Al aire libre
La vida normal de Pulga Torres
Lourdes Hernández Vásconez

Lourdes Hernández Vásconez

Comunicadora, escritora y periodista. Corredora de maratón y ultramaratón. Autora del libro La Cinta Invisible, 5 Hábitos para Romperla.

Actualizada:

28 Ago 2020 - 19:00

Contigo corrí 1.500 kilómetros antes del Cruce de los Andes. ¿Qué kilometraje tenías en el mundo de la farra? Así comienza la conversación con mi colega corredor, Fernando “Pulga” Torres.

Fumaba todo el día, pero decía que no era fumador, solo 40 cigarrillos diarios. Decía que no tomaba, solo soy tomador social, lo que no explicaba era que tenía una vida social intensa. Calculando, era una botella de whisky a la semana. 

Eso es ser alcohólico.

Tenía 30 libras más que ahora, era panzón, la lata de cerveza se quedaba parada en la barriga– dice.  

Pero era feliz, caía bien a todo el mundo, hacía pendejadas de vez en cuando, era el último en salir de las farras, mis relaciones eran muy buenas, jugaba tenis, no tenía problemas en mi casa, tenía amigos, era exitoso en mi trabajo. No había razón para quejarse. Una vida ‘normal’ como la de mucha gente”.

Como neurólogo, Fernando atendía llamadas a medianoche, sin poder salir de vacaciones o volviendo antes de tiempo si sonaba el beeper y el caso era grave.

Los 10 años que estuvo en el Ministerio de Salud fueron tan demandantes que, por ejemplo, durante el Fenómeno del Niño, pasó 37 fines de semana en la zona de desastre, atendiendo la epidemia de cólera y dengue.

En suma, el Pulga cumplía todos los requisitos para sufrir un infarto o alguna otra enfermedad grave. 

Distintos signos en varios momentos de esa etapa le llevaron a pensar en un cambio de vida.

Una noche que salía del Ministerio, tarde como de costumbre y dispuesto a trabajar dos horas más en la casa, tuvo que parar en el semáforo.

Al lado se paró también otro auto con amigos suyos, “me preguntaron cómo vas, cómo están en la casa. Yo saludé, dije bien y seguí. Mi siguiente pensamiento fue: ¡no tengo idea de cómo están en la casa!”

Al dejar su trabajo en el Ministerio, volvió a armar el consultorio, pero no tenía pacientes. Poco a poco, el doctor Pulga fue recuperándolos, pero para esto ya tenía otro panorama de la vida.

Ahora, además de su cátedra de neurología en la USFQ, es entrenador certificado en triatlón, trail, bicicleta y atletismo; y estudia una maestría en nutrición.

Imago es su misión, es un servicio personalizado que aborda a los deportistas con una pregunta: ¿por qué quieres correr esta competencia? ¿Cuál es tu objetivo de vida? Si es que quieres ser el mejor ironman, estás en el sitio equivocado. Si dices que quieres ser una mejor persona, un mejor papá o mamá, empleado o mejor jefe, entonces, trabajemos en eso. 

Diez años atrás, su padre, con la enfermedad de Parkinson, y su hermano, caminaban a diario en La Carolina. “Un día me dijeron: ¿nos puedes llevar tú? Fui y mientras ellos caminaban me quedaba fumando en el carro”. 

Algún rato dije ‘buenoff yo también caminaré’, y eso hice tres semanas. Luego dije: ‘comenzaré a trotar’, pasaron ocho semanas y logré trotar 10 minutos seguidos. 

Le pregunto al Pulga, ¿cuándo dejaste de fumar? ¿Y de tomar? Y comenzaste a correr duro y luego maratones, ultramaratones… 

El 22 de julio del 2011 estaba fuera del aeropuerto a punto de embarcarse para ir de vacaciones con su familia. Eran las 10 de la mañana y el Pulga se fumaba el décimo tabaco del día. En eso su hija Carmen Elena le llamó para entrar y le dijo “pero deja de fumar”. 

“Perfecto, le dije, dejo de fumar. Ese rato boté 4 cajetillas y 3 fosforeras y dejé de fumar. Fue maravilloso. Cada mañana, no importaba en qué ciudad, yo salía a correr. En Madrid, al Retiro. Venecia la conocí corriendo. Es indescriptible trotar 06:30 por los Campos Elíseos, con mapa para poder regresar”.

Si para cruzar los Andes de Chile a Argentina entrenó 1.500 kilómetros, para La Misión hizo más distancia y, en volumen de tiempo, mucho más para los ironman. “Es la emoción de lograr la meta y hacer lo que uno cree que debe hacer”. Y continúa con una gran sonrisa: “Yo era un tipo normal, ahora soy un bestia antisocial que hago cosas extrañas”. 

El Pulga se prepara para correr en febrero la maratón de Fort Lauderdale con sus hijas, en julio el Ironman 70.3 de Manta y en septiembre el Ironman completo en Italia.

“Yo sé qué le hace el deporte al cuerpo: le protege de atrofias, de degeneraciones, de pérdidas que se van dando con la edad; protege los huesos y así no se descalcifican tanto. Los sistemas cardiovascular, respiratorio, circulatorio están absolutamente fortalecidos. Pero lo más importante es qué le hace a la mente, a cualquier edad: le da ilusión y vida, porque mañana hay algo nuevo que hacer”. 

El detonante para correr una maratón surge de pronto, cuando menos te lo esperas. Por eso hay que estar atentos a los signos que te da la vida. 

Así le llegó al doctor Pulga: “Un grupo de amigos fuimos en moto desde Quito a Bariloche. Estábamos tomando café en un hotel y en la mesa de al lado estaba una chica de unos 40 años, flaquita, con faldita y le acompañaba un chico”, recuerda.

“Nos pusimos a conversar, hablamos de los retos que hay que cumplir y me dijo: quiero conocer tu moto, yo pensé ‘se me hizo el viaje, redondo’. Ella se levantó con muchísimo dolor, caminaba con dificultad, le pregunté qué te pasa, y me dice: ‘es que ayer corrí la maratón del Cerro Catedral’. Llegamos a la moto y le dije ‘tal vez no nos volvamos a ver, pero te prometo que en menos de un año yo corro una maratón’. Esa noche me inscribí a la primera maratón de mi vida, la Marine Corps de Washington”. 

Debió ser el lugar o la chica, o los dos. Pero, hice el click, confiesa Pulga.

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