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La velocidad medida en huevos por segundo
Rafael Lugo

Rafael Lugo

Abogado y escritor. Ha publicado varios libros, entre ellos Abraza la Oscuridad, la novela corta Veinte (Alfaguara), AL DENTE, una selección de artículos. La novela 7, además de la selección de artículos Las 50 sombras del Buey y la novela 207.

Actualizada:

27 Dic 2019 - 19:00

A un paso normal, cuando caminamos avanzamos a unos cinco kilómetros por hora. Quito no es una ciudad para peatones, definitivamente, tanto que hay calles por las que rara vez se puede ver un transeúnte.

Hay días en que se me da por andar por ese tipo de calles, que no son marginales, ni excéntricas, ni mucho menos. Digamos, la Almagro entre la República y la Orellana. Desde los autos he visto gente mirándome con curiosidad, con cara de ‘¿qué le habrá pasado a ese gil?’ 

Y en auto, cuando el tránsito lo permite, o el límite de velocidad de la carretera lo señala, podemos ir a 100 kilómetros por hora. En esos buses verdes que bajan a los valles, o aquellos azules que van por la ciudad haciendo carreras como en un juego de video, la velocidad ya no se mide en kilómetros por hora, sino en huevos por segundo.

Los huevos por segundo sirven para medir dos tipos de movimiento: el de traslación y el de frotación. El de traslación mide lo que ocurre en la curvas temerarias, cuando se calcula cuántas veces los huevos se te fueron desde la garganta hasta los tobillos, y el de frotación, es aquel que indica cuántas veces te pasaron el huevo tus compañeros de infortunio, en cada frenazo, acelerón, subida o bajada de pasajeros.   

Pero hay velocidades espectaculares que no notamos. Damos vueltas sobre la Tierra que gira sobre su eje a un ritmo de 1.600 kilómetros por hora. Solo un buen matemático podría calcular hasta dónde nos iríamos de hocico si la Tierra se detuviera de improviso, como cuando se te cruza un borracho por la avenida. Yo creería, tomando en cuenta que la Tierra gira de oeste a este, que el aterrizaje podría ser en Manaos. 

Algo parecido pasa con el aburrido tour que vamos dando alrededor del Sol a 100.000 kilómetros por hora: no lo sentimos, no hay viento en la cara, ni vemos cómo adelantamos a algún otro planeta en la carrera sideral. Es imperceptible, pese a la atroz velocidad, salvo cuando cumplimos años y nos dicen: “feliz vuelta al Sol”, o en cada año nuevo. Aunque este giro se puede sentir si empezamos a medirlo hipotecariamente, a razón de doce cuotas mensuales. 

Por su lado, el sistema solar al cual nos honramos en pertenecer, vuela alrededor del centro de la galaxia que los romanos bautizaron como ‘Vía Láctea (camino de leche) a 850.000 kilómetros por hora. Cosa tan rápida como la llegada de los estados de cuenta de las tarjetas de crédito y la memoria de las cónyuges cuando se acuerdan de las cagadas que nos mandamos hace diez años.   

Y nuestro camino de leche, que no va necesariamente en su connotación de suerte, sino más bien en la de llorar por la leche derramada, avanza por el Universo desplumando ángeles despistados a casi 2,3 millones de kilómetros por hora, algo así como la aceleración que alcanza un acusado por la Fiscalía para llegar desde Quito a Huaquillas en un segundo.

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