Firmas
Rambo, Los Magníficos y el Salón de la Justicia
Rafael Lugo Naranjo

Rafael Lugo Naranjo

Abogado y escritor. Ha publicado varios libros, entre ellos Abraza la Oscuridad, la novela corta Veinte (Alfaguara), AL DENTE, una selección de artículos. La novela 7, además de la selección de artículos Las 50 sombras del Buey y la novela 207.

Actualizada:

4 Oct 2019 - 19:05

Hace unos días leía a gente de intelecto muy discutible expresarse casi románticamente sobre la violación de mujeres. Y enseguida pensé “estos vieron Leonela”.

‘Leonela’ era una telenovela en la que un tipo borracho violaba en la playa a una mujer, que se quedaba embarazada, pero al final el violador lograba enamorarla, y así, niña, mujer y violador fueron felices para siempre, al ritmo de una balada que decía “soy el ladrón de tu amor, un mal recuerdo…”

Pero esto de tener ciertos conceptos desviados no es solo asunto de los que vieron ‘Leonela’. A veces me pregunto la razón (o razones) por la cual nuestro concepto del debido proceso en la  justicia es tan básico.

¿Por qué causa nuestro sentido de justiciero eficiente y admirable se parece más a un personaje de Stallone o de Norris (Chuck, no Christian), que al de un juez en la aplicación de las normas?  ¿Por qué la trama de nuestras reflexiones no es mejor que la trama de un capítulo de dibujos animados de 20 minutos?  

Y asumo que desde niños “aprendimos” que la justicia rápida y eficiente solo era posible con la participación de un súper héroe de esos que bombardeaba media ciudad, repartía puñetes democráticamente y terminaba llenando de balas al malo del show. 

Recordemos cómo eran los programas y películas de televisión que vimos durante la infancia y juventud. Nuestros héroes eran tipos como los del Súper Comando, que eran unos renegados que huían de la justicia formal (el representante de la Ley era el gil más odiado por todos) y, si bien es cierto tenían causas nobles, su debido proceso era armar bazucas con Kalitubos y úrea y hacer volar por los aires al sospechoso que se cruce. 

¿Quién de nosotros no vio a Cobra? ¿El policía personificado por Silvester Stallone, que decía “ustedes son la enfermedad, yo soy la cura”, y luego lanzaba gasolina a los pillos para quemarlos vivos, para después obsequiarle un quiño a su jefe, y más tarde irse de vacaciones y triunfal en una moto del san flautas con una rubia guapísima a la que había salvado de los villanos?

Los Súper Amigos del Salón de la Justicia también tienen la culpa de nuestra formación judicial. Si bien es cierto que usualmente se enfrentaban a meteoritos o monstruos aparecidos de cualquier lado del Universo, no faltaba el episodio en el que la misma policía les pedía ayuda para agarrar a algún malhechor (supuesto malhechor diríamos) que terminaba sujetado del calzoncillo por Supermán, que lo llevaba volando para lanzarlo dentro de la cárcel atravesando el techo del edificio (sin audiencia de flagrancia, digamos).

No estoy en contra de la televisión, ni estoy quejándome de las cosas que se decían y hacían en tiempos pasados. O sea, yo no soy del tipo de ser que va a ponerse a decir que las letras de los tangos eran machistas y quien lo baile merece el repudio de la Vía Láctea.

Lo que digo es que vayamos un poco más adentro de lo simple y lo superficial. Que superemos las etapas de la niñez que tanto añoramos y entendamos que Batman es un antisocial lleno de traumas y que no deberíamos desear que nuestros jueces y policías sean como él. 

Que el Hombre Araña no existe, que Rambo sería un pésimo fiscal, y por suerte no existe la Mujer Maravilla con su lazo que te hace decir la verdad. 

John Wick también mata a medio Hollywood, pero está bien, porque a él unos rusos hijos del mal mataron a su perrito. 

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