Una Habitación Propia

El rostro de una niña indígena

Maria Fernanda Ampuero

Maria Fernanda Ampuero

María Fernanda Ampuero, es una escritora y cronista guayaquileña, ha publicado los libros ‘Lo que aprendí en la peluquería’, ‘Permiso de residencia’ y ‘Pelea de gallos’.

Actualizada:

30 Jun 2022 - 19:00

Leo que más del 80% de las niñas indígenas de nuestro país vive en situación de pobreza. ¿Qué quiere decir esto? No tienen acceso a lo básico: alimentación adecuada, agua potable, salud física, emocional y sexual, educación básica.

“La pobreza en el Ecuador”, escucho a un analista, “tiene el rostro de una niña indígena”.

Yo imagino a una, una sola que las representa a todas. Ayuda en todas las tareas que puede ahora que ya terminó la escuela. Su educación secundaria es impensable.

Uno: porque es mujer. Dos: porque es indígena y la población indígena es la que menos acceso a la educación superior tiene. Y tres: porque se necesitan manos para sacar adelante la vida y las manos que siempre han sacado adelante la vida son las de las mujeres.

La imagino imaginando.

Una niña que sabe, que presiente, que existen otras niñas que no trabajan, niñas que son niñas y juegan y estudian y no caminan kilómetros para conseguir agua ni trabajan la tierra.

No hay nada digno en el trabajo infantil. Los niños indígenas no son laboriosos porque entienden el valor de ejercer un oficio, sino porque, al contrario de usted y de mí, sus padres no se pueden permitir una boca que no produzca.

¿Qué pensará nuestra niña del destino que le ha tocado?

¿Pensará que se lo merece?

Las niñas indígenas de nuestro país han visto generaciones y generaciones de mujeres de su familia envejecer prematuramente, tener hijos muy jóvenes, sufrir las inclemencias del clima y de los hombres en el cuerpo y en el espíritu.

Ser una niña indígena significa una vida condenada al silencio y la pobreza.

¿Alguien le ha preguntado a esta niña qué quiere ser de grande? ¿Qué respondería? Maestra, tal vez, doctora, deportista, enfermera, dueña de una tienda.

¿En qué momento exacto abandonará los sueños? ¿En qué minuto se dará cuenta de que no puede ser nada más que una mujer explotada por sus circunstancias y las de su gente?

Pienso, con una cierta dosis de esperanza, que por esa niña está peleando el movimiento indígena. Porque esa niña no se muera de parto, porque pueda graduarse y, ojalá, estudiar para ser maestra de otras niñas como ella.

Pienso con una cierta dosis de optimismo que si cambiamos la vida de las niñas indígenas podemos cambiar el país. Ellas, las niñas indígenas que se convirtieron en mujeres luchadoras -pienso en Dolores Cacuango, en Tránsito Amaguaña en Nemonte Nenquimo– nos enseñaron muchas cosas sobre la dignidad y la justicia.

Pienso, perdónenme la cursilería, que si la niña de esta historia se salva de la pobreza, la exclusión, el analfabetismo y la enfermedad, podrá dar a nuestro país esa paz que tanto piden quienes quieren que se aplaste al movimiento indígena.

“No hay paz sin justicia social”.

Digo más: no hay paz sin esas niñas y, por ellas, por todas ellas, hay que seguir luchando. 

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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