Análisis Económico
Salvemos a nuestros niños de la desnutrición crónica infantil
Francisco Briones

Francisco Briones

Director general de Perspectiva, consultora de asuntos económicos y empresariales. Docente de posgrado en macroeconomía y políticas públicas. Realiza análisis coyunturales del Ecuador para The Economist Intelligence Unit (EIU).  

Actualizada:

17 Mar 2021 - 19:00

Los primeros 1.000 días de vida, también conocidos como la primera infancia, representan el periodo más importante en el desarrollo del cerebro de una persona.

Durante este tiempo que, en promedio, equivale al 4% de la expectativa de vida de cada ser humano, el cerebro alcanza cerca del 80% de su tamaño y se forman las principales conexiones neuronales.

Es decir, en la primera infancia se definen en gran medida las capacidades y potencialidades mentales, cognitivas, físicas y productivas que tendremos a lo largo de nuestra vida.

Pese a ello, los esfuerzos para mejorar la nutrición infantil son mínimos en Ecuador.

Tenemos un grave problema de desnutrición crónica infantil. Tan grave que no contamos con información actualizada al respecto y hay muy poca consciencia al respecto.

Los últimos datos disponibles, que son de 2018, muestran una tasa de desnutrición crónica infantil (DCI) de 27%, con mayor incidencia en la Sierra Central, donde supera el 50%.

Un niño que sufre DCI tiene hasta un 40% menos de volumen cerebral. Los estudios indican que estos niños no lograrán los estándares normales cognitivos y de desarrollo en el crecimiento. Tendrán mayor propensión al sobrepeso y la obesidad, y a sufrir de enfermedades como: infecciones, neumonía, diabetes e hipertensión.

Entre las razones de la DCI en Ecuador están la lactancia deficiente, pues solo 1 de cada 3 niños recibe lactancia materna exclusiva hasta los 6 meses.

A lo que se suma la alta incidencia de embarazo adolescente: 1 de cada 4 niños nace de madres menores de 18 años.

Y, por si fuera poco, alrededor del 50% de las familias ecuatorianas no tiene los recursos suficientes para acceder a una dieta nutritiva, según el Programa Mundial de Alimentos (PMA).

El problema es tan grande que ni siquiera logramos ser conscientes.

1 de cada 4 niños nace de madres menores de 18 años.

En las zonas con alta incidencia de DCI, los padres de familia no consiguen detectar visualmente este problema, pues los niños “se ven iguales a sus pares de edad”. El problema de fondo es que muy probablemente todos tengan algún grado de desnutrición.

En el largo plazo, la DCI incide en el rendimiento escolar en matemáticas, lógica, ciencias y lenguaje. Este problema se arrastra hasta las universidades y al rendimiento productivo laboral.

Como consecuencia de ello, se estanca (o disminuye) la productividad, con un impacto directo en el crecimiento económico y la generación de riqueza.

Es urgente unir esfuerzos para luchar contra la desnutrición. Empezando por la información. El Estado debe proveer información constante y monitorear avances. Hay que trabajar en prevención de embarazos adolescente.

Es indispensable enseñar a la población a reconocer el problema para empezar a tratarlo.

Luego hay acciones concretas, como controles prenatales, fomento a la lactancia, entrega gratuita de alimentos y suplementos para los más pobres, programas de guarderías rurales, y presupuesto por resultados para los gobiernos autónomos descentralizados y las entidades del Estado.

Que todos arrimemos el hombro.

Nuestros niños nos necesitan juntos. Gobierno, empresas, sociedad civil. Declaremos la guerra a la desnutrición.

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