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Paro de octubre 2019: salvamos a dos viejitos de 90 años
Lourdes Hernández Vásconez

Lourdes Hernández Vásconez

Comunicadora, escritora y periodista. Corredora de maratón y ultramaratón. Autora del libro La Cinta Invisible, 5 Hábitos para Romperla.

Actualizada:

9 Abr 2021 - 19:53

“Ayudemos a dos viejitos que están en medio de las manifestaciones, en un pasaje frente al parque El Arbolito” –pedí en un chat ambiental durante el asalto a Quito.

Enseguida muchas voces preguntaron cuál era su problema, cómo podían ayudar. Les dije: son mi papá y su esposa Chavica que están en la mitad del fuego cruzado y necesitan comida y medicinas.

Pensé que los activistas ambientales que tenían un operativo de entrega de comida a los indígenas movilizados, podían llevar las compras que yo les entregaría. Pero claro, una cosa era ayudar a un movimiento político levantado y otra, a dos viejitos anónimos.

Con mi esposo Santiago decidimos ir en misión de salvamento. Hablé del plan con mi papá y dijo que el pasaje era sitio de reunión –y servicio higiénico- de los manifestantes.

Cargamos dos mochilas con comida y las medicinas de Chavica, dejamos mi camioneta en un parqueadero de la Floresta y comenzamos a caminar con la consigna de no ver ni hablar con nadie.

Pasábamos por la Universidad Salesiana y grupos de jóvenes nos abrieron paso. Uno de ellos se acercó a mi esposo y le dijo ‘hellow’. Bastó para que el Santi se ponga a discutir: ¿hellow? Soy más ecuatoriano que tú.

Yo me apresuré. Sentí náusea: perdimos un soldado, vamos adelante.

En la avenida 12 de octubre, regresé a ver, el Santi venía a lo lejos. Le esperé y le dije en qué quedamos. Que no se ponga a pelear.

Seguimos caminando y ya todo era humo y ruido de guerra. Nos tapamos la cara con el buff y pasamos entre los grupos de manifestantes, los camiones parqueados, las llantas quemándose.

Llegamos al pasaje, timbré, santo y seña. Nos abrieron los viejitos. Pobrecitos, qué ternura. Nos abrazamos, conversamos atolondradamente de todo lo que estaba pasando. Percibí con alivio que dentro de la casa no olía a gas o a humo. 

Vamos a llamar a una ambulancia –les dije- y les sacamos de aquí.

¡No! Chavica puso el grito en el cielo. Yo vi en la televisión lo que hacen los huelguistas a las ambulancias. 

Hay que arriesgarse, –insistí- qué tal si la cosa se pone peor, si no podemos volver.

Estoico, mi papá dijo: nosotros estamos bien.

Pensé en las personas que no pueden caminar, ir al baño sin ayuda. Ancianos sin su medicina, sin alimento, postrados, atrapados, solos.

¿Y si uno de ellos se cae, o los dos, o se sienten mal?

Nos despedimos.

El parqueadero del Hospital Militar conecta con el pasaje. Allí estaba el portero. Le dije que si podría abrirnos la puerta para sacar a mi papá y su esposa por allí. El buen hombre dijo enseguida que sí.

Con esa esperanza, nos unimos como infiltrados a una marcha grande que volvía del frente de batalla. Me armé de valor y regresé a ver a la mujer que iba a mi lado.

¿Para dónde vamos?

No sé -contestó.

Era una joven indígena que estaba llena de hollín, con ojos rojos, la mirada perdida.

¿A dónde va la marcha? –le pregunté a otra joven. Respondió: no sé.

Eran como ovejas hacia el despeñadero. Eso sentí.

Pensé en sus hijos, sus tierras y animales, abandonados. 

Ya en el carro pasamos por calles vacías, algunos humos aquí y allá, explosiones lejanas.

Madrugamos a un segundo intento de rescate. Tomamos la calle Solano, atrás del Hospital. Una zona desierta. Silencio total.

En eso, de la nada, apareció un camión de militares que frenó, bajaron varios comandos y atraparon a unos malandros camuflados en un parquecito. No eran los huelguistas típicos, era gente oscura.

Empezaron los disparos de bombas lacrimógenas y sentimos el aire picante. Bajamos a la Avenida Gran Colombia y pasaron ante nosotros un montón de manifestantes corriendo, seguidos por decenas de policías, en pleno hospital.

¿No hay respeto ni siquiera a los enfermos y moribundos? –pensé sin respirar.

Un camión tipo trucutú subía hacia nosotros.

Santi dio un retro a toda madre y huimos de ahí.

Yo temblaba.

¿Y mis viejitos de 94 y 95 años? Atrapados entre fuegos, en una situación mil veces peor que la pandemia.

Es imposible pasar –les dije al teléfono, estén tranquilos.

Mis hermanos Tachi y Álvaro fueron al día siguiente y vivieron otra experiencia de peligro.

Resistimos varios días más de terror.

Cuando por fin pudimos salir, mi papi y yo tomados del brazo, fuimos por los alrededores. Incrédulo, se quedó sin palabras. 

Quito estaba destruido.

Papito, estuvimos en guerra.

¿Cuántas víctimas silenciosas hubo esos doce días? ¿Cuántos moradores de Quito, ancianos, discapacitados, indefensos, fueron despojados de todos sus derechos?

Este domingo votemos por la paz, el respeto, el trabajo y la unión entre el campo y la ciudad.

Que nunca más vuelva octubre negro.

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