Al aire libre
Naturaleza: el oso Javier y su mensaje desgarrador
Lourdes Hernández Vásconez

Lourdes Hernández Vásconez

Comunicadora, escritora y periodista. Corredora de maratón y ultramaratón. Autora del libro La Cinta Invisible, 5 Hábitos para Romperla.

Actualizada:

30 Abr 2021 - 19:01

Hace más de veinte años Javier Beltrán cortaba árboles con su motosierra en la selva. Decía que junto con los troncos caían también animalitos y quedaban aplastados en medio de aullidos de dolor. Eran cachorros de osos, de monos, también caían nidos con pájaros.

Javier empezó a tener pesadillas, a sentir su dolor.

“Algo se dio la vuelta en mi corazón y en mi cabeza” –me contó el primer día que le oí hablar. Porque siempre estaba callado o gruñendo.

Empezó a utilizar un disfraz de oso de anteojos y a tratar de vivir como uno: a dormir en el piso o en el árbol, a comer frutas, a vivir en el bosque.

Así disfrazado participó descalzo en varias ediciones de carreras, con rótulos de respetemos la selva, cuidemos el agua, protejamos los animales en peligro de extinción.

Cuando corrimos el Reto 21×24, una protesta pacífica por la protección del Yasuní, que invitaba a correr 21 kilómetros en cada provincia del Ecuador, el oso Javier participó con nosotros en algunas rutas.

Estábamos en el Chaupi y un chico, José Ignacio Morejón, nos explicaba lo que representaba dejar el petróleo bajo tierra en el Yasuní, el santuario con la mayor biodiversidad del mundo. “La selva intacta vale más para la humanidad que todo el oro del mundo” –decía este joven deportista en la madrugada llena de niebla, al pie de los Ilinizas.

El oso apareció y solo hizo un par de gruñidos. Nos miramos unos a otros con cara de quién será este, y empezamos a trotar.

Llegamos a Aloasí y el disfrazado tenía los pies sangrando. Fotos, aplausos, risas, unos gruñidos del nuevo amigo y de pronto desapareció.

Volvió a la ruta de Cotopaxi, esta vez con otros personajes disfrazados: una ardilla, un cóndor y un tigrillo, todos manifestándose en medio del páramo -como una imagen surrealista, por la protección de la naturaleza. Tenían letreros como:

“Fauna y Flora están en peligro de extinción, ¿acaso son tus enemigas?”

“Yasuní es el corazón del planeta”.

“Siembra un árbol, cuídalo y la nueva generación te lo agradecerá”.

El oso Javier, según su costumbre, recorrió los 21 kilómetros descalzo.

Cuando completamos el Reto 21×24 le llamé y nos encontramos en el Chaquiñán. Le conté que conocí el Yasuní, su tierra, y que tenemos que seguir luchando por su protección.

Entonces, se descubrió la cara y me habló de su historia. Me dijo que dejaba la ‘civilización’ -y mostró las comillas con sus garras. Que volvía a la selva, a apropiarse de lo suyo.

Yo me convertí en activista ambiental cuando descubrí lo que había en cada metro cuadrado del bosque nublado de Puerto Quito. Estudiaba biología y fuimos a una visita de campo. Me asignaron un cuadrante de diez metros cuadrados. Es inverosímil la cantidad de especies que había, la vida, el olor, el sonido. Hasta descubrí una flor carnívora a la que luego le pusieron algo Pichinchensis.

Él se volvió activista por haber causado dolor y muerte a los animales de su propia tierra.

Dice un filósofo japonés que el vuelo de una mariposa afecta al mundo entero. ¿Cuánto afecta un taladro al perforar la tierra después de destruir el Bosque?

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