Efecto Mariposa

Pronosticando el futuro de los niños

Yasmín Salazar Méndez

Yasmín Salazar Méndez

Profesora e Investigadora del Departamento de Economía Cuantitativa de la Escuela Politécnica Nacional EPN. Doctora en Economía. Investiga sobre temas relacionados con pobreza y desigualdad.

Actualizada:

30 Mar 2022 - 19:00

Según la Encuesta nacional sobre el bienestar de los hogares ante la pandemia de Covid-19 en Ecuador (Encovid-EC), realizada en febrero de 2022 por Unicef, los principales obstáculos para acceder a la educación durante la pandemia fueron: la falta de dinero, el acceso a Internet y a un computador.

Específicamente, apenas el 10% de los hogares pobres con menores de entre cinco y 11 años de edad tiene acceso a un computador, mientras que en los hogares de clase alta el 74% lo tiene.

En la misma encuesta se reporta que el retorno a las clases presenciales evita que los niños y adolescentes abandonen la escuela, y ya se observa una disminución en la tasa de abandono escolar de los niños de 9% en 2020 a 3% en este año, mientras que en los adolescentes bajó de 8% a 5%, respectivamente.

Aunque desde hace pocas semanas la totalidad de los estudiantes de escuelas y colegios asiste a clases presenciales, el problema que causó la modalidad virtual no acaba con el retorno a las aulas, y las consecuencias se verán no solo en el presente, sino también en el mediano y largo plazos.  

Propongo hacer un ejercicio para pronosticar el futuro de los niños ecuatorianos. Para esto, vamos a imaginar a dos niñas de siete años, Ana y Lucía.

La primera, Ana, asiste a una escuela particular bilingüe y está en clases presenciales desde el inicio del año lectivo. Cuando recibía clases virtuales tenía acceso a Internet y su propio computador.

En cambio, Lucía, es alumna de una escuela pública y volvió a recibir clases presenciales hace pocas semanas. Durante las clases virtuales, Lucía tenía dificultades para aprender, puesto que, para conectarse, usaba el celular de su mamá que, además, compartía con sus hermanos. A veces no se conectaba porque no tenía megas.

En 10 años, Ana decide estudiar la universidad, se prepara para ingresar y es aceptada sin problemas en las mejores universidades del país. Se gradúa con honores y hace estudios de especialización.

Lucía también sueña con ser profesional y decide ingresar a la universidad, pero al dar las pruebas de ingreso no aprueba y, en esa etapa, se da cuenta de que tiene profundos vacíos de conocimiento.

Como Lucía proviene de una familia pobre, no puede pagar un curso de preparación para entrar a la universidad, ni puede pagar un centro de estudios privado, entonces debe trabajar. Al ser bachiller, empieza ganando el salario básico.

En cinco años más, es decir, en 2037, Ana habrá terminado sus estudios y tendrá un buen salario, además de haber cumplido su sueño.

Lucía seguirá con su deseo de entrar a la universidad, pero a la vez sentirá que cada vez es más difícil cumplirlo y seguirá trabajando con el mismo salario con el que empezó. 

Al comparar las diferencias en los ingresos de Ana y Lucía, ¿se podría decir que este resultado es justo? ¿Alguna de las dos es culpable? De ninguna manera.

Lucía es una víctima más de la desigualdad económica y de la pobreza. Es una víctima del sistema. Ana solo supo aprovechar los privilegios.

Aunque el ejercicio era imaginario, en la realidad existen casos como los de Ana y Lucía y, en el futuro, como consecuencia de las brechas de conocimiento y del abandono escolar ocasionados por la educación virtual, estos se multiplicarán. 

La pandemia aumentó los rezagos y las brechas de conocimiento entre los estudiantes de los distintos tipos de establecimientos y estratos sociales; y esto se reflejará en pocos años en las cifras de desigualdad económica. 

No podemos pensar que es cuestión de caminar sin mirar para atrás y analizar la situación con la insana costumbre de fijar la atención en los índices de aprobación, y no en lo que los estudiantes realmente aprendieron.

Ese sería el primer paso para conocer la situación real y, a partir de ahí, trazar los pasos para una reforma urgente a la educación, en la que se consideren las nuevas brechas provocadas por la pandemia, además de las que ya existían, así como el riesgo sanitario latente que, en cualquier momento, nos obligará a volver a la modalidad virtual. 

Una reforma a la educación no es un asunto simple ni poco costoso. Sin embargo, de eso dependerá que muchos niños y adolescentes no se queden rezagados y tengan la oportunidad de cumplir sus sueños.

Atender con prioridad a los estudiantes que tuvieron dificultades para acceder a la educación virtual es un acto de justicia social con las víctimas de la desigualdad económica y de la pobreza que siempre han existido en Ecuador, y no porque seamos un país pobre.

Para finalizar, quiero comentarles a los lectores que Ana y Lucía son personajes de la vida real. Deseo que las dos tengan igualdad de oportunidades para escoger en libertad lo que sueñan hacer con sus vidas.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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