Las Frases que Hicieron Historia

¿Qué os hice yo mujer desventurada?

Enrique Ayala Mora

Enrique Ayala Mora

Doctor en Historia de la Universidad de Oxford y en Educación de la PUCE. Rector fundador y ahora profesor de la Universidad Andina Simón Bolívar Sede Ecuador. Presidente del Colegio de América sede Latinoamericana.

Actualizada:

12 Feb 2022 - 19:00

En el siglo XIX, las mujeres “ocupaban su puesto”. Iban de la dependencia de sus padres a la de sus maridos. No podían manejar su fortuna, cuando la tenían. No podían votar ni ser elegidas.

Debían ser “mujeres de su casa”, dedicadas a criar a los hijos y a las devociones. Las más pobres debían trabajar para mantener a la familia.

La mayoría de las mujeres eran analfabetas. Algunas aprendían a leer y a escribir para “hacer las cuentas de la casa”. Las pocas que leían libros y periódicos se atrevían a opinar de política y cultura solo en la reserva de las “tertulias” domésticas.

Algunas mujeres escribían poesía, que muchas veces quedaba inédita. Muy pocas desafiaron el status quo. Una de ellas fue Dolores Veintimilla de Galindo.

Quiteña, hija de una familia de sociedad, aprendió a leer y a escribir, la doctrina cristiana, música, dibujo y bordado con las madres dominicas.

A los 18 años se casó con el médico granadino Sixto Antonio Galindo, quien le permitió continuar su educación literaria y la lectura de libros.

Fue madre de un niño. Pero se dio tiempo de escribir poemas, entre ellos: “Sufrimientos”, “Aspiración”, “Anhelo”, “Desencanto”, de carácter romántico. Es famosa su poesía “Quejas”, que inicia así:

¡Y amarle pude! Al sol de la existencia

se abría apenas soñadora el alma…

El matrimonio fue a vivir en Cuenca. En 1854 Galindo viajó a Centroamérica. Dolores mantuvo una activa vida intelectual, rodeándose de escritores y poetas, a quienes recibía en su casa para tertulias y lecturas.

Sufrió limitaciones económicas y duras críticas, ante las que escribió en el poema “A mis enemigos”:

¿Qué os hice yo, mujer desventurada,

que en mi rostro, traidores, escupís

de la infame calumnia la ponzoña

y así matáis a mi alma juvenil?

Luego de presenciar el fusilamiento de un parricida, escribió una “Necrología”, protestando contra la pena de muerte y pidiendo al “Gran Todo” una forma civilizada de abolirla.

La reacción fue terrible. El Canónigo Ignacio Marchán la acusó de panteísta y se burló de sus escritos. Ella se defendió, pero los ataques siguieron.

El 23 de mayo de 1857 fue hallada muerta. Había tomado cianuro. Dejó a su madre una nota: “Mamita adorada: perdón una y mil veces; no me llore; le envío mi retrato, bendígalo; la bendición de la madre alcanza hasta la eternidad. Cuide a mi hijo… Dele un adiós al desgraciado Galindo”.

Enterraron su cadáver en una quebrada y el clero extremista se ensañó. Fray Vicente Solano escribió: “Esta mujer con tufos de ilustrada había hecho apología de la abolición de la pena de muerte”.

Tiempo después, Galindo logró probar jurídicamente que Dolores había sido católica y que su suicidio se debió a “una ligera enajenación mental”. Sus restos fueron decorosamente enterrados, pero su pregunta sigue en pie: “¿Qué os hice yo, mujer desventurada?”

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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