Al aire libre
María Elena Walsh: un mundo de emociones y carcajadas
Lourdes Hernández Vásconez

Lourdes Hernández Vásconez

Comunicadora, escritora y periodista. Corredora de maratón y ultramaratón. Autora del libro La Cinta Invisible, 5 Hábitos para Romperla.

Actualizada:

26 Feb 2021 - 19:00

Al mediodía salgo al jardín, acaricio a mis perros, veo si hay novedades en la huerta, en los árboles de limón, mandarina, naranja, y luego, voy un rato a la hamaca. 

Tarareo la Canción del Jardinero, de María Elena Walsh: “Mírenme, soy feliz entre las hojas que cantan, cuando atraviesa el jardín, el viento en monopatín”.

En eso recibo un mensaje de mi sobrino Isidro, colega escritor: 

-¡Me acordé de usted! –me dice.

Se trata de un artículo de Leila Guerriero, columnista de El País, sobre María Elena Walsh a los 10 años de su muerte. Leila dice que amaneció pensando en la poeta argentina y, de pronto, abrió los diarios y ahí estaba su foto. 

Siento que todos estamos conectados. 

Leo más sobre esta creadora de emociones. Nació en 1930 en Argentina, hija de una ama de casa y de un trabajador de ferrocarril y pianista aficionado. Compositora, librepensadora, valiente, escribió libros y canciones que “fueron el lienzo sobre el que muchos pintamos” –dice Soledad Gallego-Díaz. 

Nació en 1930 en Argentina, hija de una ama de casa y de un trabajador de ferrocarril y pianista aficionado.

Nos abrió la imaginación cuando niños, el amor hacia los animales, la diversión y el juego; con ‘Manuelita la tortuga’, ‘El mundo del revés’, ‘La vaca de Humahuaca’. 

Fue hit para mis alumnos el ‘Twist del Mono Liso’ y favorita de mi hijo Manuel: ‘El show del Perro Salchicha’.

María Elena Walsh fue feminista en una época en que eso era una posición incómoda, dice Leila. Vivió con la fotógrafa Sara Facio, fue amiga y admiradora de Jorge Luis Borges, y tuvo como maestro a Juan Ramón Jiménez. 

Fue feminista en una época en que eso era una posición incómoda.

Compartí el artículo con mi tía Ceci, agradeciéndole por habernos conectado con este mundo de palabras, notas musicales y carcajadas. Cantábamos a voz en cuello ‘La Mona Jacinta’, mientras la tía nos llevaba de paseo.

Oíamos varias veces los discos de acetato, aprendiendo todo un nuevo lenguaje en las letras impresas de la contraportada. 

“De repente se avecina, la señora naftalina, muy oronda la verán, toda envuelta en celofán”. 

¡Cómo me gusta La Familia Polillal! Y cómo lloro todavía con ‘La Pájara Pinta’ y la escopetita verde que mató a su marido Pintó.

“La vida es muy triste sin diccionarios”, dijo una vez enojada María Elena Walsh porque, según ella, los niños cada vez tienen menos aprecio por el lenguaje. 

Durante un viaje a Buenos Aires, me sentí ahogada entre los edificios. Entonces buscamos con mi hijo el campo más cercano. Se trataba de un pueblito a pocas horas de Capital Federal, llamado San Antonio de Areco. En el viaje de ida fuimos recordando la letra de “pasto verde, pasto seco, en San Antonio de Areco, el hornero don Perico hace barro con el pico”.

Qué sorpresa tuvimos al llegar, pues los niños de una escuela estaban pintando con atriles en la plaza principal. Me sorprendió que, de fondo, se escuchara música clásica –y no el estruendo de un Regaetón. Quizás así nacen los poetas y las compositoras, pensé.

Vuelvo al jardín pensando que todo lo que necesitamos está en capullo. Como dice Clea Danaan en su libro Mindfulness para El Jardín:

La semilla es el paradigma de la esperanza. Ahí están las instrucciones invisibles de lo que debe hacer para crecer. Es una pequeña promesa de lo que vendrá.

Este potente mensaje lo conocen bien Los Guardianes de Semillas, comunidades que atesoran semillas comunes, olvidadas y casi extintas. 

La semilla es el paradigma de la esperanza.

En México han prohibido recientemente las semillas transgénicas del maíz porque están perdiendo su maíz ancestral, la planta élite y símbolo del país. Según Clea, el planeta dice: “dejad de empaparlas en veneno, dejad de modificarlas”.

Por la guerra de Siria se perdieron las variedades de trigo resistentes a la sequía. Los investigadores agrícolas pidieron al Banco de Semillas de Svalbard ayuda para recuperarlas. 

Las semillas nos mantienen vivos.

María Elena Walsh lo detectó: 

“Una vez estudié en un librito de yuyo

Cosas que solo yo sé y que nunca olvidaré

Aprendí que una nuez es arrugada y viejita
Pero que puede ofrecer mucha, mucha, mucha miel

Por aquí, anda Dios con regadera de lluvia
O disfrazado de sol, asomando a su balcón.

Yo no soy un gran señor pero en mi cielo de tierra
Cuido el tesoro mejor, mucho, mucho, mucho amor“.

Comentarios
Noticias relacionadas

      REGLAS para comentar 
      0 Comentarios
      Comentarios en línea
      Ver todos