Columnista Invitado
Los nuevos desafíos energéticos globales
Homero Paltán

Homero Paltán

Doctor en riesgos de clima y agua por la Universidad de Oxford. Consultor del Banco Mundial en sistemas hídricos y energéticos. Investigador y Lecturer Asociado para Hidrología y Manejo de Riesgos, Universidad de Oxford. Investigador del Instituto de Geografía de la Universidad San Francisco de Quito.

Actualizada:

13 Jul 2021 - 19:00

En contraste con otros tipos de combustibles, las tecnologías bajas en carbono fueron el único subsector energético que incrementó su generación en 2020. 

Esto por los desarrollos científicos y la reducción de costos que en la última década han hecho despegar la generación de energía eólica y solar.

A lo anterior lo acompaña la tendencia a retirar de funcionamiento plantas a carbón y petróleo en países desarrollados. Efectivamente, la transición de combustibles fósiles a energías más limpias se está haciendo cada vez más robusta.

Se espera que, para mediados de esta década, las energías renovables superen al carbón como la principal fuente de electricidad global. 

Sin embargo, esta transición presenta nuevos desafíos y riesgos que pueden perturbar la volatilidad energética global.

Las tecnologías bajas en carbón requieren más minerales que las tradicionales, basadas en combustibles fósiles.

Por ejemplo, construir una planta eólica requiere seis veces más minerales que una planta a gas. Los materiales del sector incluyen cobre, aluminio, níquel, cobalto, tierras raras y litio. 

El litio es clave porque las baterías de este material son las dominantes para almacenar energías eólicas y solares. Justamente, poder almacenar confiablemente por más de unas horas las energías generadas de manera ‘limpia’ es el talón de Aquiles del sector. 

A la competencia por revolucionar el almacenamiento energético se unen tecnologías basadas en rocas volcánicas, tanques de aire líquido y sistemas de hidrógeno. Elon Musk incluso ha asegurado que el negocio de las baterías podrá ser tan grande como el mismo mercado automotriz.

Además, la producción de estos minerales es aún muy concentrada. China y El Congo, por ejemplo, producen el 70% del cobalto mundial. Anteriormente la concentración geográfica del suministro era una preocupación solo del sector petrolero. 

No solo la producción en nuevas minas toma años en generar beneficios, sino que también puede consumir más agua y energía, reduciendo así sus beneficios climáticos. La minería puede ocasionar daños ambientales y a algunas comunidades. 

A esto se suman los costos y el tiempo que tomaría modificar enteramente los sistemas de transporte, productivos y otros hacia unos que utilicen electricidad generada ‘limpiamente’. Todo esto sugiere que la dependencia global de combustibles fósiles persistirá, aunque sea como respaldo para las energías renovables. 

En Ecuador esta transición puede repercutir profundamente. El hecho de que el petróleo ya no sea el actor dominante en el mundo energético debilitaría el ya frágil papel del país en este sector. Además, supondría menos ingresos y un ahorcamiento para las finanzas nacionales. 

Para que Ecuador fortalezca su futuro rol energético, el nuevo Gobierno deberá sentar las bases que permitan la investigación e inversión en: 

  • Diversificación de fuentes energéticas más allá de los combustibles fósiles.
  • Innovación a lo largo de la cadena de producción de tecnologías bajas en carbono.
  • Monitoreo de condiciones del mercado y exploración de escenarios para estimar situaciones de interrupción en el nuevo sistema energético global.
  • Reciclaje de materiales útiles para el sector.
  • Incentivos para la responsabilidad ambiental y social. 

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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