Las Frases que Hicieron Historia

“Monstruo que hasta el patíbulo infamara”

Enrique Ayala Mora

Enrique Ayala Mora

Doctor en Historia de la Universidad de Oxford y en Educación de la PUCE. Rector fundador y ahora profesor de la Universidad Andina Simón Bolívar Sede Ecuador. Presidente del Colegio de América sede Latinoamericana.

Actualizada:

5 Feb 2022 - 19:00

La mayoría de quienes lo conocen tienen mala opinión de José María Urvina.

Gabriel García Moreno lo llamó “monstruo que hasta el patíbulo infamara” y Juan Montalvo, “el más ingrato y ciego y corrompido de los mortales”.

Nadie lo defiende, tanto más que su hijo, Francisco Urbina Jado, millonario gerente del Banco Comercial y Agrícola de Guayaquil, fue figura odiada del “predominio plutocrático” de los años veinte del siglo pasado.

Urvina nació en Quito en 1804. Vivió en Ambato, estudió en la Escuela Náutica, se destacó en las campañas de Tarqui y Malpelo, ascendió bajo el dominio de Flores y luego se convirtió en hombre fuerte del ejército.

En 1849 dio un golpe de estado contra Manuel de Ascásubi, que llevó al poder a Diego Noboa. En Julio de 1851, Urvina se proclamó jefe supremo. Luego se lo eligió presidente. Su sagacidad, intuición política, ciertos principios liberales y falta de escrúpulos, le permitieron controlar el poder.

Entre 1851 y 1855, Urvina impulsó un programa de perfiles democráticos y liberales, que favoreció a los terratenientes y comerciantes de Guayaquil, y provocó cierta participación popular.

Suprimió los derechos de exportación a frutos del país, bajó los impuestos a la importación, reanimó el comercio y enfrentó la oposición del latifundismo. Cuando Juan José Flores, con apoyo peruano, invadió el Ecuador. Urvina dispuso confinamientos e incautación de bienes a Flores y sus amigos.

Como jefe supremo, Urvina decretó la manumisión de los esclavos negros. Luego suprimió las protectorías y el tributo indígenas, concedió posesión de aguas a los campesinos. Decía: “Si ese pueblo se lanza a un extremo deplorable como el último recurso de su opresión, ¿estará en el corazón de la autoridad el mandar a reprimirlo a balazos por haber cedido a los consejos de la desesperación?” 

Urvina decretó la “libertad de estudios”, que afectó a la educación, inició un desastroso arreglo de la deuda externa e intentó arrendar las Galápagos a los norteamericanos.

Pero tuvo gran respaldo popular. Se apoyó en el Ejército. Con negros manumitidos, formó una guardia militar, los “tauras”. Hubo arbitrariedades y abusos, pero la represión fue moderada.

Urvina decía: “Mientras que la justicia, las garantías sociales, la protección de la ley, no alcancen todas las clases y todos los puntos de la sociedad, la institución republicana será una quimera entre nosotros”.

El urvinismo tuvo rasgos populares, pero fue militarista y arbitrario. Los intelectuales del liberalismo se opusieron a la “brutalidad urvinista” y a sus inclinaciones “populacheras”. 

Detrás de su ambición y su sentido práctico, Urvina tenía intuición de las aspiraciones populares que utilizaba para mantener el poder. Se apartó de las reglas de juego de las élites, temerosas de la agitación social e implantó un liberalismo popular. Por eso lo llamaron “monstruo” que denigraba hasta al patíbulo.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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