Una Habitación Propia

Un cuento de terror titulado Qatar

Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

18 Nov 2022 - 5:27

A estas alturas de mi vida, nada debería sorprenderme. Y, sin embargo, todavía el mundo logra dejarme con la boca abierta.

Veo a mi alrededor la ilusión que le hace a tantísima gente el Mundial de Fútbol 2022 y no puedo más que sentir miedo: miedo de que algo tan hermoso y que une a tanta gente, genera leyendas, hace vibrar desde los más chicos a los más ancianos de las casas, se haya gestado sobre muerte, petrodólares y corrupción.

El Mundial de la sangre y la discriminación.

Amnistía Internacional lo ha llamado La copa mundial de la vergüenza y ha investigado las condiciones de semi esclavitud en las que trabajan y trabajaron los inmigrantes contratados para construir los estadios.

No solo eso, casi siete mil trabajadores han muerto desde que empezaron las obras para albergar el evento futbolístico más importante del mundo.

Me sorprende el silencio de la FIFA y, obviamente, de las selecciones nacionales.

¿Se imaginan que todos los países democráticos se hubiesen unido para decir no?

No jugaré en un país que no respeta los derechos de las minorías, las mujeres, los homosexuales.

No iré a un país donde los obreros extranjeros viven en condiciones infrahumanas y mueren por las pésimas condiciones de seguridad con las que los hacen trabajar.

Y no representaré los valores del deporte en un país homofóbico, racista y que actúa con impunidad de mafia.

He intentado mantenerme al margen porque siempre soy la que pone la nota discordante, la que no saca la vuvuzela, la que recuerda que la lista de requisitos para las mujeres que viajen al Mundial incluyen: no escuchar música, no beber alcohol, “vestir recatadamente”, no dar muestras de cariño en público, no gritar, no tomarse selfis frente a edificios públicos, ser respetuosas y silenciosas, etcétera, etcétera, etcétera.

Es decir, yo soy la que preferiría que Ecuador hubiera dicho, no gracias, prefiero demostrar la ética del deporte en un país con ética.

Coherencia, digo.

Ya sé, ya sé, la gente quiere olvidarse de sus problemas, de que el país se cae a pedazos, de que Rusia y Ucrania están en guerra y tienen armas nucleares, de que en 2050 la mitad del planeta será inhabitable por el cambio climático, de que no tiene un dólar en el bolsillo, de que no encuentra trabajo, de que el marido, de que la esposa, de que los hijos.

El Mundial, ya sé, ya sé, es como una droga que nos permite olvidar durante unas cuantas semanas nuestras vidas de mierda.

Ya sé, ya sé, siempre soy la aguafiestas que recuerda que este año el Mundial se celebra en un país que odia todo lo que somos los y las que vivimos en democracia.

Que incluso, probablemente, arrestará a cientos de hinchas que actuarán como hinchas y harán un desmadre en un país al que no le gustan nada los desmadres.

Y me como todo esto sola porque soy como ese meme de Abe Simpson ‘Old Man Yells at Clouds’ (viejo grita a las nubes) mientras la gente prepara la camiseta, las banderitas, las cervezas y los nachos para ver el Mundial.

Como en la película ‘Don’t look up’, todo el mundo intentará mirar a la cancha y solo a la cancha y nada más que a la cancha, mientras alrededor hombres armados y aterradores harán lo que quieran con el fútbol, los que lo controlan y sus hinchas.

O sea, con nosotros.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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