Una Habitación Propia

Morbosos & Co.

Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

17 Feb 2022 - 19:12

Vi con tristeza infinita el acoso que sufrió Nadia Manosalvas en el programa Esto es fútbol.

No digo estupor porque hace tiempo que pasé de sorprenderme de las conductas inadecuadas de los hombres: las he visto y vivido desde niña.

No digo ira porque, pienso, está sobreentendida a estas alturas: escribo desde la rabia cada vez que acosan a una mujer.  

Digo que me dio tristeza Nadia, una chica joven que busca hacerse un espacio en el periodismo deportivo, tan lleno de testosterona, porque repetía “tan buena gente” a la pregunta de Mario Canessa, ex dirigente deportivo y fundador del grupo Caravana, de ¿por qué estaba tan buena?

“Tan buena gente”, respondió Manosalvas, haciéndose un poquito la boba como hemos hecho todas.

Me recordó a esas imágenes de National Geographic en las que un animalito acorralado por fieras hace lo que puede por defenderse hasta que al final, no se sabe cómo, logra escapar. 

Me recordó también a una foto de los años cincuenta que se titula American Girl in Italy y que muestra a una chica caminando por la calle y a quince hombres a su alrededor. Unos parecen gesticular, otros parecen lanzarle besos y unos más la miran con deseo de carroñero, sin una gota de vergüenza o disimulo.

Ella camina apretándose el pañuelo contra el pecho, probablemente más rápido de lo que caminaría si no la rodearan los buitres. 

En el programa en cuestión, la cámara enfocaba al hombre, un sujeto poderoso en los medios ecuatorianos, mirando con morbosería patética, de viejo verde, a la presentadora. “No, no, yo soy directo”, decía, “dígame, ¿qué hace para estar tan buena?”

Siete periodistas, todos hombres, le reían la broma.

El dueño del circo y los payasos.

Luego he leído que Nadia ha exculpado a la jauría risueña y al acosador directo. ¿Qué más va a hacer? ¿Crearse fama de conflictiva? ¿Desbarrancar en un santiamén una carrera para la que se ha preparado? ¿Inmolarse como periodista y, ya de paso, como profesional?

Centrémonos en el periodismo, aunque el acoso sexual en nuestro país sea omnipresente. Cualquiera que ha trabajado en un medio sabe que los hombres te recuerdan a cada rato que eres menos que ellos, que eres decorativa, que tienes que enseñar un poco de esto y algo de aquello, que debes ser y mantenerte hermosa y joven, que los que llevan la voz cantante son los hombres y siempre serán los hombres.

Yo trabajé en una radio dando las noticias de la mañana y mi compañero me presentaba a otros hombres como “la chica con la que amanecía todos los días”. La imagen era vulgar y me molestaba, pero nunca se lo dije.

Quería mantener mi trabajo, quería hacerme un nombre y una carrera. Quería, carajo, lo que ellos tienen sin esforzarse tanto.

Yo trabajaba con mi voz y no con mi imagen. No quiero ni pensar lo que viven las chicas a las que obligan a ponerse escote y minifalda para lubricar el rating.

Los lobos de Esto es fútbol devoraron a Manosalvas con la mirada, las risas y la impunidad de la que siempre han gozado los morbosos. Con poder o sin él. Nosotras nos hacemos las locas, caminamos más rápido, miramos feo o, como yo hacía con el co-conductor del noticiero, nos tragamos la ira para seguir trabajando.

No somos zorras indignas a las que les gusta que las miren con lascivia: somos personas que quieren mantener su puesto de trabajo. 

Si aún hoy me cuesta decirle a un hombre en alguna mesa redonda o panel que me respete o que respete a alguna de mis compañeras, imagínense hace veinticinco años.

Yo me reía de la “bromita” de que amanecía junto a ese hombre porque ese hombre podía hacer que me botaran del trabajo.

Nadia repetía “tan buena gente” al poderoso director de medios para lo mismo. Una mujer tiene que aferrarse con las uñas y los dientes a lo mismo a lo que a los hombres se les hace tan natural: desarrollar su carrera, mantener su trabajo, sin tener que abrir las piernas y cerrar la boca.

El asco diario forma parte del trabajo de las mujeres y no recibe un bono en el rol de pago.

Muchas de nosotras, las periodistas, hemos salido a contar nuestras historias. Las respuestas no se han hecho esperar: “ay, si ni eres tan guapa”, “da gracias que te miran”, “ya no se les puede decir nada”, “ahora llaman acoso a que se las mire”, “qué lástima que se ha perdido el valor del piropo”, “si no quieres que te morboseen no trabajes con hombres”.

Sobre esto último he pensado mucho: Canessa verbalizó lo que los otros hubiesen querido decir porque los hombres poderosos sienten que pueden decir y hacer cualquier barbaridad y van a salir indemnes.

Los mandados hablan con los ojos.

Sin embargo, ninguno de los que rodeaba a Nadia Manosalvas como gallinazos se atrevió a ponerse firme. Hubo algún débil “ya no la acosen” que se fundió entre las risas salidas del bajo vientre, los sonidos de beso (el equipo de producción aupando la porquería) y, sobre todo, en la complicidad de los morbositos de menor calaña.

Todas nos hemos sentido en algún momento de nuestras vidas como Nadia, como animalitos acorralados, como la chica americana en Italia.

Pero todos ellos se ríen y se seguirán riendo como hienas y quizás alguno, deconstruido nivel iniciación, susurrará “ya no la acosen” tan bajito, tan bajito que nadie podrá escucharlo entre el barullo del cerebro colectivo que piensa que las mujeres estamos en este mundo para escuchar a viejos lúbricos decirnos que estamos buenas.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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