Las Frases que Hicieron Historia

“Vengo a meditar y a morir”

Enrique Ayala Mora

Enrique Ayala Mora

Doctor en Historia de la Universidad de Oxford y en Educación de la PUCE. Rector fundador y ahora profesor de la Universidad Andina Simón Bolívar Sede Ecuador. Presidente del Colegio de América sede Latinoamericana.

Actualizada:

23 Oct 2022 - 5:26

José María Velasco Ibarra

En la escalerilla del avión en que vino de Buenos Aires, trayendo el cadáver de su esposa, doña Corina, José María Velasco Ibarra dijo a la prensa con voz quebrada: “Vengo a meditar y a morir”.

Y murió en pocas semanas. ‘El Profeta’, ‘El Patriarca’ que el pueblo idolatraba, el “señor presidente” que imponía respeto, que parecía tan cerebral y tan poco dado al sentimentalismo, no pudo resistir la ausencia de su compañera y se derrumbó. Se murió de amor el 30 de marzo de 1979.

Fue hombre de contradicciones, incluso en su vida personal. Era sinceramente católico, pero en los años treinta, cuando casi nadie lo había hecho, se divorció de su esposa Esther Silva, que le reclamó en público su abandono y provocó un sostenido escándalo, lo cual no impidió que muchos curas, tan estrictos con los divorciados, fueran velasquistas ardorosos.

En los años treinta tuvo sus romances, entre ellos uno muy sonado con doña Teresa Ponce Luque, que se enredó con la muerte violenta de su chofer.

Pero durante su autoexilio en Buenos Aires se prendó de doña Corina Parral y en pocos años se casó con ella, desde luego solo por lo civil. Desde su segunda administración fue primera dama y cumplió el papel con dedicación, al frente del Instituto del Niño y la Familia.

Doña Corina acompañó a Velasco Ibarra en sus campañas y en sus gobiernos. También lo apoyó cuando en el autoexilio escribía sus libros, cuyos títulos escogía Velasco por lo sentencioso de su contenido: ‘Conciencia o barbarie’, ‘Tragedia humana y cristianismo’, ‘Servidumbre y liberación’, ‘Caos político en el mundo contemporáneo’.

A inicios de los años setenta, luego de la muerte de su primera esposa, cuando era dictador, Velasco se casó el eclesiástico con doña Corina, que luego de su caída de 1972, estuvo a su lado en Buenos Aires, donde se había instalado por varias temporadas luego de que dejó el poder.

Estaban viviendo en un modesto departamento de la calle Bulnes, cuando doña Corina, que ocupaba el servicio público de transporte, en febrero de 1979, fue atropellada por un autobús y murió.

De vuelta al Ecuador a “meditar y a morir”, Velasco respondió a muy pocas entrevistas. Pero en una de ellas volvió a declarar: “Los políticos me tenían una envidia tremenda por mi actuación”. Y los acusó: “Ellos golpearon las puertas del cuartel. Ellos crearon constituciones absurdas para que yo no pudiera gobernar”.

Su entierro fue masivo. El pueblo más humilde lo acompañó hasta su tumba en el cementerio de San Diego, donde nunca le ha faltado un ramo de flores frescas.

Porque Velasco Ibarra fue un caudillo que sabía lo que deseaba el pueblo y como contentar a la oligarquía, como también sabía quien era el dueño del balcón que le prestaban, y de la plata que se invertía en sus campañas.

Pero su honradez personal y su patriotismo eran auténticos. Por eso se ganó el cariño de los más pobres, de la “gloriosa chusma”.

Las opiniones expresadas por los columnistas de PRIMICIAS en este espacio reflejan el pensamiento de sus autores, pero no nuestra posición.

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