Firmas
“Las leyes del hombre”
Rafael Lugo

Rafael Lugo

Abogado y escritor. Ha publicado varios libros, entre ellos Abraza la Oscuridad, la novela corta Veinte (Alfaguara), AL DENTE, una selección de artículos bajo el sello Dinediciones. La novela 7, bajo el sello El Broli; además de la selección de artículos Las 50 sombras del Buey y la novela 207, bajo el sello de la Universidad San Francisco de Quito, obra que obtuvo la mención de honor del premio Joaquín Gallegos Lara a la mejor novela.

Actualizada:

8 Ago - 19:57

Hace unos días recordé esta frase “las leyes del hombre” que me la dijo un devoto ciudadano a quien yo requería el pago de pensiones alimenticias atrasadas. La oración completa fue: “no me importan las leyes del hombre, sino las leyes de Dios”. Entonces le respondí que, si cae preso, ojalá Diosito le saque de la cárcel. 

Es una lucha que parece el castigo de Sísifo esto de dividir el Estado de la Iglesia. Una lucha de siglos, no de ahora, obviamente. Y si hay un tic horroroso que tienen demasiados religiosos es eso de querer convertir sus dogmas en leyes civiles de aplicación obligatoria para todos. 

Y sobre esto me puse a meditar a raíz de la noticia de refugiados colombianos expulsados de una iglesia quiteña que se volvió viral. En un video se pudo ver a un representante de dicho edificio enarbolando la laica norma de la propiedad privada como razón para sacar a la gente. Esto causó una comprensible reacción de repudio, pero esta reacción creo que necesita ir un poco más al fondo.

Primero, habría que reconocer que estas personas fueron trasladadas a un refugio de Fe y Alegría, auspiciado por un grupo católico, entonces es injusto acusar de falta de caridad cristiana a ese gremio de forma general.

Sin embargo, el enojo tiene una raíz que sale de la tierra gritando como la mandrágora. Se supone que un templo es la casa de taita Dios, y también se supone que los pobres son bienaventurados, y se supone que hay que ser buenos samaritanos, y una larga lista de frases que componen el discurso de la mentada religión.

Entonces parece incoherente y acaso hipócrita que los representantes del edificio Santa Teresita no actuaran como imaginamos que actuaría Jesús, que hasta vino y pescado les brindaría copiosamente. 

Y sí, es incoherente, pues eso de ser “buenos para irse al cielo” es lo que nos enseñaron.  Y nos lo enseñaron con tanto fervor, que hoy en día pocos son los que logran separar la moral de la religión, pocos se escapan de pensar automáticamente “este hombre salió en una foto rezando, seguro es buena gente”,  o “esta mujer seguramente es asesina de ancianos porque dice que no cree en la Virgencita”. 

Los hechos demuestran (y las evidencias que asoman a diario en todo el mundo) que la Iglesia Católica es una institución que consigue ser horrorosa cuando se dedica institucionalmente a proteger pedófilos, y que hay sectas evangélicas dispuestas a todo con tal de encubrir a un pastor asesino.

Y ya sabemos de memoria que en frases tan bonitas como “Dios ama a todos por igual”, el “todos” depende del creyente que la enuncie. 

Pero así como los religiosos, por lo general, creen que la falta de virtud está del lado laico o del lado ateo, o del lado agnóstico; del lado nuestro también caemos en el error de creer que la hipocresía es patrimonio exclusivo del Curuchupantismo. 

No vi grupos ‘progres’ como suelen simplificar los simples de cerebro, ni asociaciones laicas haciendo aquello que reclamamos a los ‘curas’ de Santa Teresita. (No he dicho que no hubo, he dicho que no vi). Ni es correcto meternos los laicos a decirles a los católicos qué hacer. Siendo nosotros tan vehementes (algunos) al decirles que no sean tan fanáticos de querer convertir sus credos en artículos del Código Civil o la Constitución, o de meterse en las cobijas de adultos responsables. 

En nuestra lucha por el laicismo, hemos cometido un error de principiantes.  Precisamente, cuando un representante católico se escuda en una ley laica y civil como la de la propiedad privada, en lugar de acogerlo en nuestro laico seno, casi le apedreamos como manda el Levítico. ¿No era lo coherente aceptar esa acción toda vez que es lo que los sectores laicos quieren conseguir finalmente? 

Perdimos una oportunidad de oro, porque fue el momento ideal para apoyar a aquel representante que, parado a pocos metros del altar mayor de Santa Teresita, reconocía cómo una ley civil está por encima del catecismo, pues resultó para ellos mismos que aunque “Dios es amor”, el Código Civil es real y nos protege a todos por igual, así seas laico, hipócrita, pecador, célibe o cura.   

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