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¿Por qué nos gusta tanto el caudillismo?
Rafael Lugo Naranjo

Rafael Lugo Naranjo

Abogado y escritor. Ha publicado varios libros, entre ellos Abraza la Oscuridad, la novela corta Veinte (Alfaguara), AL DENTE, una selección de artículos. La novela 7, además de la selección de artículos Las 50 sombras del Buey y la novela 207.

Actualizada:

30 Ago 2019 - 19:00

Y de paso, ¿por qué nos aferramos tanto a la idea de un Mesías salvador del origen que sea?

Una vez alguien me dijo: “vos has de ser un amargado, porque no conoces la dicha de la fe”.  Me sonó bastante falaz el comentario, y a esa persona le deseé que se le pegara la hostia en el paladar todos los domingos y que al meterse el dedo para sacársela le de arcada. Pero, con el tiempo, voy comprendiendo el uso unido de las palabras “felicidad” y “fe” en esa oración. 

Nos gustan los caudillos y los mesías porque nos hacen felices.

El 19 de abril del 2019 se llevó a efecto un mundialmente difundido debate (que está en YouTube, es gratis y hasta tiene subtítulos) entre el psicólogo canadiense Jordan B. Peterson y el filósofo esloveno Slavoj Zizek. El título del debate fue “Felicidad: capitalismo vs. marxismo”. En consecuencia, ambos hablaron de la felicidad, entre otras cosas.  

Por un lado, Peterson dijo algo que en la superficie suena lógico, y lo resumo en que la riqueza genera felicidad, mientras puedas pagar tus cuentas, y uno es feliz cuando es libre dentro de un sistema que no nos asfixie. Por el otro, Zizek soltó unos sinceros bombazos que dicen mucho más de la condición humana y sus enormes limitaciones: “…Para la felicidad en primer lugar no deberías tener mucha democracia ya que esto trae la carga de la responsabilidad….La felicidad significa que hay otro por ahí al que puedes echarle la culpa”. 

Y para rematar directo en el ángulo donde anidan nuestras ansias de que el pasado nunca regrese, Zizek contó la historia de Polonia: el famoso partido anticomunista “Solidaridad” ganó por fin las elecciones con la caída de la URSS, pero cuatro años después los ex comunistas volvieron al poder en elecciones libres.  Zizek habló con furia sobre la naturaleza corruptiva de la felicidad. Y me ha contagiado, estoy convencido de que con tal de ser felices, hasta podemos aceptar el horror de que somos o de volvernos unos pobres cretinos. 

En efecto, el ser humano detesta la incertidumbre. Durante los millones de años de evolución que nos dejaron parados en el siglo XXI, pasamos la mayor parte del tiempo con miedo a los depredadores, a los volcanes, a la falta de comida y refugio. A la gripe más pendeja posible le tuvimos pavor. 

De esos millones de años tan solo unos pocos siglos hemos sido relativamente seres protegidos ante los peligros que antes nos tuvieron brincando como un Ñu cualquiera rodeado de cocodrilos en el río.

Pero la última de esas incertidumbres que si nos ha quedado, es aquella que nos invade cuando te cuestionas las creencias propias, las promesas de vida eterna y la comodidad de que algún mandamás te arregle la vida, aunque te quite enormes dosis de libertad en todas sus formas.  

Y así, a cambio de sentir la felicidad gracias a renunciar a la responsabilidad personal, y a “encargar” el destino a otro para creer que recibiremos un subsidio, un contrato, una prohibición de importaciones, un almuerzo con amigos que dure 4 horas en un día de semana, una justicia por órdenes superiores, una vereda barrida, una vida eterna, la posibilidad tan “natural” de llegar atrasado o de pedirle a alguien que regrese el lunes a retirar lo que le ofreciste para el jueves anterior, un carguito, o hasta que nos den la razón, estamos dispuestos a sacrificar la hermosa dignidad de enfrentar la incertidumbre con más elegancia que un Ñu cualquiera.

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