Al aire libre
Los osos sí nos vieron en Maquipucuna
Lourdes Hernández Vásconez

Lourdes Hernández Vásconez

Comunicadora, escritora y periodista. Corredora de maratón y ultramaratón. Autora del libro La Cinta Invisible, 5 Hábitos para Romperla.

Actualizada:

2 Oct 2020 - 19:00

Fuimos a Maquipucuna a ver los osos. Esa ilusión me hizo dejar mi casa. En Google aprendí que Maquipucuna significa “mano amiga” y es una reserva en Nanegal, a dos horas de Quito.

Rodrigo Ontaneda, su esposa Rebeca y su hija Isabela dirigen la hostería. Llegaron hace 30 años para proteger seis mil hectáreas -entre los 900 y 2700 metros sobre el nivel del mar- del bosque nublado primario, parte del Chocó Andino.

Rebeca Justicia es científica especializada en botánica. Hay más de 1960 especies de plantas y de estas, 270 son helechos. Solo en una rama conté cinco especies de estos. Hay como 54 osos de anteojos, (Tremarctos ornatus), hay guantas, guatusas, gato montés, y cientos de especies de aves.

Rodrigo nos asignó un área en la hostería para las tres familias que fuimos, lo cual me dio tranquilidad por esto del Covid-19. La tranquilidad se acabó cuando mi amiga, Vero, llegó y me quiso saludar con beso. Di un respingo para atrás como caballo loco y ella se mató de la risa y preguntó: ¿todavía no estás saludando?

Me sentí un poco pesada con esto del distanciamiento, pero seguí incólume durante todo el paseo aun cuando el resto se abrazaba y se apegaba para conversar. 

Madrugamos a ver los osos. Yo soñé en ellos y agradecí que estábamos en el piso alto, aunque luego me enteré de que suben con facilidad por los troncos del árbol pacche para comer su aguacatillo. Esos árboles dan fruto dos meses al año, por eso hay como verles en esta época. Son vegetarianos, herbívoros es la palabra correcta. 

Mi esposo se adelantó con Arsenio, el guía, porque los rastreadores avisaron que había huellas. Tomaron una trocha nueva que Rodrigo debió abrir pocas semanas atrás, cuando la BBC de Londres filmó a una familia de osos que comía y dormía en esa coordenada. 

Santiago, un adolescente, se fue tras de ellos y se quedó descansando por ahí. Él dice que vio pasar entre las matas –como Juan por su casa- a un oso, grande, negro. Vino asustado y nos convenció. Fue el suertudo del paseo. El resto vio la comida masticada, alguna majada de días pasados, y los que se adelantaron oyeron sus pasos contundentes. 

No me importa no haberlos visto. Ellos sí nos vieron, estoy segura. Amé saber que esos osos preciosos, únicos en el mundo, están por ahí, resguardados. Felices, comiendo fruta, cuidando sus oseznos, con sus largas siestas de 11:00 a 15:00 y su ejercicio diario de sube y baja de los árboles. Son una belleza.

Lo que se conoce se ama, entonces lo cuidas. Es lo que se fomenta en Maquipucuna. Cuando van escuelas, cada niño estudia un metro cuadrado del bosque junto al río y anota lo que ve. Mira por el microscopio piedras, bichitos, plantas. Instalan trampas nocturnas y al día siguiente se ve qué pasó por ahí. Si está un animalito atrapado se lo mide, anotan su especie y sus características, y se lo suelta. Los niños se convierten en investigadores. 

Las escuelas cercanas no tienen esta táctica de estudio y desconocen que están sobre un tesoro. 

Aunque tuvieron padres y abuelos cazadores, Arsenio y sus hijos, uno de ellos egresado de Earth College, se han incorporado a la protección.

Durante la pandemia se incrementó la tala de árboles. Pero también hay nuevas huertas caseras en Nanegal. Cambiaron las prioridades.

El 95% de los visitantes de la reserva son extranjeros. En la “nueva vida” se espera que se incremente el turismo nacional. 

Conversando con dos chicas millenials me di cuenta de que estamos ante un momento de cambio. Una de ellas, Milena, hizo su tesis de las abejas meliponas que producen una miel curativa, desinfectante y antioxidante. “En estos meses creé mi propia marca de cosméticos naturales” -dijo. 

“La post pandemia es redemption, redención. Es lo que siento”. –reflexionó.

Mientras caminábamos por el sendero húmedo, verde, perfumado, vimos un panal de avispas que Arsenio nos mostró con el telescopio. Siguiente parada (tres minutos más tarde) un nido de hormigas arrieras llamadas “capos”. Enseguida un sonido: tu tu tu. Era el Bulu bulu verde, un pájaro hermoso. La Calahuala, con propiedades medicinales.

Solo 350 metros de caminata y el bosque nos seguía dando sorpresas: orquídeas a un lado y al otro, una zona restaurada que tomó 15 años en verse natural. Un despliegue de mariposas. El río Umachaca y la cascada, ¡para qué más!

El oso andino, nuestro osito, está en peligro de extinción por la destrucción de su hábitat. Qué importante reforestar y no lo contrario. Ayudemos conociendo, amando, cuidando.

En la despedida, el hijo de la Vero, guapísimo además, me dio un beso. Me agarró desprevenida, pero me quedé contenta por la cercanía… aunque voy contando los 14 días posteriores.

Ni bien llegué a mi casa les abracé a mis osos particulares, mis cuatro boyeros negros con blanco y sentí que acariciaba a los osos de Maquipucuna. 

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