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La ley de la caída libre de los cuerpos
Rafael Lugo

Rafael Lugo

Abogado y escritor. Ha publicado varios libros, entre ellos Abraza la Oscuridad, la novela corta Veinte (Alfaguara), AL DENTE, una selección de artículos bajo el sello Dinediciones. La novela 7, bajo el sello El Broli; además de la selección de artículos Las 50 sombras del Buey y la novela 207, bajo el sello de la Universidad San Francisco de Quito, obra que obtuvo la mención de honor del premio Joaquín Gallegos Lara a la mejor novela.

Actualizada:

3 Ago - 8:48

Ustedes que poseen una mente cochambrosa seguramente están pensando en el salto del tigre y piruetas afines.

Y no se equivocan porque al final el tema de este texto terminará desviándose desde la física hacia lo físico. 

En el siglo IV a. de C., el filósofo Aristóteles hizo una observación aparentemente racional y sacó una conclusión equivocada: dijo que los objetos más pesados caían a mayor aceleración que los objetos más livianos. Y asumo que lanzó desde el techo una cosa liviana al mismo tiempo que algún adorno de cerámica, que se hizo añicos mucho antes de que la pluma tocara tierra. 

Y esa ‘ley’ permaneció inmutable y aceptada durante dos mil años, hasta que Galileo Galilei estableciera, luego de una serie de experimentos científicos, que sin importar el peso de las cosas al caer, su aceleración sería siempre la misma.

Vale recordar que el hereje Galileo fue perseguido por la Iglesia inquisidora por aquello del heliocentrismo. 

Así, Galilei lanzo una teoría fascinante incluso para esta época: si dos cuerpos caen en el vacío, sin aire, entonces se precipitan a la misma velocidad. Para él, existía algo ‘invisible’ que alteraba el comportamiento de los distintos cuerpos al caer. Pero en esa época, realizar un experimento en el vacío, era aún imposible.  

El tema se resolvió en 1971. Un astronauta del Apollo V, parado en la Luna (donde no hay aire) dejó caer al mismo tiempo una pluma y un martillo. Ambos objetos alunizaron al mismo tiempo. Galileo 1 – Aristóteles 0.

Momento en que un astronauta posa junto a una bandera estática, pues no hay aire que la mueva.

Momento en que un astronauta posa junto a una bandera estática, pues no hay aire que la mueva. NASA

Encuentro fascinantes a las mentes capaces de ver lo invisible. ¿A quién se le pudo haber ocurrido en el siglo XVII que el aire podía generar un efecto como el que hemos visto?

Solo tipos como Galileo pueden notar una verdad distinta a aquella a la que el resto de seres humanos se han acostumbrado y dan por cierta. El aire como resistencia en la caída de los cuerpos, y no como aquello que debemos meter en los pulmones o que se manifiesta sacudiendo los árboles en forma de viento.

Todo científico, supongo, tiene alma de poeta. 

En el planeta Tierra no podemos prescindir del aire. Pero si podemos eliminar a los metiches y a los moralistas. Y podríamos funcionar como una sociedad que respete y permita que ciertos cuerpos caigan a la misma velocidad en la que caen otros cuerpos que no son juzgados ni discriminados. 

Si bien no todos somos unos genios como Galileo, no hace falta ser demasiado brillante para entender las miles de evidencias sobre las caídas de verdades ‘intocables’ a lo largo de la historia del mundo. 

Algunas, como la idea de Aristóteles, logran sobrevivir dos mil años, pero todo plazo se cumple. Aunque lloren los inquisidores que, con el tiempo, siempre quedan como verdaderos tarados. 

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