

Yo, entiéndanme, que he sido lectora desde los seis años, no puedo leer.

He escrito, sí, las cosas que ustedes han leído aquí porque es mi trabajo, mi asidero con el mundo, mi única certeza dentro de tanta duda.

He escrito para salvarme y para ganar dinero, no nos engañemos.

No he dormido bien en meses, me quedo hasta las mil viendo -otra vez- ‘Walking Dead’ o cosas sencillitas de entender, de prescolar, como ‘Máster Chef España’.

Cuando logro dormir tengo unas pesadillas espantosas que me obligan a prender la luz, tomar un vaso de agua, respirar y mirar el techo hasta tener la certeza de que los monstruos ya no me seguirán si me vuelvo a dormir.

Seguro sintonizan conmigo en varias de estas cosas: el insomnio, la alimentación basura, la concentración de un pez, la sensación de vacío y falta de horizontes que están estudiando hace meses los sociólogos y psicólogos.

Lo han llamado languishing, languidecer, y es la emoción predominante en toda la humanidad en este año.

“Al principio no reconocí los síntomas que todos estábamos experimentando. Mis amigos mencionaban que tenían problemas de concentración. Los colegas informaron que, incluso con las vacunas en el horizonte, no estaban entusiasmados con el año 2021 (…). No era agotamiento: aún teníamos energía. No era depresión: no nos sentíamos desesperados. Solo nos sentíamos sin alegría sin rumbo. Resulta que hay un nombre para eso: languidecer”, escribió el psicólogo Adam Grant en el New York Times e incluyó la frase que da título a esta columna: “la languidez es el hijo ignorado de la salud mental”.

Dice Grant que esto, la ‘longevidad emocional’ de la pandemia, ha hecho que esa alerta, esa angustia, esa lucha y huida al virus, por su prolongación, se ha convertido en otra cosa, una cosa muy triste y muy difícil de reconocer: la languidez.

No es extraño que mucha gente se quede tirada en la cama en pijama viendo series, que estén hartos de su familia o amigos, de las reuniones por Zoom y de las malas noticias. No es raro, digo, que no reconozcan emociones que antes no tenían: ira, autoconmiseración, tristeza, sedentarismo, agorafobia, apatía, desasosiego.

Yo, que durante una época oscurísima de mi vida recurrí a la psiquiatría, sé perfectamente identificar cuando algo anda muy muy mal en mi cabeza incluso cuando eso, precisamente eso, no me ha pasado nunca.

La falta de concentración, por ejemplo, es nueva. También la agorafobia leve. Es decir, no tengo terror de la calle, pero prefiero no salir a dar un paseo, al supermercado o -a pesar del privilegio inmenso de vivir frente al mar- a la playa.

Cuando tengo que salir a la fuerza lo hago como un animal perseguido: rápido y mirando para todos lados. Me echo alcohol hasta en los ojos y después de la ducha al llegar a casa, agradezco a las diosas la cama, el Netflix, a los zombies de ‘The Walking Dead’, que me acompañan, ellos y nadie más me acompañan porque yo no dejo que nadie más me acompañe.

La única gran ilusión de los últimos tiempos fue el estreno de ‘El Conjuro 3’ y cuando se acabó volví a eso, a languidecer.

Fui a un psiquiatra, claro. No es normal que la vida sea esta porquería de inercia obnubilada (he batallado con esta palabra porque no recordaba cómo se escribía como a veces no recuerdo palabras tan básicas como dormitar como, justamente, batallar).

Fui al psiquiatra porque, como cantó Gloria Trevi, “no estoy loca solo estoy desesperada”. Él comprendió, lo comprendió enseguida. Supo que todo lo que le describía era eso que escribió el psicólogo Grant: estoy languideciendo.

Con terapia y algo de medicación me siento más yo cada día. Anoche, justamente, en lugar de repetir los capítulos de la serie que ya he visto dos veces, empecé a leer un libro.

¡Empecé a leer un libro!

María Fernanda 1, languidez 0.

Saldremos de esta, ni mejores ni peores, pero con ganas de volver a vivir, con la ilusión de un libro o una serie nueva, con las palabras nuevamente en la memoria, con la capacidad de decir y de hacer y de ver eso que ahora resulta tan imposible.

He escrito este auto de fe y mientras lo hacía he repetido: así será, así será, así será.

Ya basta de languidecer que hay que recuperar el mundo.

Hay que decirle al virus: ya mataste a demasiados y demasiado. Ya basta.

Hay que decirle al virus, parafraseando, lo que decía Arya Stark (también me vi Juego de Tronos de nuevo):

¿Qué le decimos al dios de la languidez?

Hoy no. Not today.

Comentarios
Noticias relacionadas

      REGLAS para comentar 
      0 Comentarios
      Comentarios en línea
      Ver todos