Efecto Mariposa

Lo que oculta la generosidad navideña

Yasmín Salazar Méndez

Yasmín Salazar Méndez

Profesora e Investigadora del Departamento de Economía Cuantitativa de la Escuela Politécnica Nacional EPN. Doctora en Economía. Investiga sobre temas relacionados con pobreza y desigualdad.

Actualizada:

16 Dic 2022 - 5:27

Si todo el año estamos rodeados de personas necesitadas, ¿por qué en diciembre se multiplican los actos de caridad y las acciones de voluntariado?

Aunque la respuesta obvia podría ser porque existe el deseo desinteresado de llevar un poco de alivio, al menos en la época que para algunos es la más feliz del año, a personas que viven en pobreza, enfermedad o soledad, esta no es la motivación completa ni real.

Algunos expertos dicen que para donar es necesario que surja la oportunidad de hacerlo, y diciembre es conocido como el mes en el que “abundan las oportunidades para dar”.

Repentinamente, aparecen más personas que salen a pedir ayuda o caridad y, en consecuencia, también se multiplican los pedidos de donaciones.

O no sé si es al contrario, hay más donaciones y más gente que se puede beneficiar de ellas.

Además de la oportunidad, se mencionan los recursos que deben disponer los donantes. Sin embargo, hay personas que, en diciembre y al igual que todo el año, no tienen grandes cantidades de dinero y, a pesar de sus limitaciones, realizan donaciones.

En este grupo de personas pueden encontrarse a feligreses que siguen la tradición de donar el diezmo y, en la medida de sus posibilidades, intentan hacerse presentes en sus comunidades religiosas a través de sus contribuciones.

No obstante, también hay quienes no son religiosos y se dejan contagiar por la fiebre decembrina de dar, muchas veces por la presión social de cumplir con un pedido de donación.

También pueden hacerlo para no quedarse atrás de personas cercanas que conforman sus redes sociales y que hacen obras de caridad o voluntariado.

Otra explicación viene dada por las normas sociales que rigen una sociedad. Si los miembros de una comunidad presentan un alto nivel de altruismo, se podría esperar que las donaciones sean frecuentes.

Sin embargo, incluso en quienes pueden parecer perfectos altruistas y que dan desinteresadamente, las verdaderas razones para dar estarían explicadas por el llamado “cálido resplandor” que se genera en los donantes.

Aunque el término cálido resplandor parece que nos quiere acercar a la categoría de seres angelicales, en verdad, hace referencia a lo bien que nos podemos sentir cuando realizamos una donación, pues sin importar si esta es útil o no, después de donar nos pueden invadir sentimientos de alegría y satisfacción por “hacer el bien”.

Si alguien se identificó con esta sensación, no tenga vergüenza, pues algunos experimentos demuestran que las personas que dan caridad, no lo hacen necesariamente porque tienen un comportamiento puramente altruista, sino por las ventajas que le puede reportar al donante el acto de dar. En este caso, quien da se siente satisfecho.

Han sido reportadas otras ventajas para las personas benefactoras.

Ser un donante reconocido puede mejorar la imagen social: las personas generosas son bondadosas, y esa buena fama se puede reproducir en los círculos sociales y aumentar los reconocimientos por ser buena gente.

Esto justifica porque, en la práctica, las donaciones anónimas no sean frecuentes y se hace necesario publicar que se hizo alguna obra benéfica.

A pesar de lo desagradable que puede ser presenciar actos de ostentación, hay un punto positivo en esta parte, pues quienes hacen propaganda de sus buenos actos desean mostrarse más ricos o generosos y, para lograrlo, aumentan la cantidad de sus donaciones para que los otros las vean.

Donar también es una forma de mostrar poderío económico, o al menos superioridad económica, frente a quienes reciben o simplemente no dan.

Otras personas se muestran generosas para borrar sentimientos de culpa, no solo por las desigualdades sociales y económicas existentes, sino por omisiones que pueden ser a nivel personal.

Por ejemplo, empleadores que no pagan salarios justos a sus trabajadores o contribuyentes que evaden impuestos, pueden encontrar en las obras de caridad una forma de lavar sus conciencias.

Algunos críticos de estos argumentos sostienen que no importa la motivación, lo importante es dar. Yo soy más cautelosa con esta afirmación.

Sí, lo importante es dar, pero no por el mero hecho de alimentar egos hambrientos de reconocimiento.

Primero, hay que asegurarse de que las donaciones sean útiles para los receptores y que cualquier acto se haga preservando su dignidad y en el marco del más absoluto respeto.

En otras palabras, no estoy de acuerdo con que se deba donar solo para experimentar el cálido resplandor, los receptores de cualquier donación también deben tener alguna ventaja real.

El acto de dar debe ser muy cuidadoso y debe reflejar compasión y respeto por los receptores.

Hace algunos años estuve en el centro de acopio de una institución que estaba recolectando ropa para donarla a indígenas ecuatorianos que viven en los páramos. Llegó ropa sucia, manchada, rota.

También donaron ternos de baño y unos zapatos de plataforma dorados de quién sabe qué década. No se me ocurre que alguien que vive en el páramo, ni en ninguna parte, pudiera utilizar tales piezas.

También conocí el caso de una escuela que, en diciembre, no tenía espacio para poner tantas donaciones de galletas de animalitos y caramelos; y como les donaban alimentos que estaban a punto de caducar, al final los terminaban botando todo a la basura.

Esos son ejemplos simples de actos que no persiguen el bienestar de los receptores de una donación, y los confunden con centros para depositar lo que no nos sirve o no nos gusta.

Dudo que se pueda sentir alguna satisfacción con donaciones inservibles.

Si alguien puede y quiere dar su tiempo o dinero, puede aprovechar el sentirse bien por hacer su parte, pero también puede abrir un espacio para dar con dignidad, y que los receptores lo sientan así, que reciban algo que les sea útil.

Que las donaciones sean fuente de verdadero bienestar para quienes lo necesitan. Y, ojalá, algún día nadie tenga que donar a las personas pobres porque simplemente no les hará falta recibir nada.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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