Cambio de Rueda
Nada puedes pensar seriamente sin hacerte daño a ti mismo
Santiago Roldós

Santiago Roldós

Actor, escritor, director y profesor, cofundador del grupo Muégano Teatro y de su Laboratorio y Espacio de Teatro Independiente, actualmente ubicado en el corazón de la Zona Rosa de Guayaquil. A los cinco años pensaba que su ciudad era la mejor del mundo, pero entonces también creía en Dios y en Barcelona Sporting Club. 

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2 Ene - 19:00

Parafraseo el slogan de nuestra obra en Muégano Teatro, ‘Asalto al centro comercial’, tomado a su vez de una conferencia de Miguel Morey sobre Nietzche, el filósofo como artista, para pensar lo cruel y difícil que en realidad resulta la deconstrucción.

Una pareja de feministas veganas aparentemente radicales graba una denuncia sobre el criminal hacinamiento y tortura sistemática que sufren las gallinas en las asombrosamente llamadas explotaciones avícolas.

Un granjero que honra su trabajo les responde con otro video, rápidamente viralizado, donde defiende la nobleza de su oficio, heredado por su padre, quien centralmente le enseñó a tratar con amor a las criaturas que explota.

Cuando la tele pone a ambos bandos en pantalla, resulta imposible no estar de acuerdo, en teoría, con las veganas; y empatizar, en la práctica, con el granjero, sobre todo cuando él las invita a conocer su propiedad y ellas lo rechazan: “jamás iríamos donde un fascista”. 

La deconstrucción es más fácil de decir que de hacer, porque a diferencia de una tortilla de huevos expropiados, por ejemplo, no es cosa ni producto, método o sistema, sino ejercicio, parecido y distinto a cocinar, una vez las recetas se han vuelto cuerpo y memoria. 

En ese sentido, y a diferencia del deseo de algunos machos sensibles al feminismo, pero también de ciertas militancias que reiteran el simulacro de aspirar al paraíso, la deconstrucción es inagotable y eterna, problema radical de toda disidencia consigo.

Leer al profesor de la deconstrucción, Jacques Derrida, es muy arduo. Y no por una búsqueda de originalidad o por la patente complejidad de sus conceptos y erudición, sino por la concepción misma de la escritura como un procedimiento en permanente sospecha de sí.

Derrida se resiste a cada paso a la trascendencia, y una vez liberada tu pretensión amaestrada de entenderlo todo lo más pronto posible, comprendes que la deconstrucción es una explosión, un parque de diversiones sin franquicia, un carnaval de los sentidos.

Por eso hay gente, como Vargas Llosa, que detesta la deconstrucción, por no ofrecer certeza alguna, y a ese vértigo lo asocian con una cierta decadencia. En las antípodas de una reacción como esa, el optimismo deconstructivo sería otro conservadurismo.

Paradoja no significa tanto una contradicción como la posibilidad de una existencia por fuera de la norma, esto es, del todo binario, al cual sin embargo hemos de referirnos, como en Sueño con serpientes, esa gran canción del luego burocratizado Silvio.

No se trata sólo de divertir, pervertir y subvertir a las nuevas identidades de género o nuestras aún inimaginables relaciones con los demás animales a medio y largo plazo, sino de deconstruir lo más sagrado y encarnizado, si acaso aún no estuviese dicho en estos párrafos.

La carne de nuestra carne es la deconstrucción. Y antes que hablar de la deconstrucción de la mapaternidad, la mapaternidad me parece el continente por excelencia de la deconstrucción.

Traemos a nuestros hijos e hijas a morir, pues dar vida es comenzar a dar muerte. Amor en francés nos recuerda eso todo el tiempo. Y nuestras hijas e hijos no son para nada nuestros, sino de sí. Otra cosa es que nuestra pasión sea enseñarles mientras desaprendemos.

Mi hijo vertebró gran parte de su filiación al juego y las fábulas a partir de la saga de Toy Story. Me recuerdo a mí mismo poniendo una y otra vez, a exigencia suya, la música de la escena donde el reparador de juguetes restaura a Woody en Toy Story 2.

Recreábamos entonces la secuencia completa. Él, a sus dos años y medio, haciendo de Woody, y yo, a mis 40, del reparador. Ahí se cosía y se coció algo más que una representación.

Toy Story 4, como a tanta gente, le decepcionó profundamente. Yo perdí mi fe en la saga desde el desenlace de la tercera, cuando aparece la garra gigante, literalmente un Deus Ex Machina. El cine y el teatro son territorios donde ensayas, o mientes, la vida.

Toy Story optó, como la mercancía que es, por no ser consecuente con su propia trama y fantasía, sino con el artificio, no tanto de su técnica como de su economía y política.

Dicho de otro modo: los juguetes, como nosotros, tenían que morir. Ahora que lo pienso tal vez por eso ni pensé en ir a ver la cuarta. Para mí, ya estaban muertos.

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