Al aire libre

Mi Zunfito se fue y tengo que sobrellevar su ausencia

Lourdes Hernández Vásconez

Lourdes Hernández Vásconez

Comunicadora, escritora y periodista. Corredora de maratón y ultramaratón. Autora del libro La Cinta Invisible, 5 Hábitos para Romperla.

Actualizada:

10 Dic 2021 - 19:00

Es mi dolor. No siento que deban darme el pésame, pero estoy hecha pedazos. Se murió mi perrito Zunfo.

Fue tan noble que se metió en las matas de café sin quejarse. Cuántas horas pasaría sufriendo. Un rato en la noche oímos un suspiro. Pensamos, ya está el ‘eterno galán’ con la perrita Maki.

No oí ni sentí nada más.

Dios me libró de verlo acabado, muriendo.

Salí de madrugada y fue el Santi quien tuvo que atenderlo.

¿Cómo no voy a creer en la magia? Si hoy tempranito el pájaro wira-mirlo cantaba fuerte y más dulce que nunca sobre el sitio donde está enterrado nuestro perrito.

Mi osito.

Cuántos besos le di y le sigo dando.

Estará corriendo por los campos del cielo, ya sin dolores en las patas, libre, con las enormes manos cubiertas de pelaje amarillo y no peladas por los sueros.

Hace dos meses exactos tuvo una torsión de estómago. Lo llevamos a media noche a la emergencia de la clínica de la Universidad San Francisco. Ahí lo operaron y le salvaron la vida.

Le estaba creciendo, como pelusa, el pelo de la panza y de las manos. Estaba engordando, poniéndose fuerte.

Noté que donde tiene pelo negro, es de piel negra. Y donde tiene pelo amarillo, es de piel amarilla. Un tigre mi Zunfo.

“La felicidad te deja pelitos en la ropa” – leí la frase.

Por eso, cuando llego a la casa me pongo mi ‘ropa de perro’. Entonces dábamos rienda suelta a las caricias y abrazos y con el Zunfo eso significaba fundirnos entre pelambres y olores a musgo y a hojas de café.

Le gustaba frotarse en las plantas llenas de rocío.

Venía mojado de las caminatas.

Le gustaban los masajes en la cadera, tal vez porque le dolía.

Pero no era viejo, seguía siendo el mismo cachorro juguetón.

Mi hijo Francisco le ayudó al Santi a cargarle para llevarlo al hospital veterinario, pero ya estaba muriendo. Casi no respiraba, me cuenta, tomó unas bocanadas de aire y se fue.

Y nos sonamos la nariz los dos porque así andamos, llorando a cada rato.

El doctor que lo operó en octubre me dijo que pudo ser un trombo, que a esta edad eso es común.

En estos días veo al Zunfito en el sol, revolcado; entre las matas de café, en el corredor de la casa, donde se sentaba, con el privilegio ganado por once años de darnos felicidad.

Dicen que cuando muere tu perro, es normal que oigas su ladrido, sus pasos por la casa, que le sientas. Su espíritu se queda contigo un tiempo. Ojalá siempre.

Por eso necesito estar en la casa, en el jardín. Es su ausencia la que me duele, y es su presencia dulce y campechana la que extraño.

Los otros perros lo sienten y extrañan también. Leí que cuando parte un amigo perruno, los otros se deprimen.

Por eso anoche decidimos hacer un esfuerzo con el Santi y sacarles a todos a pasear y fuimos con lágrimas, recordando a nuestro perrito.

Tengo la certeza de que cuando me muera, me va a recibir con su alegría de cachorro gigante. ¡Cómo no va a estar en el paraíso! Si es creación de Dios.

El Zunfo nació en la casa en una camada de diez cachorros de la June. Esta perrita boyera fue un hada en nuestra vida.

Decidimos quedarnos con el cachorro más gordo y grande porque no salía de su casita, se paraba en la puerta saludando con su mano, mientras sus hermanos corrían por todo lado.

En la cuarentena caímos enamorados unos de otros, mis cuatro perros y nosotros.

Ladraba a las seis de la mañana y a las seis de la tarde para recordarnos la hora de comer. Esa madrugada no ladró. Y yo, inexplicablemente, seguí pensando que todo estaba bien y me fui sin despedirme de él.

La hija chiquita de una amiga dice que la magia es cuando sales en la mañana y todo está mojado, brillante.

Me quedo con el nudo en la garganta pensando en que la magia es el Zunfito recogiendo el rocío de las plantas y de las hierbas.

“Si al oírme se ponen tristes, a todos les pido perdón. Ya no puedo cantar alegre, ni sentadita en el limón…” Les pido perdón como María Elena Walsh en la Pájara Pinta, porque hoy estoy triste sin mi perrito Zunfo que se acostó en sus matas de café y se quedó dormido.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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