Columnista Invitado
Lo que podemos aprender del apagón energético de Texas
Homero Paltán

Homero Paltán

Doctor en riesgos de clima y agua por la Universidad de Oxford. Consultor del Banco Mundial en sistemas hídricos y energéticos. Investigador y Lecturer Asociado para Hidrología y Manejo de Riesgos, Universidad de Oxford. Investigador del Instituto de Geografía de la Universidad San Francisco de Quito.

Actualizada:

24 Feb 2021 - 19:02

Millones de habitantes en Texas se encontraron en estos días sin electricidad, lo que paralizó sus vidas y sus actividades productivas. Un aumento repentino de la demanda de energía para calefacción, causado por una devastadora ola de frío, combinado con problemas estructurales en el sector energético, originaron el colapso.

Casi la mitad de la capacidad energética del estado estuvo inutilizable. Al principio, parecía que el congelamiento de paneles solares y turbinas eólicas estaba en la base del problema; pero el 75% de las fallas de generación ocurrió por el enfriamiento y la inoperatividad de pozos petroleros y de gas licuado (y tuberías de conducción).

Además de problemas en las plantas de carbón y nucleares, y por la falta de combustible para operar las centrales de generación térmica.

Como si fuera poco, el congelamiento de los caminos dificultó el acceso para el mantenimiento de la infraestructura.

El estado de Texas, para evitar regulaciones federales no está interconectado a la red nacional energética (algo así como el Sistema Nacional Interconectado (SNI) de Ecuador) y, por lo tanto, no pudo ser auxiliado por el resto del país.

Igualmente, fallas de un mercado que desincentiva a las empresas distribuidoras de energía hicieron que escalaran los precios de la electricidad en más del 30.000%, agudizando el colapso. Esta crisis también causó un desabastecimiento de agua por fallas en bombas y daños en infraestructura.

¿Qué lecciones podemos aprender? Primero, que las fallas en sectores clave pueden causar efectos dominó y afectar a otras actividades.

Además, que la compleja aunque rápida interconectividad del mundo actual, en conjunto con amenazas globales como pandemias o el cambio climático, hace que eventos distantes causen inesperados impactos locales. 

De hecho, se cree que el calentamiento del planeta, y del Ártico en particular, expande ocasionalmente el cinturón que mantiene a los vientos fríos dentro de esta región y causa que estas heladas puedan ‘escapar’ inesperadamente hacia Texas.

En Ecuador, sequías o inundaciones no pronosticadas pueden, por ejemplo, disminuir la generación hidroeléctrica. También pueden aumentar los picos de demanda, o cortar caminos y sistemas de transmisión.

Otras circunstancias no-climáticas como sismos, paralizaciones, falta de incentivos para la inversión, o fluctuaciones internacionales también pueden frenar al funcionamiento del sector. Se estima que las empresas y los hogares ecuatorianos pierden cada año más de USD 500 millones por interrupciones energéticas.

La crisis tejana nos enseña que seguridad energética no es lo mismo que autosuficiencia. Un sistema energético robusto busca diversificarse e interconectarse con otros para amortiguar las adversidades.

En sí misma, esta crisis resalta algunas de las complejidades de un mundo que está en una transición hacia una menor dependencia de los combustibles fósiles.

Todo esto obliga a los sistemas energéticos (y otros) a replantear sus infraestructuras, las configuraciones de sus mercados y los marcos institucionales para enfrentar eventos raros, garantizando un servicio ininterrumpido a precios asequibles para la población y las empresas.

En Ecuador, donde aún hay una deuda energética, dependemos de combustibles fósiles para mover la economía, pero debemos enfrentar un mundo cambiante. ¿Piensan los candidatos presidenciales y la sociedad conversar sobre estos nuevos desafíos?

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